Artículo y ensayo

La soledad del que apuesta

En una Argentina donde la inflación y el ruido digital lo impregnan todo, la clase media se enfrenta a una paradoja: cuanto más invierte en mérito y trabajo, más sola queda la decisión.

La soledad del que apuesta

La soledad del que apuesta

Hay una escena que se repite en las casas de la clase media argentina, sobre todo después de las diez de la noche. El padre o la madre, con la laptop en la mesa de la cocina, miran números que no cierran. La inflación se comió el sueldo, el colegio privado subió otra vez, la tarjeta de crédito tiene un interés que parece de otro planeta. Al lado, el hijo o la hija miran el celular con auriculares puestos. No es que no quieran escuchar. Es que el ruido de afuera, el de las cuentas y los noticieros, ya no les dice nada.

Esa distancia no es solo generacional. Es una fractura cultural que se profundiza con cada crisis. La clase media argentina creció con la idea de que el esfuerzo individual, el mérito, la educación y el trabajo duro te sacaban adelante. Todavía hay quienes lo repiten como un mantra. Pero el contexto se volvió tan imprevisible que el mérito parece una ficción. No alcanza con estudiar, con llegar temprano, con ahorrar. La deuda pública, el cepo, la inflación y la incertidumbre política se encargan de recordarlo todos los meses.

El mérito en la cuerda floja

El discurso del mérito tiene algo de cruel cuando se aplica sin matices. Le dice a alguien que no llegó que no se esforzó lo suficiente. Pero en la Argentina de los últimos años, hay muchos que se esforzaron mucho y aún así perdieron. Profesionales que cobran en pesos y viven con la angustia de no saber cuánto valdrá su trabajo al mes siguiente. Jóvenes que terminan una carrera y se encuentran con un mercado laboral que paga poco y exige mucho. Familias que mandan a los hijos a la escuela privada porque la pública ya no da garantías, pero después no llegan a fin de mes.

La paradoja es que, a pesar de todo, la clase media sigue apostando. Sigue pagando el colegio, el seguro, la cuota del gimnasio. Sigue consumiendo aunque el consumo se haya vuelto un acto de fe. El problema es que esa apuesta se hace cada vez más en soledad. El Estado, que alguna vez fue un refugio, ahora aparece como un socio poco confiable. Los medios, antes faro de la verdad, hoy son parte del ruido. Las redes sociales amplifican la polarización y la ansiedad. La familia, ese viejo colchón, a veces está tan golpeada como el resto.

La memoria que se pierde

Hay algo que se rompe cuando la inflación no solo afecta el bolsillo sino también la memoria. Los argentinos de clase media tienen una historia de logros y caídas. Saben lo que es perder, lo que es empezar de nuevo. Pero esa memoria colectiva se va diluyendo en el vértigo del presente. Ya no hay tiempo para procesar lo que pasó. La crisis de 2001, el corralito, los default, todo queda como un borrón. Los jóvenes crecen escuchando que el país no funciona, pero no tienen con qué comparar. La identidad de clase media, que alguna vez estuvo ligada a la idea de progreso, ahora se redefine en términos de supervivencia.

Y la supervivencia tiene sus reglas. Una de ellas es el consumo. Comprar algo, aunque sea un par de zapatillas o un electrodoméstico, se vuelve un gesto de dignidad. Es la manera de decir: existo, todavía puedo elegir. Pero ese consumo es también una trampa. La deuda en cuotas, las tarjetas, los créditos personales, todo eso alimenta un ciclo que termina ahogando. La inflación come el poder de compra, pero la necesidad de no sentirse derrotado lleva a endeudarse.

La política como espejo roto

La política argentina, en este contexto, aparece como un reflejo de esa fragmentación. Los relatos se chocan, los discursos se endurecen. La polarización no es solo una cuestión de ideas, es una cuestión de estados de ánimo. La clase media ya no sabe a quién creerle. Los políticos prometen orden, estabilidad, mérito. Pero la realidad se encarga de desmentirlos. La verdad se convirtió en un bien escaso, y la manipulación, en una industria.

La inteligencia artificial y las redes sociales no ayudan. Al contrario, multiplican las versiones, las fake news, los sesgos. El algoritmo sabe lo que duele y lo que enfurece, y lo sirve en bandeja. La soledad del que apuesta, entonces, se vuelve también una soledad cognitiva. Uno ya no sabe si lo que ve es real o si se lo están mostrando para que reaccione de una determinada manera.

Una apuesta que no termina

Y sin embargo, la clase media argentina sigue apostando. Lo hace cada vez que paga una cuota, que manda un currículum, que abre un emprendimiento, que manda a los hijos a la escuela. Lo hace con la misma terquedad con la que antes soñaba con el ascensor social. Ahora el ascensor no funciona, pero igual suben las escaleras. Con esfuerzo, con bronca, con una mezcla de dignidad y resignación que define a esta parte del país.

La pregunta incómoda es hasta cuándo. Hasta cuándo esa apuesta va a ser individual. Hasta cuándo la soledad de la decisión va a ser el único marco. La clase media argentina necesita algo más que mérito, más que esfuerzo. Necesita certezas, instituciones que funcionen, un Estado que esté del lado de los que apuestan. Pero mientras tanto, sigue. Porque no hay otra. Porque la dignidad, a veces, es no rendirse.

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