La soledad que se comparte mientras el algoritmo sugiere amigos
El ruido blanco del ventilador se mezcla con el zumbido de notificaciones. Son las once de la noche en un departamento de tres ambientes en Caballito, y Matías, treinta y ocho años, contador en una pyme que lucha contra la inflación, desliza el dedo sobre la pantalla. Revisa historias de gente que no ve hace años, comenta con un emoji una foto de unas vacaciones ajenas, siente por un segundo la ilusión de pertenencia. Después apaga el teléfono y queda la oscuridad, el silencio del living, el peso de un día que se repite. La soledad, en la Argentina de hoy, ya no es un estado de excepción. Es el clima de fondo.
Se habla mucho de la polarización, del relato, de la grieta. Se habla menos de lo que ocurre en los intersticios de ese ruido, en la vida que transcurre entre el trabajo que no alcanza y las obligaciones que se acumulan. La clase media argentina, esa entidad que alguna vez se definió por el club, el colegio de los hijos, las reuniones de familia los domingos, ahora navega un territorio más disperso. Las redes sociales ofrecen la ficción de la cercanía, pero la verdadera trama social, la de los vínculos cara a cara que requieren tiempo y energía, se deshilacha. No es solo cansancio económico. Es un agotamiento del alma.
El sucedáneo de comunidad
La tecnología llegó con la promesa de conectar. Y en cierto modo, lo logró. Permite hablar con un primo en España, seguir a un escritor que admiras, enterarte al instante de lo que pasa. Pero esa conexión es distinta. Es parcelada, performática, sujeta a la lógica del consumo y la validación instantánea. El algoritmo no sugiere un amigo para tomar mate un martes a la tarde, sugiere un perfil con intereses afines para observar desde lejos. La comunidad se reemplaza por la audiencia.
En este contexto, la crisis económica actúa como un acelerador. Salir cuesta dinero. Invitar a alguien a casa implica un cálculo: el precio de la comida, la electricidad, el vino. Los vínculos se racionan, se postergan. La inseguridad, otro factor, encierra a la gente tras rejas y cámaras, haciendo de la vereda un lugar de tránsito, no de encuentro. El Estado, ausente o ineficaz en la provisión de espacios públicos dignos, abandona el territorio de lo social a la lógica del mercado. Lo que queda es un individualismo forzoso, una vida reducida a la celda familiar y a la pantalla que la amplía, de manera engañosa, al mundo.
La familia como último búnker
Frente a esta marea, la familia se convierte en el refugio último, pero también en una carga desbordante. Ya no es solo el núcleo afectivo, es la red de contención ante un sistema que falla. Los abuelos que cuidan a los nietos porque la guardería es inaccesible. Los hijos adultos que no se van porque el alquiler es una pesadilla. Los hermanos que se prestan dinero para llegar a fin de mes. La familia absorbe las presiones que antes distribuía la sociedad, y a veces cruje bajo su peso. La intimidad se llena de tensiones económicas, de conversaciones sobre deudas, de un futuro que se achica.
La cultura del mérito, ese pilar de la identidad de clase media, suena a broma cruel aquí. ¿De qué mérito se puede hablar cuando el esfuerzo se diluye en una inflación del ciento por ciento? La dignidad, antes asociada al trabajo estable y al progreso paulatino, ahora se defiende en gestos mínimos: mantener las apariencias, pagar a pesar de todo el colegio de los hijos, no pedir ayuda. Es una dignidad agónica, que se mide en pequeñas derrotas evitadas.
Los medios de comunicación, enredados en la batalla política, reflejan poco esta realidad subterránea. Hablan de índices, de declaraciones, de escándalos de poder. No hablan del silencio en los edificios, de los grupos de WhatsApp que estallan con memes sobre la inflación como única forma de compartir el desconsuelo, de la juventud que proyecta su identidad no en un proyecto de país, sino en la huida hacia un trabajo remoto para el exterior, una desconexión física del territorio que los vio nacer.
Memoria en píxeles
La memoria misma se transforma. Ya no está en los álbumes de fotos polvorientos, sino en la nube. Los recuerdos se curan para las redes, se seleccionan los momentos presentables. El pasado se vuelve otro producto de consumo, una versión edulcorada que se contrasta con un presente áspero. La inteligencia artificial, que asoma como la próxima gran promesa (o amenaza), amenaza con automatizar incluso la creación de esos recuerdos, generando imágenes perfectas de momentos que nunca existieron. La verdad se vuelve un concepto elástico, no solo por la manipulación política, sino por la necesidad psicológica de construir un relato habitable.
¿Hay salida? No es una pregunta que se formule en los livinges silenciosos. La energía se va en resolver el día a día. La política, percibida como un espectáculo lejano y corrupto, genera más desencanto que esperanza. La gente se repliega. Construye micromundos, cultiva pequeños huertos en balcones, se obsesiona con series, se refugia en el consumo de experiencias mínimas y caras, un café especial, una salida al cine, como islas de normalidad en un mar de incertidumbre.
La soledad de esta época es paradójica. Se la vive en conjunto. Se la comparte, sin palabras, con el vecino que también llega tarde y solo, con el compañero de trabajo que come frente a la computadora, con los miles de anónimos que, a la misma hora, deslizan el dedo sobre la pantalla buscando un contacto genuino y encontrando solo un reflejo. El poder, en su sentido más amplio, ya no se ejerce solo mediante la coerción económica o la represión. Se ejerce también aislando, fragmentando, ocupando el espacio mental con un ruido que impide pensar, y el tiempo vital con una lucha que impide conectar. Al final del día, después de apagar todas las pantallas, lo que queda es el sonido del ventilador y la pregunta que nadie hace en voz alta: si todo esto es progreso, por qué se siente tanto como una pérdida.
