Artículo y ensayo

El mérito que se mide en cuotas

Entre la inflación que no afloja y los discursos que prometen recompensas, la clase media argentina descubre que el mérito ya no es un valor, sino un producto financiado.

El mérito que se mide en cuotas

El mérito que se mide en cuotas

La señora Marta lleva media vida en la misma tienda de electrodomésticos del centro. Ahora mira los precios como quien mira un telegrama de despido. No entiende cómo una heladera que el mes pasado costaba dos sueldos hoy vale tres y medio. El mérito de haber trabajado treinta años sin falta no le descuenta ni un peso. En la caja, el empleado le ofrece doce cuotas sin interés. Ella firma sin leer las condiciones. Aprieta el botón de la tarjeta y se va con la caja grande. Adentro lleva un electrodoméstico. Afuera, una deuda que crece como el yuyo en la vereda de la casa.

La clase media argentina aprendió a vivir en cuotas. Pero las cuotas ya no son una herramienta, son una forma de ser. La deuda ya no es un accidente, es un estado de ánimo. El mérito se mide en la capacidad de pagar el próximo vencimiento. No importa cómo llegaste hasta acá. Importa si llegás.

La cultura del esfuerzo en cuotas

El discurso oficial insiste en que el que trabaja progresa. Pero en la práctica, el que trabaja apenas se mantiene a flote. La inflación no distingue entre el que se levanta temprano y el que mira el techo. El dinero pierde valor más rápido que la paciencia en una cola del banco. Entonces la pregunta no es si uno se esfuerza. La pregunta es si el esfuerzo alcanza para algo más que para sobrevivir.

En las escuelas públicas, los chicos aprenden que el mérito es el camino. Pero cuando salen a la calle, ven que el que tiene contactos llega antes. El que tiene un familiar en el municipio consigue el laburo. El que heredó el departamento no paga alquiler. El mérito se convierte en un cuento que los padres cuentan a los hijos para que no se rindan. Pero los hijos miran el celular y ven que la realidad no premia tanto como la herencia o la suerte.

La moral que se negocia en la cena

En la mesa familiar, la discusión sobre el mérito se mezcla con la política. Unos dicen que el Estado debe garantizar igualdad de oportunidades. Otros sostienen que cada uno se las arregla como puede. La polarización no está en los discursos de los candidatos. Está en la decisión de si el hijo estudia o se pone a laburar. Está en si la hija se va del país o se queda a bancar la tormenta.

La moral se negocia todos los días. Uno quiere creer que el trabajo dignifica. Pero el trabajo ya no alcanza para dignificar nada. El consumo se convierte en el nuevo termómetro de la dignidad. Si tenés el último celular, valés. Si no, sos un pobre tipo. La identidad se compra en doce cuotas sin interés. Y después se paga con el sueldo que no alcanza.

La juventud que no cree en promesas

Los jóvenes argentinos crecieron viendo cómo el mérito se desinflaba como un globo pinchado. Escucharon que si estudiaban iban a tener un buen futuro. Pero el futuro llegó y encontraron un mercado laboral que paga monedas y exige títulos. La tecnología promete solucionarlo todo, pero los algoritmos no entienden de inflación ni de colas en el banco. La inteligencia artificial reemplaza puestos, pero no crea nuevas formas de llegar a fin de mes.

Entonces los jóvenes se adaptan. Hacen changas, venden cosas por redes, arman emprendimientos que duran lo que dura la moda. No esperan nada del Estado. No creen en los discursos de los políticos. Confían en lo que ven: el amigo que se fue a España y manda dólares, el primo que se hizo influencer y vende cursos de cómo ganar plata. La verdad se fragmentó en mil pantallas. Y cada uno elige la que le da menos asco.

La soledad del que paga la cuenta

Al final del mes, la señora Marta mira el resumen de la tarjeta. Las cuotas se acumulan como los recuerdos de las promesas incumplidas. La heladera nueva ya no la ilusiona. Es un objeto más, una deuda más, un número más en la lista de cosas que hay que pagar. El mérito de haber trabajado toda una vida no le sirve para negociar la tasa de interés. La dignidad no cotiza en bolsa. La identidad se define entre el plástico y el saldo.

La clase media argentina descubre que el mérito ya no es un valor, sino un producto financiado. Se compra en cuotas, se paga con intereses y se vence antes de lo que uno cree. Mientras tanto, la inflación sigue su curso, la política sigue su teatro y la vida sigue su ritmo de cola en el banco y espera en la ferretería. Y uno sigue firmando, sin leer las condiciones, porque ya no importa lo que diga el contrato. Lo que importa es llegar al próximo mes.

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