Artículo y ensayo

El mérito en la pantalla rota

En las casas donde se discute con el celular en la mano, la clase media argentina revisa sus certezas. La pantalla muestra versiones distintas de la realidad, mientras el trabajo se vuelve algo abstracto y la deuda algo concreto.

El mérito en la pantalla rota

El mérito en la pantalla rota

En el living de un departamento de Flores, un padre mira la pantalla del televisor mientras su hija adolescente desliza el dedo sobre la del celular. No discuten, pero viven en países distintos. El padre ve un noticiero que habla de inflación y acuerdos con el Fondo. La hija ve un hilo de Twitter que desmenuza la hipocresía de los políticos, un reel en Instagram que muestra la pobreza en el conurbano, un meme que reduce todo a un chiste ácido. La verdad, esa palabra que antes tenía mayúscula, ahora se reproduce en versiones. Cada uno elige la suya, o la que el algoritmo le sirve con precisión inquietante.

La clase media argentina siempre negoció con el mérito. La promesa era simple: estudio, trabajo, esfuerzo, progreso. Una escalera que, con algunos escalones rotos, seguía siendo escalera. Hoy esa escalera conduce a un balcón desde donde se ve un paisaje confuso. El trabajo ya no es ese lugar físico al que se iba con un mate bajo el brazo. Es una conexión remota, una tarea freelance pagada en dólares que se licúan al llegar, un empleo en relación de dependencia que no alcanza para la cuota del colegio privado. El mérito se mide en pantallas: certificados digitales, seguidores, reviews en plataformas. Pero en la mesa, cuando llega el resumen de la tarjeta, la ecuación no cierra.

La deuda y el relato

La deuda ya no es solo la del Estado, esa cifra astronómica que se discute en los medios. Es la del supermercado, la de la cuota del celular que muestra las noticias, la del préstamo para arreglar el auto que ya no se usa tanto para ir a la oficina. Es una presencia constante, un personaje silencioso en cada conversación familiar. Se habla de plata con una naturalidad que antes hubiera sido de mala educación. Los números se dicen en voz alta, como si nombrarlos pudiera exorcizarlos.

Mientras, los medios tradicionales, esos que el padre aún mira con cierta reverencia, pierden terreno frente a las redes sociales. Pero no se trata de una batalla entre lo viejo y lo nuevo. Es algo más complejo. En las redes, cada usuario es su propio medio, su propio editor, su propio censor. La manipulación no viene solo de un poder central, sino de mil fuentes dispersas, de bots que parecen personas y de personas que, en el arrebato de la discusión, actúan como bots. La polarización ya no es solo política. Es moral, cultural, identitaria. Se elige bandera en cada tema, y el que piensa distinto no es un interlocutor, es un enemigo.

La educación y la grieta de la memoria

En este paisaje, la educación formal lucha por no convertirse en un trámite. Los pibes aprenden más en YouTube que en el aula, pero aprenden sin contexto, sin jerarquía, sin el contrapunto que da un profesor que mira a los ojos. La memoria, esa que se construía con libros y relatos familiares, ahora es un archivo digital, inmediato y frágil. Se recuerda lo que apareció en el feed la semana pasada. Lo anterior se pierde en el scroll infinito.

La inseguridad, ese miedo que recorre el cuerpo cuando se baja la ventanilla del auto en un semáforo, tiene una nueva capa. Es la inseguridad económica, la laboral, la existencial. No saber si el mes que viene se podrá pagar el alquiler erosiona la dignidad de una manera lenta y profunda. El Estado, esa entidad abstracta a la que se le piden soluciones y se le reclaman fracasos, parece a veces un espectador distante, otras un intruso torpe.

La familia, ese reducto que debería ser refugio, se transforma en el lugar donde todas las tensiones estallan. Se discute de política en la cena, pero en realidad se discute de miedo, de futuro robado, de desconfianza. Los jóvenes miran a los mayores con una mezcla de lástima y reproche. Los mayores miran a los jóvenes con envidia y desconcierto. La soledad no es solo la de quien vive solo. Es la de quien está rodeado de gente pero siente que navega en un mar de versiones contradictorias, sin brújula.

La inteligencia artificial y el trabajo humano

Y en medio de todo, como un rumor que va creciendo, está la inteligencia artificial. Ya no es ciencia ficción. Es la herramienta que escribe textos, genera imágenes, responde consultas. Promete eficiencia, pero susurra una pregunta incómoda: ¿y si el mérito humano, el oficio, la experiencia, se vuelven obsoletos? ¿Qué queda cuando el trabajo intelectual puede ser imitado, y bien imitado, por una máquina? Para una clase media que apostó todo al conocimiento, al título universitario, a la carrera profesional, es una sacudida en los cimientos.

El consumo, antes un termómetro del bienestar y un ritual de pertenencia, ahora es pura matemática de supervivencia. Se consume lo necesario, y a veces ni eso. La cultura, el cine, el teatro, los libros, se vuelven lujos. La identidad, ese conjunto de certezas sobre quién es uno, se resquebraja. Ya no se es solo hijo de, profesional de, vecino de. Se es también usuario de, suscriptor de, seguidor de. Una identidad digital que a veces pesa más que la de carne y hueso.

Al final del día, en el departamento de Flores, el padre apaga el televisor. La hija deja el celular boca abajo sobre la mesa. Hay un silencio incómodo, cargado de todo lo no dicho, de todo lo discutido en foros ajenos. Afuera, la ciudad sigue su ritmo. Adentro, la clase media argentina intenta armar un relato con las piezas que le tocaron: algunas viejas y gastadas, otras nuevas y extrañas. El mérito ya no es una promesa, es una pregunta. Y la respuesta, si es que hay una, no está en ninguna pantalla.

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