Artículo y ensayo

El consumo como consuelo

Entre la inflación y la polarización, la clase media argentina redescubre que comprar no es solo un acto económico sino una forma de sostener la identidad.

El consumo como consuelo

El consumo como consuelo

En la Argentina de la inflación y el ruido de las redes, el consumo se convirtió en un refugio. No el consumo ostentoso de los años del uno a uno, sino ese otro, más modesto, el que se hace con la tarjeta al límite y la cuota fija como promesa de orden. La clase media compra no porque tenga, sino porque necesita creer que todavía puede.

Hay un dato concreto que circula entre los economistas de consultora: el consumo minorista cayó, pero las compras en cuotas crecieron. La paradoja no es nueva, pero cuenta algo sobre cómo nos agarramos a lo material cuando lo simbólico se desmorona. Comprar un electrodoméstico, cambiar el celular, pagar un viaje en doce pagos sin interés no es solo un gesto de consumo. Es un acto de fe. Una forma de decir: acá estoy, todavía existo, mi vida sigue teniendo un horizonte.

El problema es que esa fe tiene un costo. La deuda se acumula, los intereses devoran el sueldo y el mes que viene vuelve a empezar la misma historia. Pero la clase media argentina aprendió a vivir así, en ese equilibrio inestable entre el deseo y la deuda, entre lo que se necesita y lo que se puede. No es irracionalidad pura. Es supervivencia.

La identidad en el carrito

En un país donde el mérito no alcanza y la educación ya no garantiza nada, el consumo se volvió un marcador de identidad. No es solo que compramos cosas. Es que compramos una versión de nosotros mismos que queremos sostener. La familia, el trabajo, el tiempo libre, todo se mide en objetos. El regalo para el hijo, la ropa para la cena, el electrodoméstico que hace más llevadera la rutina. Cada compra es un pequeño relato sobre quiénes somos o quiénes queremos ser.

Pero ese relato tiene un precio. La polarización política y social nos dejó sin un discurso común sobre el futuro. Las redes sociales amplifican el desacuerdo, la desconfianza y la bronca. La verdad se volvió una mercancía más, algo que se elige como se elige una marca de yogur. En ese vacío, el consumo aparece como un lenguaje compartido, el último territorio donde todavía podemos estar de acuerdo. Todos queremos algo. Todos necesitamos algo. Todos pagamos, aunque sea en cuotas.

La moral del plástico

Hay una moral implícita en la forma en que la clase media argentina maneja su dinero. No es la moral del ahorro protestante, esa que premia la postergación del placer. Es otra, más compleja, donde la dignidad se mide en la capacidad de mantener el ritmo. No importa tanto cuánto tenés, sino cuánto podés gastar sin que se note que estás al borde. La apariencia de estabilidad vale más que la estabilidad misma.

Esa moral tiene sus héroes anónimos. La madre que calcula los descuentos en la app del supermercado. El padre que pide el aumento de límite en la tarjeta para cubrir las vacaciones. El joven que financia el celular en treinta y seis cuotas porque el trabajo no alcanza para comprarlo al contado. No son irresponsables. Son personas que intentan sostener una vida que se les escapa entre los dedos.

El problema es que esa lógica tiene algo de trampa. El sistema financiero, los bancos, las fintechs, todos empujan hacia el mismo lado: consumí ahora, pagá después. La deuda se naturaliza, se vuelve parte del paisaje. Y cuando la inflación te come el sueldo, la cuota fija parece un alivio. Pero el alivio dura poco. Al mes siguiente, la deuda sigue ahí, esperando.

La soledad del que compra

Comprar, en la Argentina de hoy, también es un acto solitario. Las filas en el supermercado, los clics en la página web, la espera del delivery. Todo se hace solo, aunque estemos rodeados de pantallas. La familia dejó de ser un espacio de contención económica para convertirse en un escenario donde se negocia el dinero, la moral y la identidad. Los hijos piden, los padres calculan, los abuelos miran desde afuera con la sabiduría de quienes ya vivieron crisis peores.

Pero la soledad no es solo material. Es también existencial. En un país donde el Estado no garantiza nada, donde la educación pública se desmorona y la inseguridad es una amenaza constante, el consumo se convierte en el último gesto de control sobre la propia vida. Compro, luego existo. No es un chiste. Es una filosofía de supervivencia.

Lo más triste es que esa filosofía no nos salva. La inflación se come el poder de compra, la deuda se acumula, la ansiedad crece. Pero seguimos comprando. Porque no hay mucho más que hacer. Porque mientras tanto, la vida sigue. Porque en el fondo, todos necesitamos creer que el próximo mes será mejor.

Y mientras tanto, las redes siguen girando. La polarización no cede. La memoria se pierde en el scroll infinito. La juventud mira el futuro con desconfianza. La inteligencia artificial promete reemplazar trabajos que antes parecían seguros. La verdad se vuelve líquida. Y la clase media argentina sigue ahí, comprando en cuotas, pagando con tarjeta, esperando que el próximo ajuste no sea el definitivo.

No es una tragedia. Es un día a día. Un lunes cualquiera en un país donde el consumo es el único consuelo que queda.

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