Artículo y ensayo

El algoritmo que nos mira

Entre la inflación que todo lo desordena y la promesa de la inteligencia artificial como solución, la clase media argentina descubre que el verdadero problema no es la tecnología sino lo que hacemos con ella.

El algoritmo que nos mira

El algoritmo que nos mira

La semana pasada un amigo me contó que su hija de quince años usa ChatGPT para redactar las cartas de amor que le manda al novio. El pibe, que no sabe nada, las recibe y se emociona. Después la nena se ríe con las amigas. No sé si es gracioso o espantoso. Pero es real.

En la Argentina de la inflación que licúa los sueldos y las promesas, la inteligencia artificial llegó como un remedio mágico. Las empresas la venden como la solución a todos los problemas. Los medios hablan de ella con solemnidad. Los políticos la mencionan en discursos que parecen escritos por otra inteligencia artificial. Pero nadie se detiene a pensar qué significa.

El espejismo de la eficiencia

La clase media argentina está agotada. La inflación no da tregua. El trabajo ya no promete nada. La educación pública se desmorona. Y de repente aparece una máquina que promete resolverlo todo. Redactar informes, corregir exámenes, diagnosticar enfermedades, escribir poemas. ¿Quién no querría eso?

El problema es que la máquina no entiende nada. Repite patrones. Imita lo que ya existe. No tiene memoria ni dignidad. No sabe lo que es perder un trabajo o no llegar a fin de mes. Y sin embargo le delegamos decisiones que antes tomaban personas con carne y hueso.

En las escuelas ya hay docentes que usan inteligencia artificial para preparar clases. En los hospitales hay sistemas que diagnostican mejor que los médicos. En los bancos hay algoritmos que deciden quién merece un crédito. Y uno se pregunta: ¿quién programa esos algoritmos? ¿Qué sesgos traen? ¿A quién benefician?

La verdad como mercancía

Las redes sociales nos vendieron la idea de que la verdad es un producto más. Que podemos elegir la que más nos gusta. Que la realidad se construye con likes y compartidos. La inteligencia artificial profundiza eso. Genera noticias falsas que parecen reales. Crea imágenes que nunca ocurrieron. Produce discursos que suenan humanos pero no lo son.

En la Argentina de la polarización, donde cada uno tiene su relato y los medios eligen su bando, esto es dinamita. Ya no sabemos qué es verdad y qué es mentira. O peor: dejó de importarnos. Lo único que importa es lo que confirma nuestras creencias. Y la máquina nos da eso. Siempre.

La clase media, que siempre se enorgulleció de su capacidad crítica, ahora consume información como quien consume comida chatarra. Rápido, fácil y sin preguntar de qué está hecha.

El mito del mérito

Hay un discurso que dice que la inteligencia artificial va a premiar a los que se adapten. Que los que aprendan a usarla van a triunfar. Que el mérito individual va a separar a los ganadores de los perdedores. Es el mismo cuento de siempre, pero con otro disfraz.

En un país donde la inflación borra cualquier esfuerzo, donde el trabajo formal es un lujo y la educación pública se cae a pedazos, hablar de mérito es casi una broma. La inteligencia artificial no va a resolver la desigualdad. Al contrario. Los que ya tienen acceso a buena educación, a internet rápido, a tiempo para capacitarse, van a sacar más ventaja. Los demás van a quedar más atrás.

Y mientras tanto, los políticos hablan de modernización. Las empresas venden cursos. Los medios hacen coberturas triunfalistas. Pero nadie dice que la máquina también se equivoca. Que reproduce discriminación. Que puede ser usada para controlar, para vigilar, para estafar.

La soledad del usuario

Lo más triste de todo esto es que la inteligencia artificial profundiza la soledad. Ya no hablamos con personas. Hablamos con máquinas que imitan personas. Les contamos nuestros problemas a chatbots que responden con frases prefabricadas. Les pedimos consejo a algoritmos que no saben lo que es sufrir.

La clase media argentina, que perdió la confianza en las instituciones, en los políticos, en los medios, ahora deposita su fe en una máquina. Le delega la memoria, la escritura, la decisión. Y se queda cada vez más sola.

Uno ve a los chicos en el subte mirando el teléfono. Ve a los padres en la cena revisando Instagram. Ve a las parejas durmiendo con el celular al lado. Y piensa: ¿esto es progreso? ¿Esto es libertad?

Lo que no se puede delegar

Hay cosas que ninguna inteligencia artificial va a poder hacer. Entender el dolor de una madre que pierde un hijo. Sentir la alegría de un gol en el último minuto. Saber cuándo callar y cuándo hablar. Decir una verdad incómoda.

La Argentina necesita eso. Necesita personas que piensen, que duden, que se equivoquen. Necesita memoria, no bases de datos. Necesita relatos que hablen de la vida real, no discursos generados por algoritmos.

La inteligencia artificial no es el enemigo. Es una herramienta. Pero como toda herramienta, puede ser usada para construir o para destruir. El problema no es la máquina. Somos nosotros. Nosotros que delegamos lo que no deberíamos delegar. Nosotros que preferimos la comodidad a la verdad. Nosotros que nos quedamos solos frente a una pantalla.

Y mientras tanto, afuera, la inflación sigue. La política sigue. La vida sigue. Y la máquina espera. Dispuesta a responder cualquier cosa. Menos lo que realmente importa.

Seguir leyendo

Artículos relacionados

El juicio del algoritmo

El juicio del algoritmo

Entre la inflación y la velocidad de las redes, la clase media argentina descubre que la inteligencia artificial no solo clasifica información, sino que también juzga lo que vale y lo que sobra.

inteligencia artificial clase media verdad
Lo que la inteligencia artificial no entiende

Lo que la inteligencia artificial no entiende

Entre la inflación que todo lo desordena y las redes que venden soluciones automáticas, la clase media argentina descubre que hay cosas que ninguna máquina puede resolver.

inteligencia artificial clase media argentina
La inteligencia artificial que no pide permiso

La inteligencia artificial que no pide permiso

Entre la inflación y el ruido de las redes, la clase media argentina descubre que la inteligencia artificial ya no es una promesa del futuro, sino un espejo incómodo de sus propias contradicciones.

inteligencia artificial clase media argentina