El peso de lo que queda
Hay algo que se rompe en la mesa de los domingos. No es el plato ni la fuente. Es el aire. La charla política que antes se encendía con el café ahora se apaga antes del postre. Nadie quiere pelear por un país que no termina de ser de nadie. O de todos, que es lo mismo.
En la Argentina de la inflación crónica, la clase media aprendió a vivir con la angustia como un ruido de fondo. Pero lo que antes era una grieta ideológica se volvió un pozo solitario. La polarización está ahí, en los grupos de WhatsApp y en los comentarios de Instagram, pero en la mesa familiar se evita. Se habla del precio del tomate, del alquiler, del hijo que no consigue trabajo. No se habla de política porque la política dejó de tener argumentos: tiene relatos. Y los relatos no se discuten, se defienden con los dientes apretados.
La deuda no es solo económica. Hay una deuda emocional que pesa más. Los padres que prometieron un futuro mejor y hoy lo ven desdibujarse. Los hijos que crecieron con la idea del mérito como llave y descubren que la cerradura cambió de lugar. La inteligencia artificial llegó para quedarse, pero en la Argentina de la educación pública deteriorada y la privada cada vez más cara, el acceso a esa tecnología es otro privilegio más. Otro escalón que suben unos y otros miran desde abajo.
En las redes sociales todo es furia y certeza. Se fabrican verdades en segundos y se destruyen reputaciones con la misma velocidad. La manipulación dejó de ser un arte: es un algoritmo. Y la clase media, que siempre se pensó a sí misma como el termómetro del país, se encuentra atrapada entre la necesidad de creer y el miedo a ser engañada. La verdad se volvió un lujo que muchos no pueden pagar. O que pagan con intereses.
La moral del sobreviviente
El trabajo ya no es lo que era. No solo porque la inflación se come el sueldo, sino porque el sentido del trabajo se deshizo. Antes uno sabía que laburaba para construir algo. Una casa, un futuro, una identidad. Hoy se labura para llegar. Y llegar no es un destino, es un trámite que se repite todos los meses. La dignidad ya no está en el oficio, está en aguantar.
La familia, ese viejo refugio, también se resiente. No porque haya menos amor, sino porque el amor no alcanza para tapar los agujeros de la economía. Se discute por plata, por herencias, por decisiones que antes se tomaban en común y ahora se toman en soledad porque da fiaca discutir. La soledad no es estar solo. Es estar con otros y sentir que cada uno habla su propio idioma.
La educación, que fue el gran ascensor social argentino, hoy es una pregunta abierta. Los que pueden pagan cuotas imposibles. Los que no, mandan a sus hijos a escuelas donde faltan docentes y sobran paros. Y mientras tanto, la inteligencia artificial avanza y promete reemplazar oficios enteros. ¿Para qué estudiar si el futuro es incierto? Esa pregunta no la hacen los jóvenes. La hacen los padres, que ven cómo el mérito se desinfla como una goma de bicicleta.
El consumo como consuelo
Se compra menos, pero se compra más seguido. El consumo se volvió un ansiolítico. Una zapatilla nueva, un celular de última generación, un café de especialidad en un local lindo. No es lujo. Es un respiro. Pero esos respiros se pagan con tarjeta y la tarjeta se paga con cuotas que duran más que la alegría de lo comprado. El consumo es la nueva moral de una clase media que ya no sabe si está arriba o abajo, si es clase media o apenas un escalón antes de caerse.
En ese vaivén, la identidad se vuelve difusa. ¿Quién es uno cuando el trabajo no define, la política no convoca y la familia no alcanza? Muchos encuentran respuestas en las redes, donde pueden ser quien quieran. Pero esa libertad tiene un precio: la exposición, el juicio constante, la sensación de que nunca es suficiente. La juventud creció en esa vidriera y aprendió a mostrarse, pero no a sostenerse. La fragilidad es la nueva normalidad.
El Estado, mientras tanto, es un personaje ausente o torpe. Promete, no cumple. O cumple a medias. La inseguridad no es solo la calle: es la certeza de que nadie va a venir a ayudarte si las cosas se complican. La confianza se perdió en algún momento del camino, entre un tarifazo y un anuncio vacío. Y la dignidad, esa palabra que tanto se usa en los discursos, se volvió un artículo de lujo. Se la exige a los políticos, pero cuesta ejercerla en el día a día, cuando hay que pedir un préstamo para pagar las expensas o fingir que todo está bien en la cena de fin de año.
No hay moraleja. No hay un final feliz ni una lección aprendida. La Argentina de la clase media es un país que sigue en movimiento, pero ya no sabe hacia dónde va. Aprieta los dientes, paga las cuentas, mira el celular y espera. Espera que algo cambie. O que al menos, duela un poco menos.
