El mérito en la tormenta
Un amigo me dijo el otro día que ya no sabe para qué labura. No era una frase al pasar. Lo dijo mientras mirábamos el precio del pan, que subió otra vez, y después la cuenta del colegio de su hija, que también subió. El tipo labura doce horas, a veces catorce, y el resultado es el mismo de siempre: llegar justo, pedir prestado, pagar deuda. Esa deuda que ya no es solo plata sino algo más difícil de medir: la certeza de que uno se parte el lomo para nada.
La idea del mérito se fue desgastando como un billete de cien pesos. Antes uno pensaba que si estudiaba, si se esforzaba, si cumplía, algo iba a cambiar. Hoy el mérito es una palabra que suena a viejo. La inflación se llevó la lógica del esfuerzo. No importa cuánto corras: el que gana no es el que llega primero sino el que tiene pista propia. Y la clase media, esa palabra que usamos para no decir que estamos todos en el mismo barco que se hunde despacio, mira la tormenta y se agarra de lo que puede.
Los medios, claro, juegan su partido. Venden relatos de éxito como si fueran recetas: el pibe que hizo una app y se llenó de dólares, la familia que salió de la pobreza con un emprendimiento de alfajores. Son historias ciertas, pero incompletas. No cuentan la parte en que la mayoría se queda en el camino. No muestran la soledad del que se levanta a las cinco de la mañana para llegar a un trabajo que no le alcanza. La verdad es más incómoda: el mérito no existe sin condiciones. Y las condiciones, en Argentina, son un campo minado.
Mientras tanto, las redes sociales hacen de las suyas. Todo el mundo opina, todo el mundo juzga. La polarización se instaló como un ruido de fondo, ese zumbido que no deja pensar. Uno se sienta a comer con la familia y termina discutiendo de política o de fútbol, que es lo mismo. La mesa se parte en dos, y la comida se enfría. Hay una fatiga de los argumentos. Ya no se discute para entender sino para ganar, o peor, para no perder. La moral se volvió una trinchera. Y la juventud, que podría ser el aire fresco, termina atrapada en la misma lógica: estudiar para qué, esforzarse para qué, si el mundo se cae a pedazos.
La educación, que antes era un refugio, hoy es un campo de batalla. Los docentes se van, los alumnos se aburren, los padres no saben qué pedir. La escuela ya no es ese lugar donde uno aprendía a ser ciudadano. Es un trámite. Un paso obligado. Y la inteligencia artificial, esa novedad que prometía solucionarlo todo, llegó para preguntarnos cosas incómodas: ¿para qué estudiar si una máquina puede hacerlo por vos? ¿Para qué escribir si un algoritmo redacta mejor? La respuesta no es sencilla. Tal vez lo único que queda es la memoria, ese archivo personal que guarda lo que fuimos. Pero la memoria también se desgasta. La inflación de los recuerdos hace que todo se mezcle: la dictadura, el 2001, el gobierno de turno, la última crisis. Todo es lo mismo. Todo es un espiral.
La identidad, mientras tanto, se negocia a cada rato. Uno ya no sabe quién es sino qué puede mostrar. El consumo define el valor de las personas. Lo que tenés es lo que valés. Y si no tenés, no sos. La dignidad, esa palabra vieja, se convirtió en un lujo. La clase media mira el espejo y no se reconoce. Ya no es la clase que aspiraba a ser algo más. Es la clase que lucha por no caerse. Y esa lucha, silenciosa, cotidiana, no aparece en los titulares. No vende. No genera likes.
Hay una manipulación fina, casi invisible, que viene de todos lados. Del Estado que promete y no cumple. De los medios que simplifican. De las redes que alientan la indignación. La cultura del mérito es un cuento que nos contamos para no enloquecer. Pero la verdad es otra: el trabajo no siempre paga, la familia se resquebraja, la moral se adapta al precio del dólar. La juventud busca respuestas en los influencers, en los tutoriales, en los videos de cinco minutos. Y la soledad, esa compañera silenciosa, se sienta al lado de cada uno mientras miramos el teléfono esperando un mensaje que nunca llega.
No hay moraleja. No hay solución. Lo único que queda es la pregunta que mi amigo dejó flotando en el aire: para qué. Y mientras la tormenta no pasa, la clase media argentina sigue pagando deudas, viendo cómo la inflación se come el esfuerzo y preguntándose si hay algo más que este ruido constante.
