Artículo y ensayo

El precio de estar al día

Entre la inflación y el ruido de las redes, la clase media argentina enfrenta una paradoja: cuanto más consume información, menos entiende lo que pasa. La verdad se volvió un artículo más, caro y difícil de conseguir.

El precio de estar al día

El precio de estar al día

La última vez que vi a mi viejo revisar el diario impreso fue en 2019. Desde entonces, se informa con lo que le llega al celular: titulares que saltan solos, videos de treinta segundos, cadenas de WhatsApp que parecen escritas por un primo lejano que sabe todo. No se queja. Dice que así alcanza. Pero a veces lo veo mirar la pantalla con los ojos entrecerrados, como si algo no cerrara del todo.

Esa sensación la conoce bien la clase media argentina. No es solo la inflación, que todos los meses cambia el precio del pan y del alquiler. Es algo más fino: la impresión de que la realidad se volvió un relato que cambia de canal sin aviso. Un día el dólar sube, al otro baja, al otro no se sabe. Las redes explican todo y nada a la vez. La verdad se fragmentó en piezas chicas, cada una servida por un medio, un influencer, un político o un algoritmo.

Y uno se queda con lo que agarra.

En las ferias americanas de los barrios ya no se venden solo zapatillas y libros viejos. Se venden identidades. Camisetas de clubes que ya no existen, remeras con frases en inglés que nadie entiende, muñecos de series que pasaron de moda hace años. La clase media compra barato y se lleva un pedazo de lo que fue. Porque lo nuevo cuesta caro, pero lo viejo también tiene su precio: recordar que antes las cosas se entendían mejor, o al menos parecía.

El problema no es la crisis. La crisis es un paisaje conocido. El problema es que la tecnología prometió conectar todo y terminó separando lo que quedaba. La inteligencia artificial escribe discursos, noticias, poemas, pero nadie sabe bien quién habla ni para qué. Los chicos aprenden en YouTube lo que los maestros ya no dan en el aula. Los padres trabajan desde casa y descubren que la casa ya no es un refugio, sino una oficina sin horarios. La familia se junta a cenar, pero cada uno mira su propia pantalla.

La soledad de la clase media argentina no es la del que está solo. Es la del que está rodeado de ruido y no encuentra con quién hablar.

En las redes, la polarización se volvió un deporte nacional. Todo es debate, todo es bando, todo es bronca. Pero abajo, en los comentarios, en los mensajes privados, la gente dice otra cosa: que no entiende, que tiene miedo, que ya no sabe a quién creerle. La verdad se convirtió en un lujo, un artículo de consumo que se paga con tiempo, paciencia y criterio. Y la clase media tiene cada vez menos de todo eso.

El mérito, esa vieja promesa de que el esfuerzo rinde, hoy suena a cuento. Porque uno puede trabajar diez horas, estudiar un curso online, levantarse temprano y aun así no llegar a fin de mes. La inflación se come el sueldo, pero también se come la esperanza. La dignidad ya no es un valor que se defiende; es un gasto que se recorta. Y la memoria, que antes servía para no repetir errores, ahora es un lujo que se paga en cuotas, cuando sobra algo después de pagar las cuentas.

El Estado, mientras tanto, intenta ordenar el desorden con medidas que duran lo que un tuit. Un plan, otro plan, un anuncio, un parche. La política se volvió un relato que se consume rápido, como un snack. Se aplaude o se insulta, pero no se discute. La moral se adapta al mercado: lo que conviene es bueno, lo que duele es malo. Y la juventud, que siempre tuvo la tarea de inventar el futuro, se encuentra con un presente que no da respiro. Los pibes ya no sueñan con ser astronautas o músicos. Sueñan con tener un sueldo en blanco, con alquilar un departamento chico, con no depender de la ayuda de los viejos.

En las ferias, en los grupos de WhatsApp, en las charlas de ascensor, la clase media argentina repite la misma escena: alguien cuenta una noticia, otro la corrige, un tercero duda. Todos tienen razón y ninguno está seguro. La información circula como el agua, pero nadie sabe si es potable. Y uno termina tomando lo que hay, porque el sediento no elige.

El consumo de verdad se volvió un acto de fe. Se cree en el canal que confirma lo que uno ya piensa. Se descree del que contradice. La manipulación dejó de ser una conspiración de los poderosos: ahora es un mecanismo cotidiano, un reflejo. Todos manipulan un poco, incluso sin querer, porque compartir un dato falso es más fácil que verificarlo. Y la identidad, que antes se construía con recuerdos, afectos y convicciones, ahora se arma con likes, suscripciones y algoritmos.

Pero hay algo que la clase media argentina no pierde del todo: la capacidad de mirar de reojo y darse cuenta. Aunque no sepa explicarlo, intuye que algo del orden antiguo se rompió. Que la realidad ya no es un relato coherente, sino una colección de fragmentos. Y que, en el medio de tanto ruido, lo único que queda es tratar de entender un poco más que ayer. Sin certezas. Sin promesas. Con la misma bronca de siempre y una dignidad que se vuelve a armar todos los días, como se arma un presupuesto, un proyecto o una familia.

Afuera, el mundo sigue girando. La inteligencia artificial escribe sus propias noticias. Las redes amplifican el odio y la ternura por igual. La inflación no da tregua. Pero en algún rincón de un barrio cualquiera, alguien apaga el celular, pone la pava al fuego y se sienta a mirar la calle. No busca respuestas. Solo quiere ver si todavía hay algo ahí afuera que se parezca a lo que alguna vez se llamó verdad.

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