Artículo y ensayo

El juicio del algoritmo

Entre la inflación y la velocidad de las redes, la clase media argentina descubre que la inteligencia artificial no solo clasifica información, sino que también juzga lo que vale y lo que sobra.

El juicio del algoritmo

El juicio del algoritmo

En la terminal de ómnibus de Retiro, una pantalla anuncia la salida de los colectivos con la misma voz metálica que usan los asistentes virtuales. No hay nadie que discuta el horario, nadie que reclame por un retraso. La máquina dice y el viajero obedece. Así, sin aspavientos, la inteligencia artificial se instaló en la vida cotidiana de la clase media argentina, no como una promesa de futuro sino como un juez silencioso que decide desde cuánto pagar por un pasaje hasta qué noticia merece ser leída.

Uno podría pensar que todo esto es apenas una cuestión de eficiencia, de ahorrar tiempo, de evitar colas. Pero la experiencia concreta dice otra cosa. En un país donde la inflación desarma los precios de un día para el otro, donde el mérito y la dignidad se negocian en cuotas, la llegada del algoritmo no es neutral. El algoritmo clasifica, ordena, jerarquiza. Y en esa operación técnica, reproduce un juicio moral: lo que no encaja en su lógica, lo que no genera datos, lo que no se deja medir, simplemente deja de existir.

La deuda invisible

La clase media argentina sabe de deudas. La del banco, la del supermercado, la de la tarjeta. Pero hay una deuda más silenciosa, la que se contrae con la verdad. Cada vez que un sistema de recomendación elige qué leer, qué comprar, qué pensar, uno entrega un pedazo de su criterio. No es una conspiración, es un intercambio. A cambio de comodidad, uno cede el control sobre lo que importa. Y en un país donde la polarización ya fracturó las conversaciones familiares, donde los medios construyen relatos que se derrumban al otro día, esa cesión tiene consecuencias concretas.

Un amigo editor me contó que su hijo de diecisiete años ya no busca información en los diarios. Le pregunta a un chat inteligente que le responde con la seguridad de quien nunca duda. Cuando le señaló que la respuesta podía estar equivocada, el chico se encogió de hombros. "Pero suena bien", dijo. Y ese "suena bien" es el nuevo estándar de verdad. No importa si es cierto, importa si está bien redactado, si tiene el tono adecuado, si encaja en el molde de lo que la máquina aprendió a llamar "conocimiento".

La soledad de los datos

La soledad no es un estado del alma, es un dato más. Las redes sociales la miden en tiempo de pantalla, en interacciones, en likes. Pero hay una soledad que la inteligencia artificial no captura: la de quien busca trabajo y recibe un rechazo automático, la de quien pide un crédito y el sistema dice que no, la de quien discute en una cena familiar y descubre que su argumento ya fue clasificado como "tóxico" por un moderador algorítmico.

En Argentina, esa soledad tiene nombre y apellido. Se llama clase media y está acostumbrada a negociar con el Estado, con el mercado, con la inflación. Pero negociar con una máquina es distinto. Porque la máquina no se conmueve, no negocia, no reconoce la astucia del que sabe arreglarse. Todo lo reduce a un perfil de riesgo, a un score de crédito, a una probabilidad estadística. Y la dignidad, esa cosa difusa que los argentinos defendemos con uñas y dientes, no entra en ninguna ecuación.

El relato que no se escribe

La cultura del mérito, tan cara a ciertos discursos políticos, encuentra en la inteligencia artificial su aliada perfecta. "Si estudiás, si trabajás, si te esforzás, el algoritmo te va a reconocer", parece decir la nueva moral tecnológica. Pero la experiencia de la clase media argentina es exactamente la contraria. El mérito no garantiza nada cuando la inflación devora el salario, cuando la inseguridad define el barrio donde se puede vivir, cuando el acceso a la educación de calidad depende del código postal.

Y sin embargo, el algoritmo juzga. Decide quién merece un préstamo, quién merece un empleo, quién merece ser visto. No hay apelación posible, no hay un mostrador donde reclamar. La decisión llega envuelta en un lenguaje neutro, sin culpa, sin responsabilidad. "Lo sentimos, no cumple con los requisitos", dice el mensaje automático. Y uno se queda con la sensación de haber sido evaluado por un juez que no tiene cara, que no tiene historia, que no entiende de trampas ni de atajos ni de esa creatividad desesperada que define a los argentinos cuando las cosas se ponen feas.

La memoria que no se entrena

La inteligencia artificial tiene un problema con la memoria. No la entiende. Para la máquina, recordar es acumular datos. Pero la memoria humana es otra cosa: es selectiva, es emotiva, es el relato que uno se cuenta a sí mismo para seguir adelante. En Argentina, la memoria es un campo de batalla. Se disputa en las escuelas, en los medios, en las conversaciones de sobremesa. Y el algoritmo, que todo lo clasifica, no sabe qué hacer con ella.

Un viejo profesor de historia me dijo una vez que la verdad no se encuentra, se construye. Y que construirla requiere tiempo, paciencia, discusión. Todo lo que la velocidad de las redes y la eficiencia del algoritmo eliminan. La clase media argentina, atrapada entre la inflación y la urgencia, entre la deuda y la dignidad, descubre que la verdad se ha vuelto un lujo que no puede pagar. Porque la máquina ofrece respuestas rápidas, pero no ofrece preguntas. Y sin preguntas, no hay memoria. Y sin memoria, no hay identidad.

En una oficina de microcréditos, una empleada me explicó que ahora los préstamos los aprueba un sistema automático. "Antes", me dijo, "uno miraba a la persona, veía si era de fiar. Ahora es todo números". Y mientras hablaba, su mirada se perdía en la pantalla donde un puntaje decidía el destino de un solicitante. Ese es el juicio del algoritmo. Frío, eficiente, inapelable. Y la clase media argentina, que siempre supo arreglarse con la palabra, descubre que la palabra ya no alcanza.

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