El álbum de fotos que ya no se abre en la mesa
En muchas casas argentinas hay un mueble bajo, un bargueño o una biblioteca, donde duerme un álbum de fotos. No hablo de esos libros enormes que armaban las abuelas con tapas duras y papel de seda, sino de los más modestos, los que se compraban en la librería del barrio, con fundas plásticas que se pegaban entre sí y una inscripción a mano en la primera página: «Recuerdos». Ese objeto ya casi no se abre. La escena se repite: alguien quiere mostrar una foto de su hijo recién nacido y busca en el celular, desliza el dedo, encuentra una imagen en la que el nene está con la cara sucia de chocolate, y la pasa. La foto circula, se ríe, se comenta, y a los dos minutos el teléfono vuelve al bolsillo. El álbum sigue cerrado, como una reliquia de otro tiempo.
La memoria familiar cambió de soporte. Antes, el ritual de sentarse a ver fotos implicaba un tiempo distinto: sacar el álbum del estante, soplar el polvo, abrirlo sobre la mesa, señalar con el dedo, contar la historia de cada imagen. Los chicos escuchaban, los grandes recordaban, los ausentes aparecían en blanco y negro. Era una ceremonia mínima pero eficaz: la familia se veía a sí misma a lo largo del tiempo. Ahora, la memoria se guarda en la nube, se comparte por WhatsApp, se pierde en el scroll. La foto más vista no es la más significativa, sino la que el algoritmo decide mostrar. La memoria se vuelve ubicua pero frágil: no hay un objeto que la sostenga, solo una pantalla que se apaga.
No se trata de romanticismo tecnófobo. Las ventajas son evidentes: cualquier persona puede tener miles de fotos en el bolsillo, compartirlas al instante con quien está lejos, recuperar imágenes que antes quedaban en cajones. Pero hay un costo que no siempre se nombra: la memoria deja de ser un acto colectivo para volverse una práctica individual y efímera. El álbum obligaba a juntarse. La pantalla, no. Cada uno mira su teléfono, a su ritmo, en su burbuja. La familia se dispersa en la misma habitación, cada uno con su propia galería.
Hay algo de la identidad que se juega en ese pasaje. En un país donde la clase media se aferra a ciertos ritos para sostenerse, el álbum de fotos era una forma de dejar constancia: acá estamos, esto hicimos, estos somos. La crisis, la inflación, la deuda, todo eso queda en segundo plano cuando se abre el álbum. La foto de la abuela en el campo, la del primer departamento, la del casamiento de los viejos. Son pruebas de una continuidad que el presente se empeña en negar. Sin ese objeto, la continuidad se vuelve más difícil de imaginar. La memoria se fragmenta en miles de imágenes que no se conectan entre sí.
Las redes sociales prometen lo contrario: conectan, comparten, exhiben. Pero también banalizan. Una foto familiar en Instagram compite con publicidades, memes, noticias falsas. La intimidad se vuelve espectáculo o se pierde en el ruido. Los jóvenes, sobre todo, crecen con una relación distinta con la imagen: se sacan selfies, las editan, las publican, las borran. La memoria se construye y se destruye con la misma velocidad. ¿Qué queda de eso? Un archivo digital que nadie revisa, que se acumula en servidores ajenos.
La mesa sin álbum
Imaginemos una situación hipotética: una familia se junta a comer un domingo. Después del postre, alguien propone ver fotos viejas. Ya no está el álbum. Alguien busca en su celular, pero las fotos antiguas no están digitalizadas. Entonces recurren a la memoria oral: «¿Te acordás de cuando...?». La conversación fluye, pero sin el soporte visual. Las anécdotas se mezclan, se distorsionan, se pierden. La memoria se vuelve más frágil. No hay un objeto que la ancle.
Esa escena, real o imaginada, muestra una tensión que atraviesa a la sociedad argentina: la tensión entre lo analógico y lo digital, entre el ritual y la inmediatez, entre la memoria como construcción colectiva y como consumo individual. No se trata de elegir un bando. Se trata de reconocer que algo se gana y algo se pierde. Y que la pérdida no siempre es evidente hasta que ya es irreversible.
La pregunta no es si volveremos al álbum de fotos. Eso no va a pasar. La pregunta es cómo hacemos para que la memoria no se convierta en un scroll infinito, para que la familia no se disuelva en pantallas individuales, para que la identidad no dependa de un algoritmo. Quizás la respuesta esté en gestos mínimos: imprimir una foto de vez en cuando, sentarse a verla juntos, contarla en voz alta. No para reemplazar lo digital, sino para recordar que la memoria también necesita un cuerpo, una mesa, una mirada compartida.
En un país donde el Estado, los medios y las redes construyen relatos todos los días, la memoria familiar es una forma de resistencia. No la única, pero sí una de las más íntimas. Cuando el álbum se cierra, no solo se guardan fotos: se guarda una manera de estar juntos. Y esa manera, como tantas otras cosas en la Argentina, está en discusión.