Lo que la inteligencia artificial no entiende
La primera vez que mi hermana le pidió a ChatGPT que le redactara una carta de renuncia, yo pensé que era una broma. Pero no. Lo hizo, la mandó, y después se quedó mirando la pantalla como quien espera que la máquina le devuelva algo más que un texto prolijo. La carta estaba bien, claro. Sin errores, sin vueltas. Pero faltaba algo. Un tono. Un temblor. Esa cosa humana que no se programa.
En la Argentina de la inflación que licúa los sueldos y las promesas de mérito que nunca llegan, la inteligencia artificial se cuela como una promesa más. Un atajo. Una respuesta rápida para todo. Pero nadie pregunta qué se pierde en el camino.
La máquina que imita
Las redes sociales ya nos habían enseñado a simplificar. A resumir una vida en un posteo, una indignación en un like. Ahora la inteligencia artificial promete escribir por nosotros, pensar por nosotros, decidir por nosotros. Y hay algo en esa delegación que no termina de cerrar.
Uno de los problemas de fondo es la confusión entre información y conocimiento. La máquina junta datos, los ordena, los devuelve. Pero no entiende el contexto. No sabe que en una mesa de domingo en cualquier casa de clase media argentina se discute si el ajuste va a durar o si el hijo que estudia programación va a conseguir trabajo. Eso no se resuelve con un algoritmo.
La verdad que no sale de un prompt
Los medios hace rato que pelean por el relato. La polarización convirtió cada discusión en una trinchera. Y ahora la inteligencia artificial aparece como ese árbitro que nadie pidió. Pero sus respuestas son un promedio de lo que ya se dijo. Un eco de los prejuicios que ya existen. No hay allí ninguna verdad nueva, ningún riesgo.
Mientras tanto, la educación formal sigue sin saber bien cómo pararse frente a esto. Los pibes aprenden a usar las herramientas antes que los adultos, pero nadie les enseña a preguntarse qué están haciendo. El mérito individual, esa promesa vacía que la crisis se encarga de desmentir, ahora se mide en velocidad de respuesta. En cuántos prompts sabés escribir.
La soledad de la pantalla
Hay una paradoja que no se discute. Cuanto más inteligente se vuelve la máquina, más solos estamos. El trabajo se despersonaliza. Las relaciones se filtran por apps. La familia se encuentra en grupos de WhatsApp donde cada uno manda su propia versión de los hechos. La tecnología promete conectarnos, pero muchas veces lo que hace es darnos una excusa para no mirarnos a los ojos.
La inseguridad también cambió de forma. Ya no es solo el miedo a salir a la calle. Es el miedo a que un algoritmo decida que tu currículum no sirve, que tu crédito no da, que tu perfil no califica. El Estado, que siempre llegó tarde, ahora negocia con empresas que saben más de nosotros que nosotros mismos. Y no hay ley que alcance.
La memoria que no se terceriza
Hay cosas que la inteligencia artificial no puede hacer. No puede recordar el olor del patio de la casa de la infancia. No puede entender por qué una canción de los Redondos te parte al medio. No puede captar esa ironía amarga con la que los argentinos nos tomamos las derrotas. Eso no se entrena con datos.
La identidad se negocia a diario, pero no en los términos que propone la tecnología. No es un perfil que se optimiza. Es una cosa más compleja, más contradictoria. Es lo que sostiene a alguien cuando el trabajo no alcanza, cuando la inflación se come el sueldo, cuando la grieta se mete en la cena familiar. Eso no se resuelve con un algoritmo.
El consumo como refugio
Mientras tanto, seguimos comprando. La tecnología se vende como la solución. El último modelo, la app más nueva, el curso que promete salvarte. Pero el consumo no llena los huecos. La dignidad no se compra en cuotas. Y la clase media, esa categoría que en la Argentina parece un chiste de mal gusto, sigue buscando un piso firme donde pararse.
La inteligencia artificial va a cambiar muchas cosas. Pero hay algo que no va a cambiar. La necesidad de sentido. La urgencia de entender por qué hacemos lo que hacemos. La pregunta que no contesta ningún prompt.
Mi hermana al final reescribió la carta. A mano. Con la letra medio torcida. Y la entregó con el mismo miedo con el que uno se larga a hacer algo nuevo. La máquina había hecho su trabajo. Pero ella necesitaba hacer el suyo.
