El bombero que llega después de la alarma
Imaginemos una situación hipotética. Son las tres de la mañana en una cuadra cualquiera del conurbano. Suena una alarma de auto. Primero nadie se mueve. Después se prende una luz en un primer piso, se corre una cortina, alguien mira la calle desde arriba como quien espía un partido aburrido. La alarma sigue sonando. A los cinco minutos, el dueño del auto baja en pijama, la apaga con un control remoto y vuelve a subir. No pasó nada. O sí pasó algo, pero no tenemos nombre para eso.
La escena sirve para pensar un objeto que se multiplicó en los últimos años y que casi nadie discute en serio: la alarma vecinal, el botón de pánico, el grupo de WhatsApp del barrio que se activa a las dos de la mañana con un audio de alguien respirando fuerte. La seguridad se volvió un dispositivo doméstico, algo que se compra, se instala, se conecta y se administra. La pregunta es qué pasa después del sonido. Porque entre la alarma y la llegada de alguien hay un vacío que no se resuelve con más tecnología.
El idioma de la cuadra
Hubo un tiempo en que la seguridad del barrio era una red de miradas. El almacenero que conocía las caras, la vecina que barría la vereda y sabía qué auto no era de la zona, el jubilado que se sentaba en la puerta a las cinco de la tarde. No era un sistema perfecto, ni mucho menos. Pero funcionaba con algo que hoy escasea: presencia. La alarma vecinal promete lo mismo, pero sin cuerpos. Suena una sirena, se enciende una luz, y cada uno queda librado a su propia interpretación de lo que está pasando.
Ese idioma compartido tiene reglas no escritas. Si suena de día, muchos no le dan bola. Si suena de noche, algunos salen al balcón. Si suena dos veces seguidas, alguien llama al vecino. Si suena y no pasa nada, al día siguiente se comenta en la puerta del colegio: fue un gato, fue un borracho, fue el viento. La alarma se convirtió en una forma de hablar del miedo sin nombrarlo. Y como todo idioma, tiene dialectos: el que vive en una casa baja reacciona distinto que el que vive en un octavo piso con portero eléctrico.
Lo llamativo es que la alarma no resuelve el problema que denuncia. Lo visibiliza. Suena, y en ese sonido se escucha una pregunta que la ciudad argentina arrastra desde hace años: quién se hace cargo de lo que pasa en la calle. El Estado, la policía, el vecino, la empresa de seguridad privada, la aplicación del celular. La respuesta suele ser un encogimiento de hombros. La alarma es el gesto de alguien que no sabe a quién llamar y aprieta un botón para no quedarse quieto.
La llegada que nunca llega
Hay una diferencia entre la alarma y el bombero. El bombero llega. La alarma, en cambio, puede sonar para siempre. Imaginemos otra situación hipotética: un chico de veinte años instala una aplicación en el celular que le permite avisar a sus contactos si algo le pasa. La aplicación manda una ubicación, un mensaje de auxilio, un pitido. Sus contactos reciben la notificación. Algunos contestan. Otros están durmiendo. El chico se queda mirando la pantalla, esperando una respuesta que no llega, y en ese intervalo de segundos se juega algo más que la seguridad: se juega la confianza en que alguien del otro lado va a hacer algo.
La tecnología de seguridad promete velocidad, pero no promete presencia. Y ahí está el nudo. La velocidad sin presencia es una forma de soledad. El botón de pánico es la versión contemporánea del grito en la calle, pero sin la calle. Antes, gritar convocaba a los vecinos. Hoy, el grito se digitaliza y se convierte en una notificación que compite con cien mensajes más. La alarma vecinal, el grupo de WhatsApp, la cámara en la puerta: todo apunta a lo mismo. Queremos que alguien mire por nosotros, pero cada vez miramos menos por los demás.
Esta contradicción no es menor en un país donde la inseguridad es una preocupación constante y donde el Estado llega tarde, mal o nunca. La alarma es una respuesta privada a un problema público. Y como toda respuesta privada, tiene un costo: se compra con plata, se instala donde se puede, se usa donde hay señal. Los barrios con más recursos tienen más alarmas, más cámaras, más grupos de WhatsApp coordinados. Los barrios con menos recursos tienen la misma alarma, pero sin el mismo respaldo. La seguridad se vuelve otro lugar donde la desigualdad se disfraza de elección individual.
El ruido y la furia
Hay algo casi teatral en la alarma vecinal. Suena, y durante unos segundos la cuadra se convierte en un escenario: las luces se encienden, las ventanas se abren, los perros ladran. Después, el silencio. La escena se desarma y cada uno vuelve a su casa. La alarma no deja una huella, no produce un relato, no genera memoria. Es un ruido que se olvida. Y en ese olvido se pierde la posibilidad de pensar qué está fallando.
La alarma no es el problema. El problema es lo que la alarma tapa. Tapa la ausencia de políticas de seguridad que no dependan de la buena voluntad del vecino. Tapa la falta de espacios públicos donde la gente se encuentre sin miedo. Tapa la soledad de una sociedad que cada vez confía menos en el otro. La alarma es un síntoma, no una solución. Y como todo síntoma, si no se lo interpreta, se repite.
La pregunta que queda no es si la alarma funciona o no. La pregunta es qué estamos dispuestos a hacer cuando suena. Porque la alarma puede sonar mil veces, pero si nadie sale a la calle, si nadie mira al otro, si nadie se hace cargo, el bombero nunca va a llegar. Y no hablo de un bombero de verdad, hablo de la posibilidad de que alguien, en algún momento, interrumpa lo que está haciendo y se pregunte qué le pasa al vecino. Esa es la alarma que no suena. Esa es la que estamos esperando.