Artículo y ensayo

El mérito que se deshace en las manos mientras sube la inflación

En los pasillos de las oficinas que se vacían y en las mesas donde se revisan los gastos, la promesa del esfuerzo personal se enfrenta a números que no cierran.

El mérito que se deshace en las manos mientras sube la inflación

El mérito que se deshace en las manos mientras sube la inflación

Martín revisó la planilla por tercera vez. Los números seguían sin cerrar, pero esta vez la diferencia era más grande. En su escritorio, junto al monitor, había una taza con el logo de la empresa donde trabajaba hace once años. Once años de llegar temprano, de quedarse después de hora, de decir que sí cuando prefería decir que no. El mérito, esa palabra que le habían vendido como moneda de cambio, ahora parecía papel mojado. La inflación se la comía mes a mes, sin prisa pero sin pausa, como un animal paciente.

En el colegio de sus hijos, la directora había mandado un comunicado pidiendo colaboración para arreglar los ventiladores. No era el Estado, era la comunidad. Martín pensó que su comunidad estaba tan cansada como él. Pagaban impuestos, escuela privada, seguridad privada, y aún así terminaban juntando monedas para lo que el sistema prometía pero no entregaba. La dignidad, esa cosa abstracta que antes se medía en principios, ahora se contaba en billetes que perdían valor antes de llegar al bolsillo.

La promesa incumplida

Su padre, que había trabajado treinta años en la misma fábrica, le decía que antes las cosas eran distintas. No mejores, necesariamente, pero más predecibles. El esfuerzo se acumulaba, se convertía en antigüedad, en respeto, en un departamento que con los años terminaba de pagarse. Ahora la antigüedad era un dato más en una planilla de Excel, el respeto algo que se negociaba en cada reunión, y el departamento una deuda que se ajustaba por inflación.

En las redes sociales, mientras tanto, los influencers jóvenes hablaban de emprender, de ser tu propio jefe, de escapar de la matrix laboral. Martín los miraba con una mezcla de curiosidad y escepticismo. Esa nueva moral del mérito digital sonaba bien en un video de dos minutos, pero olía a la misma promesa vieja con ropa nueva. El trabajo, ese concepto que durante décadas dio identidad a la clase media argentina, se estaba evaporando. No desaparecía, se transformaba en algo más inestable, más líquido, menos capaz de sostener una vida.

La política discutía en los estudios de televisión. De un lado hablaban de ajuste y sacrificio temporal, del otro de traición a la patria. Martín cambiaba de canal. En la cocina, su mujer calculaba cuánto había subido la leche, la carne, los fideos. Esa era la verdad que importaba, la que no necesitaba relato. La manipulación, pensaba, no era solo lo que decían los medios, era también la ilusión de que su esfuerzo individual podría vencer a un sistema que multiplicaba los obstáculos.

Los números que no mienten

En el supermercado, una mujer joven sostenía el celular junto a un estante de aceite. Comparaba precios con otra cadena, sus dedos se movían rápido sobre la pantalla. La tecnología, que prometía conexión y conocimiento, se había convertido en una herramienta de supervivencia cotidiana. La inteligencia artificial, ese concepto lejano y futurista, parecía menos relevante que la inteligencia práctica necesaria para llegar a fin de mes.

La polarización, esa palabra que los analistas usaban para describir al país, tenía otra cara en la vida diaria. No era solo kirchnerismo versus anti kirchnerismo. Era la grieta entre quienes todavía creían en el ascenso social y quienes habían dejado de creer. Entre quienes pensaban que la educación era el camino y quienes veían cómo las escuelas perdían terreno. Entre los que confiaban en que el Estado los ayudaría en algún momento y los que habían aprendido a arreglárselas solos, aunque el solo fuera cada vez más difícil.

La deuda, esa palabra que sonaba abstracta en los discursos presidenciales, tenía un peso concreto en la mesa familiar. No era solo la que negociaba el ministro de Economía con el Fondo Monetario. Era la tarjeta de crédito que se usaba para pagar las cuotas del colegio, el préstamo que se había pedido para arreglar el auto, el adelanto de sueldo que se necesitaba para llegar a fin de mes. Una red de obligaciones pequeñas que atrapaba tanto como la deuda grande del país.

La memoria frágil

La memoria, decían, era importante para no repetir errores. Pero Martín notaba que en su casa ya no se hablaba del futuro como antes. Los proyectos se habían acortado: ya no eran a cinco años, eran a cinco meses. La memoria se había vuelto frágil, corta, práctica. Recordar cómo estaban los precios la semana pasada era más útil que recordar las promesas de campaña de hace cuatro años.

La inseguridad no era solo la que aparecía en las noticias policiales. Era también la sensación de que el piso se movía, de que lo que funcionaba ayer podía no funcionar mañana. La seguridad laboral, la seguridad económica, la seguridad de que el esfuerzo tendría recompensa. Todo eso se sentía ahora como un lujo del pasado.

En el trabajo, los más jóvenes hablaban de cambiar de empleo cada dos años, de no apegarse, de considerar la lealtad como una debilidad. Martín los entendía. El contrato no escrito entre el empleado y la empresa se había roto, y ambas partes lo sabían. Lo que quedaba era una transacción fría, temporal, donde cada uno cuidaba lo suyo. La soledad de ese arreglo era palpable, incluso en las oficinas abiertas donde todos compartían espacio pero no proyecto.

La cultura del consumo, esa máquina que durante años movió a la clase media, ahora chirriaba. No porque la gente no quisiera consumir, sino porque el consumo había dejado de ser un placer para convertirse en un cálculo. Cada compra se pesaba, se medía, se posponía. La identidad, que antes se construía también a través de lo que se tenía, ahora se defendía a través de lo que se podía prescindir.

Al final del día, Martín guardó la planilla sin enviarla. Mañana sería otro día, con otros números, con la misma sensación de estar corriendo detrás de algo que siempre se escapaba. El mérito, pensó mientras apagaba la luz, era como la inflación: una idea que perdía valor con el tiempo si no había algo sólido que la respaldara. Y lo sólido, en este país, se deshacía entre las manos como azúcar en el agua.

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