El cartel de la verdulería que ya no dice cuánto sale
El otro día pasé por la verdulería de siempre y me quedé mirando el pizarrón. Decía: “Tomate $1200”. Al lado, con otra tiza, alguien había corregido: “$1500”. Y más abajo, con fibrón, “consultar”. No era una escena dramática. Era un cartel que ya no se animaba a decir la verdad completa. En la Argentina de la inflación, los precios dejaron de ser un dato para convertirse en un rumor. Se tachan, se borronean, se escriben con lápiz. A veces directamente no se escriben y hay que preguntar. Es un cambio mínimo, casi doméstico, pero revela algo más grande: la información se volvió un bien escaso, y el cartel, un territorio en disputa.
No es que antes los precios fueran eternos. Siempre cambiaron. Pero había una épica del cartel: el almacenero que lo actualizaba una vez por semana, el cliente que confiaba en ese número escrito con prolijidad. Hoy la actualización es diaria, a veces horaria. Y el cartel ya no alcanza. En muchas dietéticas y autoservicios, el precio se dice de viva voz, se escribe en un papelito que se pega con cinta, o se muestra en una pantalla que a las dos horas queda vieja. La consecuencia es paradójica: en la era de la información instantánea, el precio se volvió un secreto a voces. Se sabe, pero no se publica. Se intuye, pero no se confirma.
Imaginemos una situación hipotética. Una familia hace las compras de la semana. La madre recorre los pasillos con el celular en la mano, comparando precios en una app. El padre, en la caja, escucha el total y hace un gesto de sorpresa. Los chicos piden algo y reciben un “después”. No hay una gran discusión. Solo un silencio incómodo, el ruido de la bolsa, el vuelto que se guarda con cuidado. En ese momento, el cartel que no dice el precio es una metáfora de otra cosa: la dificultad de nombrar lo que pasa. La inflación no solo distorsiona la economía; también distorsiona el lenguaje. Decir un número se vuelve un acto de fe, y a veces de valentía.
Los medios hablan de índices, de porcentajes, de proyecciones. Pero en el barrio, la inflación se mide en gestos. El verdulero que ya no escribe el precio para no espantar al cliente. La señora que pregunta “¿cuánto está?” y recibe un número que suena a chiste. El joven que saca una foto del cartel para comparar después. Es una coreografía taciturna, donde nadie quiere ser el primero en decir la cifra exacta. Porque decirla es aceptar que el suelo se mueve. Y en esa danza, la verdad se negocia cada mañana.
El precio como conversación
Hay algo más: el cartel que no dice el precio obliga a hablar. A preguntar, a mirar a los ojos, a establecer un vínculo mínimo. En un país donde la polarización y las redes sociales nos acostumbraron a los monólogos, el mostrador recupera una función antigua: la de obligarnos a interactuar. No es un consuelo. Es un dato. La inflación, que todo lo rompe, también rompe la ilusión de que podemos manejarnos solos. El precio se convierte en una conversación, y en esa conversación se cuelan el cansancio, la ironía, la solidaridad. “Está saladito, ¿no?”, dice el cliente. “Y...”, responde el verdulero. No hace falta más.
Esa conversación tiene algo de dignidad. No la dignidad grandilocuente de los discursos, sino la que se juega en el intercambio cotidiano. La de saber que el otro también está haciendo malabares. La de no fingir que todo está bien. En un contexto donde el Estado, los medios y las redes sociales construyen relatos que muchas veces no coinciden con la experiencia, el cartel de la verdulería es un recordatorio de que la verdad, a veces, es un número que se dice en voz baja. Y que la manipulación no siempre viene de arriba: también está en el cartel que se borronea para no quedar en evidencia.
La tecnología prometió transparencia. Las apps de precios, los códigos QR, las billeteras virtuales. Pero en la verdulería, la transparencia es un lujo. El cartel que no dice el precio es una forma de resistencia, o de cansancio. Es la constatación de que hay cosas que no se pueden fijar. Como la memoria, como la identidad, como el valor de un tomate. Todo se mueve. Y en ese movimiento, el cartel se vuelve un objeto arqueológico: una capa de tiza sobre otra, una historia de la crisis escrita en un pizarrón que ya nadie se anima a limpiar.
Al final, la pregunta no es cuánto sale el tomate. La pregunta es qué hacemos con la información cuando ya no podemos confiar en el cartel. Si la respuesta es preguntar, mirar, hablar, entonces quizás la crisis nos esté enseñando algo incómodo: que la verdad no está escrita en ningún lado, que hay que construirla cada día, en el mostrador, con el otro. O quizás no. Quizás solo estemos cansados y el cartel sea un síntoma de que ya no queremos saber. De que preferimos no preguntar. De que la inflación, además de los precios, se llevó algo más difícil de nombrar.