La clase media que aprendió a no preguntar
Hubo un tiempo en que la clase media argentina se hacía preguntas. Preguntas incómodas, de esas que uno formula en voz baja mientras toma el café antes de que arranque el día. ¿Cómo llegamos hasta acá? ¿Quién tiene la culpa? ¿Tiene sentido seguir esforzándose? Ahora, con la inflación marcando el ritmo y las redes sociales pidiendo definiciones cada cinco minutos, esas preguntas se fueron apagando. No porque hayan encontrado respuesta, sino porque preguntar se volvió un lujo que nadie puede pagar.
La crisis tiene eso: achica el horizonte. Cuando el sueldo no alcanza para cerrar el mes, cuando el precio del pan cambia de un día para el otro, cuando la deuda en el banco se come los ahorros, uno empieza a pensar en chico. En lo inmediato. En cómo llegar a fin de mes sin tener que pedirle plata a un familiar. La política, que antes ocupaba un lugar central en la conversación, ahora es un ruido de fondo. Un canal de noticias que nadie mira con atención. Porque la política promete soluciones, pero la vida real exige respuestas concretas, y esas no llegan.
Las redes sociales, ese escenario donde todos actúan, contribuyeron a este silencio. En Twitter o Instagram, la verdad se reduce a un meme, un video de treinta segundos, una declaración tajante. No hay espacio para las dudas. Quien duda, pierde. Quien cuestiona, queda afuera. La polarización exige que uno se defina: sos de un lado o del otro. No hay grises. Y en ese juego de extremos, la clase media, que históricamente supo habitar las zonas grises, se quedó sin palabras. Porque decir "no sé" o "tal vez" ya no es aceptable. El mérito, esa palabra que tanto se repite, se volvió un dogma: si no llegás, es porque no te esforzaste lo suficiente. Como si la inflación, la deuda y el Estado ausente no pesaran en la balanza.
La identidad, entonces, se convirtió en una trinchera. Uno ya no es lo que hace, lo que piensa o lo que sueña. Uno es lo que consume. La marca de zapatillas, el barrio donde vive, el tipo de café que toma. El consumo como refugio, como forma de decir "todavía existo, todavía puedo". Pero es un refugio frágil, que se desarma cuando el dinero no alcanza. Y entonces la soledad aparece, esa soledad que no es física sino existencial: la sensación de estar solo frente a un país que no entiende, frente a un sistema que no da respuestas, frente a un espejo que devuelve la imagen de alguien que ya no se reconoce.
La memoria, otro lujo que se va perdiendo. Recordar duele. Recordar implica confrontar lo que se prometió y lo que se cumplió, lo que se soñó y lo que se perdió. Por eso se prefiere el olvido. Un olvido cómodo, que permite seguir adelante sin hacerse cargo del pasado. La juventud, que debería ser el motor del cambio, crece atrapada en esta dinámica. Los pibes ya no preguntan por el futuro, preguntan por el próximo mes. La educación, que alguna vez fue el gran ascensor social, ahora es un trámite. Un título no garantiza nada, salvo más deuda. Y la moral, esa brújula que orientaba las decisiones, se fue diluyendo en un relativismo donde todo vale si sirve para sobrevivir.
La verdad como mercancía
En este escenario, la verdad se volvió una mercancía más. Los medios, antes guardianes de un relato, ahora compiten por la atención en un mercado saturado de versiones. Cada uno elige la verdad que le resulta más cómoda, la que confirma sus prejuicios, la que no lo obliga a pensar. La manipulación, ese arte de moldear la realidad a conveniencia, se perfeccionó hasta volverse invisible. Y la clase media, que siempre se jactó de tener criterio propio, se encuentra atrapada en una telaraña de relatos que no puede desenredar.
El Estado, mientras tanto, oscila entre la promesa y la ausencia. A veces aparece, como un padre distante, para ofrecer soluciones mágicas que nunca llegan. Otras veces desaparece, dejando a cada uno librado a su suerte. La dignidad, ese concepto tan abstracto, se mide en la capacidad de no pedir ayuda, de resolver solo, aunque eso signifique hundirse un poco más. Porque pedir ayuda es reconocer que no se puede, y en una cultura que celebra el mérito individual, reconocer la derrota es casi una vergüenza.
La tecnología, ese dios moderno, prometió conectarnos y terminó aislándonos. La inteligencia artificial, que tanto ruido genera, no es más que un espejo de nuestras carencias: reproduce nuestros sesgos, amplifica nuestras contradicciones, nos da respuestas rápidas para preguntas que ya no nos hacemos. En lugar de usarla para pensar, la usamos para no pensar. Y así, la clase media argentina, que alguna vez se enorgulleció de su capacidad crítica, se conforma con titulares, con memes, con frases hechas que circulan por WhatsApp.
No es pesimismo, es constatación. La crisis no solo se mide en números, se mide en la capacidad de una sociedad para hacerse preguntas. Y cuando esas preguntas desaparecen, cuando el silencio se impone, lo que queda es una comunidad que sobrevive pero no vive. Que se adapta pero no resiste. Que espera un milagro que no llega, mientras la inflación sigue marcando el compás y las redes siguen pidiendo definiciones.
Quizás el primer paso para salir de este pozo sea volver a preguntar. Preguntar sin miedo a la respuesta, sin importar si eso nos coloca en un bando o en otro. Preguntar por qué el esfuerzo ya no alcanza, por qué la deuda crece, por qué la verdad se fragmentó. Preguntar, aunque duela. Porque el silencio, al final, es la derrota más grande.
