Artículo y ensayo

El costo de la memoria selectiva

Entre la inflación que todo lo desordena y las redes sociales que imponen su propia versión de los hechos, la clase media argentina descubre que recordar tiene un precio y que olvidar también.

El costo de la memoria selectiva

El costo de la memoria selectiva

En la Argentina de los precios que suben cada semana y los relatos que cambian cada noche, la clase media aprendió a desconfiar hasta de su propia memoria. No es que la gente se haya vuelto más cínica. Es que la realidad se parece cada vez más a un juego de espejos donde nadie se pone de acuerdo sobre lo que pasó ayer.

La inflación no es solo un número que los economistas discuten en los programas de televisión. Es la sensación de que el dinero que uno guardó en el bolsillo ya no alcanza para lo mismo que alcanzaba la semana pasada. Pero también es otra cosa: es la certeza de que el relato oficial, el de los medios, el de las redes, se ajusta como los precios, siempre hacia arriba, siempre hacia un lado que beneficia a alguien.

La memoria se convirtió en un lujo. Recordar lo que dijo un político hace seis meses, lo que prometió un funcionario, lo que juró un candidato, requiere un trabajo que pocos están dispuestos a hacer. Porque además, las redes sociales se encargan de enterrar los viejos tuits y las declaraciones incómodas bajo una montaña de indignación nueva. Cada día hay un escándalo fresco, un video que circula, una frase sacada de contexto. La memoria se vuelve entonces un acto de resistencia: negarse a olvidar lo que el sistema quiere que olvidemos.

La polarización como negocio

La grieta no se cerró. Pero ya no es solo una cuestión política. Se metió en las familias, en los grupos de amigos, en las conversaciones de WhatsApp. La polarización se volvió un producto que se consume como cualquier otro. Hay medios que venden enojo, influencers que venden pertenencia, políticos que venden odio envuelto en banderas. Y la clase media, que siempre creyó en el mérito y en el esfuerzo, se encuentra atrapada entre dos fuegos: el de los que dicen que todo es culpa del Estado y el de los que dicen que todo es culpa del mercado. En el medio, la vida real: pagar el alquiler, la escuela de los chicos, la prepaga que cada mes es más cara.

La educación, que alguna vez fue el ascensor social por excelencia, ya no garantiza nada. Un título universitario no asegura un trabajo digno. Los jóvenes lo saben. Por eso muchos eligen carreras cortas, oficios, emprendimientos que prometen una salida rápida. La cultura del esfuerzo choca contra la realidad de una economía que no da respiro. Y entonces aparece la pregunta incómoda: ¿el mérito alcanza cuando el piso se mueve todo el tiempo?

La soledad de las pantallas

Las redes sociales prometieron conectarnos. Y en cierto modo lo hicieron. Pero también nos dejaron más solos. La familia se desarma en silencio, con cada miembro mirando su propio teléfono, consumiendo su propio relato. La cena, que antes era el momento de contar cómo había ido el día, ahora es un ring de discusiones políticas que nadie pidió. O peor: el silencio incómodo de quienes ya no saben cómo hablar sin ofender.

La identidad se volvió un producto más. Se compra y se vende en las redes, donde cada uno arma su perfil como si fuera un catálogo de virtudes. Pero la vida real es más compleja. La moral pública se desgasta: lo que hoy es escándalo mañana se olvida, lo que hoy es verdad mañana es fake news. La verdad se ha vuelto un concepto elástico, que se estira según la conveniencia del que habla.

En este contexto, la clase media argentina sobrevive como puede. No solo económicamente, sino también moralmente. Mantener la dignidad cuando todo parece empujar hacia la resignación o la bronca es un trabajo de tiempo completo.

La inteligencia artificial y el espejo

La inteligencia artificial llegó para quedarse. Pero no como una promesa de futuro, sino como una realidad que ya está reconfigurando el trabajo, la educación, la cultura. Los algoritmos deciden qué vemos, qué leemos, qué pensamos. Y la tentación de delegar la memoria en una máquina es grande. ¿Para qué recordar si Google lo sabe todo? ¿Para qué pensar si ChatGPT escribe mejor que nosotros?

Pero hay un riesgo que pocos mencionan: si la memoria se externaliza, también se externaliza la identidad. Delegar el recuerdo en una máquina es aceptar que nuestra historia puede ser reescrita por un algoritmo que responde a intereses que no conocemos. La manipulación no necesita ser burda. Puede ser sutil: un sesgo aquí, una omisión allá, un cambio de énfasis que modifica el sentido de lo que pasó.

La clase media, que siempre confió en la educación como herramienta de emancipación, se enfrenta ahora a un desafío nuevo: aprender a usar la tecnología sin ser usada por ella. No se trata de demonizar la inteligencia artificial, sino de entender que la memoria, la verdad y la identidad son bienes demasiado valiosos como para dejarlos en manos de un algoritmo.

El precio de olvidar

Olvidar tiene un costo. Cuando la sociedad decide olvidar lo que pasó, queda más expuesta a que se repita. La historia argentina está llena de ejemplos: crisis que se repiten, promesas que se incumplen, deudas que nunca se terminan de pagar. La memoria colectiva es frágil, y los medios, las redes y los políticos saben cómo explotarla.

Pero también hay una memoria que se construye en lo cotidiano. En las conversaciones de cocina, en los mates compartidos, en los gestos de solidaridad que no aparecen en los titulares. Esa memoria, la de los que resisten, la de los que no se dejan llevar por el ruido, es la que sostiene la dignidad de una clase media que se niega a desaparecer.

No hay final feliz. No hay moraleja. Solo la certeza de que recordar es un acto político, y que en la Argentina de la inflación y las redes, la memoria es el último refugio de la identidad.

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