El largo invierno de los afectos
Viernes a la tarde en un bar de Caballito. Un hombre de unos cuarenta años mira el teléfono y suspira. No es que haya recibido una mala noticia. Es que no recibió ninguna. El grupo de WhatsApp de los amigos del secundario está mudo desde diciembre. La última foto que subió a Instagram tiene siete likes, y uno es de su mamá. Afuera llueve fino, como si el cielo también estuviera de mal humor.
La soledad en la Argentina de hoy no es un drama existencial de esos que se discuten en los suplementos culturales. Es algo más concreto. Más doméstico. Se parece a la espera en un consultorio público, a la fila del supermercado cuando el precio del tomate subió otra vez, a la cena frente al televisor mientras en la cocina se acumulan los platos. La clase media aprendió a convivir con la inflación, con la inseguridad, con la grieta. Pero no aprendió a convivir con el silencio.
Las redes sociales, ese invento que prometía conectar al mundo, hicieron lo contrario: multiplicaron los contactos y vaciaron los encuentros. Ahora todo es público y nada es íntimo. Se festejan cumpleaños con stories, se cuentan penas con emojis, se discute política con desconocidos. Pero el abrazo, ese gesto que no se puede pixelar, escasea. La polarización política, ese deporte nacional que convierte al vecino en enemigo, terminó de romper lo que quedaba de tejido social. Ya no se habla en el ascensor. En la reunión de consorcio, se vota y se va.
El trabajo tampoco ayuda. La precarización, el teletrabajo, el chamuyo de la "flexibilidad laboral" convirtieron la oficina en un recuerdo borroso. Los compañeros son nombres en una videollamada. El café se toma solo, frente a la pantalla. La meritocracia, ese cuento que nos vendieron durante años, se reveló como lo que es: una trampa para que cada uno cargue con la culpa de su propio fracaso. Si no llegás, es porque no te esforzaste lo suficiente. Si estás solo, es porque no supiste socializar. La moral del esfuerzo dejó de ser una brújula para convertirse en un látigo.
Y mientras tanto, los medios fabrican relatos. La verdad se volvió una mercancía que se compra y se vende según la conveniencia del momento. Hay una verdad para cada bando, una memoria para cada relato. La manipulación es tan fina que ya no se nota. Uno consume noticias como consume yogurt: rápido, sin masticar, confiando en que el envase dice la verdad. Pero el envase miente. O miente a medias, que es peor.
La educación, ese viejo ascensor social que prometía sacar a los hijos de clase media del pozo, está en terapia intensiva. Las escuelas públicas se caen a pedazos y las privadas cuestan un sueldo. Los chicos aprenden con tutoriales de YouTube y resuelven las tareas con inteligencia artificial. El mérito quedó en el discurso de los políticos, que mandan a sus hijos a colegios bilingües mientras predican la igualdad de oportunidades. La juventud, entre tanto, navega en un mar de incertidumbre. No sabe si va a tener un trabajo digno, si va a poder alquilar, si va a tener hijos. La identidad se construye con likes y se derrumba con un hate.
En la Argentina de la inflación y la deuda perpetua, la familia se convirtió en un refugio. Pero un refugio frágil, que se resquebraja cuando el dinero no alcanza. Las peleas por la plata, por los gastos, por los impuestos. La dignidad, esa palabra que los políticos usan en los discursos, se mide en cuotas de tarjeta de crédito. La clase media ya no sueña con viajar a Europa. Sueña con llegar a fin de mes. Sueña con que el auto no se rompa. Sueña con que el hijo no se haya comprado zapatillas de marca porque no hay plata. Sueña con que el afecto, ese lujo que no se puede indexar, sobreviva al ajuste.
Pero hay gestos que resisten. La señora del kiosco que fía a la vieja del barrio. El mecánico que cobra menos porque sabe que el cliente está en la lona. El grupo de madres que se turna para llevar los chicos al colegio porque el colectivo no pasa o el bondi está lleno. Esos gestos no salvan la economía ni arreglan el país. Pero mantienen vivo algo que la crisis no puede destruir del todo: la idea de que el otro existe, de que no estamos solos.
El problema es que esa red de contención se está rompiendo. La soledad no es solo el vacío de no tener a nadie. Es también la certeza de que el otro no puede ayudarte porque él también está ahogado. La solidaridad tiene un límite, y ese límite es la angustia. Cuando todos están mal, el que está peor se queda sin mano.
Afuera sigue lloviendo. El hombre del bar guarda el teléfono y pide otro café. No sabe que es parte de una estadística, de un país que se desarma en silencio, de una clase media que ya no sabe si lo que siente es tristeza o simplemente cansancio. Pero el cuerpo lo sabe. El cuerpo lo registra todo: la tensión en la mandíbula, el sueño que no llega, el nudo en el pecho. La soledad no es un sentimiento. Es un hábito que se aprende a fuerza de repetirlo. Y la Argentina, en este largo invierno de los afectos, se está volviendo experta.
