La ciudad que confunde el ruido con la verdad
Imaginemos una situación hipotética. Un hombre camina por una avenida del conurbano. Mira el celular. Recibe un mensaje de un grupo de WhatsApp: un audio de tres minutos, una cadena reenviada, un video sin contexto. No lo escucha. Guarda el teléfono en el bolsillo y sigue caminando. En la esquina, alguien le grita un dato sobre el dólar, pero él no registra si es compra o venta. Llega a su casa, prende la televisión y escucha a dos panelistas discutir sobre un tema que no termina de entender. Cambia de canal. Hay otro debate. Otra vez gritos. Apaga. Se queda en silencio. Y en ese silencio, por fin, piensa: ¿cuándo fue la última vez que escuché algo que me haya hecho cambiar de opinión?
La escena no es literal, pero condensa una sensación extendida. En la Argentina de la crisis, la deuda y la inflación, el ruido se volvió el paisaje sonoro de la vida cotidiana. No hablo solo del ruido de la calle, de los motores o de las alarmas. Hablo de un ruido más denso, más persistente: el de los medios, las redes sociales, los relatos cruzados, las notificaciones que no paran. Un zumbido que promete información pero que, a fuerza de repetirse, termina por anestesiar.
Hay una paradoja en el corazón de este tiempo. Nunca tuvimos tanto acceso a datos, a voces, a versiones. Y a la vez, nunca fue tan difícil saber qué está pasando de verdad. La palabra verdad, que antes se asociaba a la comprobación, hoy suena a consigna. Cada sector tiene su verdad. Cada verdad tiene su relato. Y cada relato tiene su ejército de replicadores. En ese laberinto, la clase media argentina, esa categoría esquiva que todos invocan y nadie define, aprendió a convivir con la duda como si fuera un electrodoméstico más.
No es un fenómeno nuevo. La manipulación, el poder y los medios siempre jugaron ese juego. Pero hay algo en la velocidad y en la saturación que cambia la naturaleza del problema. Antes, la mentira tardaba en desmentirse. Ahora, cuando el desmentido llega, ya nadie lo escucha. La atención se agotó. El público, exhausto, se refugia en lo que ya cree. La polarización no es solo política: es cognitiva. Nos volvimos sordos a lo que no confirma nuestra versión del mundo.
El cansancio de saber
Hay un momento del día en que muchos argentinos hacen un gesto mínimo: silencian el teléfono. No lo apagan. Lo silencian. Es una forma de decir basta sin renunciar del todo. Porque apagarlo sería demasiado, implicaría aceptar que afuera sigue pasando algo que no queremos ver. Silenciar, en cambio, es una tregua. Una manera de seguir conectados pero con el volumen bajo.
Ese gesto, repetido en millones de cocinas y dormitorios, dice algo sobre el estado de la conversación pública. La información ya no se busca: se padece. Y en ese padecer, se pierde algo que tenía la vieja esfera pública, con todos sus defectos: la posibilidad de discutir con alguien que pensaba distinto sin que la discusión terminara en bloqueo o en insulto. Hoy, la moral se volvió un arma arrojadiza. Cada uno se cree dueño de la verdad y el otro es, en el mejor de los casos, un engañado. En el peor, un enemigo.
La juventud, que creció con este ruido como fondo, desarrolló anticuerpos. Aprendió a leer entre líneas, a desconfiar de los titulares, a buscar la fuente original. Pero también aprendió a reírse de todo, a no creer en nada, a refugiarse en la ironía. Es una defensa razonable. También es una forma de soledad. Porque si nada es verdad, entonces nada importa lo suficiente como para comprometerse.
Mientras tanto, la inteligencia artificial avanza y promete ordenar el caos. Algoritmos que filtran, que resumen, que verifican. Pero la herramienta no resuelve el problema de fondo: la verdad no es solo un dato. Es una construcción social, un acuerdo, una confianza. Y esa confianza, en la Argentina de hoy, está rota. No hay algoritmo que la repare.
Lo que el silencio dice
En los barrios, donde la vida se juega en la vereda y en el almacén, hay otra forma de verdad. La que se construye en la conversación cara a cara, en el boca a boca, en el dato que pasa de mano en mano. Esa verdad es más lenta, más imperfecta, pero también más humana. No tiene la pretensión de ser absoluta. Sabe que es provisoria. Y por eso mismo, a veces, es más confiable.
No se trata de idealizar lo local ni de despreciar lo masivo. Se trata de reconocer que hay una dimensión de la verdad que no pasa por las pantallas. Que se juega en el cuerpo, en la mirada, en el tono de voz. Ese registro, que la tecnología no reemplaza, es el que estamos perdiendo de vista. Y sin él, el ruido se vuelve insoportable.
La pregunta, entonces, no es cómo hacer para escuchar mejor. Es cómo hacer para que valga la pena escuchar. Cómo reconstruir un espacio común donde la verdad no sea una bandera sino una búsqueda. Un espacio donde el otro no sea un enemigo a vencer sino alguien con quien, a lo sumo, se puede estar en desacuerdo. Suena ingenuo. También suena necesario.
Mientras tanto, el hombre de la escena hipotética sigue caminando. Guarda el celular. Mira el cielo. No encuentra respuestas. Pero por un momento, el silencio le devuelve algo parecido a la calma. No es la verdad. Es, quizás, el lugar donde la verdad podría empezar a aparecer.