Artículo y ensayo

El mérito como consuelo

Entre la inflación que todo lo licúa y las redes que venden éxito rápido, la clase media argentina descubre que el mérito no es un premio, sino una promesa que se desvanece al primer apretón.

El mérito como consuelo

El mérito como consuelo

La semana pasada, en un café de Palermo, un amigo contó que su hijo de veintipico había renunciado a un trabajo estable porque, según dijo, "no daba para más". No hablaba del sueldo ni del jefe. Hablaba del sentido. El pibe se había pasado tres años haciendo cursos online, viendo tutoriales de inteligencia artificial, tratando de agarrar un mango en la economía digital. Y un día, frente a la planilla de Excel, sintió que todo era un simulacro. Que el mérito de haber estudiado no se traducía en nada concreto. Que la promesa de ascenso social, esa que la clase media argentina arrastra desde los años del pleno empleo, se había roto en algún recoveco del cepo cambiario y la inflación.

No es una historia nueva. En la Argentina, el mérito siempre fue un comodín. Durante décadas, la clase media creyó que laburar duro, pagar la cuota del colegio privado y llegar temprano al trabajo era suficiente para que los hijos vivieran mejor. Pero esa ecuación se desarmó. Hoy, un pibe que termina la secundaria y se anota en la universidad sabe que el título no le garantiza ni un alquiler en un monoambiente. La inflación se come el sueldo antes de que llegue el aguinaldo. El Estado, ese fantasma que debería garantizar pisos mínimos, aparece solo para cobrar impuestos o prometer un relato que nadie se cree. Entonces, ¿para qué sirve el mérito?

La pantalla que miente

Las redes sociales, claro, tienen la respuesta. Venden éxito rápido. Tipos de veinticinco años que facturan millones desde una notebook, influencers que muestran viajes a Miami y comidas en restaurantes carísimos. La juventud mira eso y piensa que el problema es suyo. Que si no pega el salto es porque no se esforzó lo suficiente. Pero esa es una trampa. Porque detrás de cada historia de éxito hay un algoritmo que la potencia, un crédito que la financia o, directamente, una mentira. El mérito que se muestra en la pantalla no existe. Es un decorado. Y la clase media, que siempre se agarró de la idea de que el esfuerzo tenía recompensa, se queda sin piso.

En las escuelas, los pibes ya no preguntan para qué sirve la historia o la literatura. Preguntan cuánto se gana. La educación, antes un ascensor social, se convirtió en un trámite. Los padres pagan cuotas imposibles para que los hijos terminen el secundario y después, si tienen suerte, consigan un laburo en un call center. La moral del esfuerzo, esa que predicaban los manuales de autoayuda, choca contra la realidad de un país donde la inflación licúa los ahorros y el Estado no protege. Entonces, la clase media se refugia en el consumo como identidad. Compra ropa de marca en cuotas, se endeuda para irse de vacaciones, simula que todo está bien mientras la soledad crece en los pasillos del edificio.

La política del olvido

La polarización política, ese ring donde todos pelean y nadie escucha, hace el resto. Cada tanto, un dirigente dice que hay que trabajar más, que el mérito es la salida. Pero nadie explica cómo se hace mérito cuando el sueldo no alcanza para el alquiler y el trabajo precario es la norma. La memoria se convierte en un lujo. Los que vivieron la crisis del 2001 saben que esto ya pasó. Pero los jóvenes, nacidos en la era de internet, no tienen ese recuerdo. Para ellos, la realidad es este presente de inflación y redes, donde la verdad se fabrica en un tweet y la identidad se define por la serie que mirás en Netflix.

El otro día, en la fila del supermercado, una mujer discutía con la cajera porque el precio del aceite había subido dos veces en la misma semana. La cajera, una piba de veinte años, se encogió de hombros. "Es la inflación", dijo, como si hablara del clima. No había bronca en su voz. Había resignación. Esa es la clave. La clase media argentina ya no se indigna. Aprende a convivir con la crisis como si fuera un familiar molesto que se quedó a vivir en el living. La fatiga es cultural, moral y política. Y el mérito, ese viejo consuelo, ya no alcanza para explicar por qué algunos pueden y otros no.

Mientras tanto, la inteligencia artificial avanza. Los algoritmos deciden qué vemos, qué compramos y, en algunos casos, qué trabajo conseguimos. La tecnología promete eficiencia, pero también borra la frontera entre lo real y lo falso. La verdad se convierte en una mercancía que se compra y se vende según la conveniencia. La clase media, que siempre creyó en la educación como faro, descubre que el faro se apagó. Y entonces, en las sobremesas, en los grupos de WhatsApp, en las charlas de pasillo, aparece la misma pregunta: ¿qué nos queda?

La dignidad de seguir

Quizás lo único que queda es la dignidad de seguir. De no rendirse del todo. De buscar, en los gestos cotidianos, una razón para no caer en el cinismo total. La familia, ese refugio que la crisis golpea pero no destruye, sigue siendo el último bastión. Los padres que laburan dos turnos para que los hijos puedan estudiar. Los abuelos que cuidan a los nietos mientras los hijos buscan un segundo laburo. La solidaridad de los que comparten un taxi o un dato de una changa. Eso no lo puede medir ningún algoritmo. No aparece en las estadísticas de inflación ni en los discursos de los políticos. Pero existe. Y es lo único que, por ahora, mantiene a la clase media argentina en pie. No como un mérito, sino como una forma de resistencia. Silenciosa, cotidiana, pero real.

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