La deuda que no se paga con plata
Se dice que la clase media argentina está en crisis. Que la inflación se come el sueldo, que el mérito ya no alcanza, que la polarización rompió la mesa del comedor. Todo eso es cierto. Pero hay algo que se habla menos: la deuda que no se paga con plata. Esa que arrastramos desde hace décadas y que nadie se anima a saldar.
La deuda externa es un número que cambia de nombre cada cuatro años. La deuda interna, en cambio, es más silenciosa. Es la que tenemos con nosotros mismos. Con la idea de que el esfuerzo individual basta. Con la promesa de que el Estado, aunque sea un desastre, nos va a cuidar. Con la certeza de que la educación pública, aunque se caiga a pedazos, sigue siendo un ascensor social. Pero el ascensor no sube, y hace rato que dejó de funcionar.
La moral del esfuerzo
En las redes sociales abundan los discursos sobre el mérito. Gente que explica que si trabajás duro, te va bien. Que la culpa es de cada uno. Que el Estado no tiene que regalar nada. Es un relato seductor, sobre todo cuando el sueldo no alcanza para llegar a fin de mes. Pero la realidad es más compleja. El mérito existe, claro. Pero también existe la herencia, el contacto, la suerte de haber nacido en el lugar correcto. Y en Argentina, ese lugar suele ser la Capital Federal o el Gran Buenos Aires, no el norte del país ni los barrios donde el Estado llega con cuentagotas.
La moral del esfuerzo se convirtió en un mantra que esconde otra cosa: la falta de oportunidades reales. Porque no es lo mismo esforzarse para estudiar una carrera que para conseguir un laburo precario. No es lo mismo tener un título universitario que una changa. El mérito, en todo caso, se volvió un producto que se compra y se vende en las redes. Un like. Un video motivacional. Una frase hecha.
La verdad que se elige
Vivimos en una época donde la verdad ya no se busca, se elige. Cada uno tiene su versión de los hechos, su canal de noticias, su burbuja. La polarización no es solo política, es existencial. Elegimos con quién hablar, qué leer, a quién creerle. Y el que piensa distinto no es un adversario, es un enemigo. O peor, un ignorante.
Este fenómeno no es nuevo, pero las redes sociales lo amplificaron. Antes, la discusión se daba en el bar, en el club, en la familia. Ahora se da en silencio, mirando el teléfono. La soledad no se llena con un algoritmo, por más que las plataformas prometan conexión. La verdadera conexión requiere algo que escasea: confianza. Y la confianza no se recupera con un posteo ni con una declaración de principios.
La juventud que no se va
Hay una generación joven que creció con la crisis como telón de fondo. Que vivió el 2001, el corralito, los gobiernos que prometían y no cumplían. Que no conoce la estabilidad. Para ellos, la inflación no es un problema, es la normalidad. El trabajo formal, un lujo. La casa propia, una utopía. Y sin embargo, no se rinden. Hacen cursos online, emprenden, se capacitan. Pero también se cansan. Y ese cansancio no se ve en las estadísticas. Se ve en los ojos de un pibe que labura doce horas por un sueldo que no le alcanza para alquilar un monoambiente.
La juventud argentina es resiliente, pero la resiliencia tiene un límite. Y ese límite no es económico, es emocional. Es la certeza de que, por más que se esfuercen, el sistema no está diseñado para que ganen. La meritocracia, en ese contexto, suena a broma de mal gusto.
La memoria que se gasta
En Argentina, la memoria es un campo de batalla. Se discute sobre el pasado, pero también sobre el presente. ¿Qué recordamos? ¿Qué olvidamos? La inflación no solo devora el salario, devora la memoria. Porque cuando todo es crisis, el pasado se vuelve un lujo. No hay tiempo para pensar, para hacer duelo, para entender. Hay que sobrevivir. Y en esa urgencia, se pierde algo esencial: la capacidad de construir un relato colectivo.
El relato no es una palabra vacía. Es lo que nos permite entender quiénes somos, de dónde venimos, hacia dónde vamos. Sin relato, la sociedad se fragmenta. Y la fragmentación no se resuelve con un discurso de unidad, se resuelve con gestos concretos. Con políticas que apunten a la dignidad, no al consumo. Con una educación que enseñe a pensar, no a repetir consignas. Con un Estado que esté presente, no que sea un trámite eterno.
La salida que no es un like
No hay una solución mágica. No la hay porque el problema no es solo económico. Es cultural, moral, existencial. La deuda que tenemos con nosotros mismos no se paga con un ajuste ni con un plan social. Se paga reconstruyendo la confianza. Y eso lleva tiempo. Lleva gestos pequeños, cotidianos. Lleva escuchar al que piensa distinto. Lleva aceptar que el mérito no es suficiente, que la verdad no es única, que la soledad no se llena con likes.
La clase media argentina está harta de promesas. Quiere hechos. Pero también quiere algo más: quiere recuperar la idea de que el futuro puede ser mejor. Y eso, en un país donde la inflación es la única constante, es casi una utopía. Pero tal vez sea la única salida: no la que venden en las redes, no la que prometen los políticos, sino la que construimos entre todos, despacio, sin apuro, con dignidad.
