El espejo de los otros
En la cola del supermercado, una mujer revisa el celular mientras el precio del aceite sube en la góndola y en la pantalla. Su hijo adolescente filma el momento para un video de TikTok. Ella no lo sabe, pero esa escena es el retrato de un país que se mira todo el tiempo y no se reconoce.
La clase media argentina está acostumbrada a medirse con el vecino. Durante décadas, el mérito fue una vara: si laburabas duro, comprabas el auto, el viaje a Brasil, la casa en el barrio cerrado. Pero esa vara se rompió. Ahora la medición la hace un algoritmo, un influencer o un tweet. Y el resultado siempre es el mismo: no alcanza.
La inflación carcome los sueldos, pero también los relatos. Una familia que antes se sentía parte de una clase media pujante hoy descubre que el Estado no la salva, el mercado la castiga y las redes sociales le muestran vidas que no existen. La polarización política no es más que el síntoma de una grieta más honda: la que separa lo que creemos ser de lo que realmente somos.
En las escuelas, los pibes aprenden a programar antes que a leer un libro. La inteligencia artificial les escribe las tareas. La educación ya no promete movilidad social, sino supervivencia digital. Los padres miran con nostalgia un pasado que idealizan y con miedo un futuro que no entienden. La memoria se vuelve un refugio selectivo: se recuerda el pleno empleo, no la hiperinflación del 89.
El trabajo se desdibuja. Ya no hay oficio para toda la vida ni empresa que cuide a sus empleados. El mérito individual choca contra una realidad donde conseguir un crédito hipotecario es una quimera y alquilar un departamento exige un sueldo entero. La dignidad se mide en cuotas: el plasma, el teléfono, la zapatilla de marca. Todo se puede pagar en doce cuotas sin interés, pero nada se termina de pagar.
La inseguridad no es solo la calle. Es la certeza de que el Estado no está, de que la justicia es un trámite, de que la verdad se negocia en cada noticia. Los medios construyen realidades que nadie termina de creer del todo. La manipulación es tan obvia que ya no molesta: forma parte del paisaje. La gente busca información en grupos de WhatsApp, en influencers, en cuentas anónimas. La verdad se volvió un producto más, y como todo producto, tiene fecha de vencimiento.
La soledad también es un lujo que pocos pueden pagar. En las redes sociales, la familia se muestra unida, feliz, exitosa. En la vida real, los padres trabajan hasta tarde, los hijos miran pantallas, las cenas se comen frías frente al televisor. La moral se adapta: lo que antes era un escándalo hoy es un meme. La cultura se consume en fragmentos, en videos de un minuto, en canciones que duran treinta segundos. No hay tiempo para el pensamiento profundo, solo para la reacción inmediata.
Y sin embargo, en medio de todo, hay gestos que resisten. Un padre que enseña a su hijo a cambiar una rueda. Una madre que cocina como su abuela. Un grupo de amigos que se junta a ver la Copa y no habla de política. La identidad no se pierde del todo: se transforma. Se vuelve más chica, más privada, más íntima. Ya no se exhibe en el auto o en la casa, sino en la forma de reírse, en el chiste que solo entienden los que vivieron lo mismo.
La crisis no es solo económica. Es cultural, moral, existencial. La clase media argentina está descubriendo que su verdadero problema no es la inflación, sino la falta de un relato que la contenga. Sin un proyecto colectivo, cada uno se agarra de lo que puede: el consumo, la fe, la bronca o la indiferencia. La polarización es el síntoma de una sociedad que no sabe hacia dónde va porque ya no sabe de dónde viene.
En la vereda de enfrente, el kiosquero cobra un café con un código QR. Un jubilado paga en efectivo porque no entiende la app. Un pibe pide un préstamo online para comprar una zapatilla. Tres generaciones conviven en el mismo espacio, pero no en el mismo tiempo. La Argentina es eso: un país que se mueve a distintas velocidades, donde el pasado se resiste a irse y el futuro llega sin avisar.
Quizás lo único que queda es la capacidad de mirar al otro y reconocerse. No para juzgar, sino para entender. Porque en el fondo, todos estamos en la misma cola del supermercado, mirando el celular, esperando que algo cambie. Y sabiendo que el cambio, como siempre, empieza por casa.
