El precio de la memoria: cómo la inflación reescribe la vida cotidiana
En la góndola del supermercado, un hombre de unos sesenta años se queda quieto, con un paquete de yerba en la mano. No mira la etiqueta. Mira al vacío, hacia el estante de arriba. Su mujer lo toca del brazo. '¿Qué te pasa?'. Él parpadea, vuelve. 'Nada. Me acordé de que la última vez que miré, este mismo, estaba la mitad'. La última vez fue hace quince días. No es un cálculo económico lo que hace. Es arqueología personal. La inflación alta y crónica, ese monstruo que los políticos nombran en discursos y los economistas miden en puntos, tiene una dimensión doméstica y silenciosa: corroe la memoria. Reescribe, semana a semana, el valor de las cosas, y en el proceso, borra los mojones que una familia de clase media usaba para entenderse en el mundo.
La conversación se traslada a la mesa, con los hijos adultos. Uno habla de cambiar el auto. El padre sonríe con una ironía cansada. '¿Con qué? ¿Con lo que sobra?'. No sobra. Lo que sobra es una ficción que se desvanece entre el recibo de sueldo y la boleta de la luz. El mérito, esa palabra que llenó bibliotecas de autoayuda y discursos políticos, se vuelve abstracta. Trabajar duro ya no es garantía de nada, excepto de seguir en la carrera, jadeando, sin llegar a la meta que se corre todos los meses un poco más lejos. El Estado, ese ente lejano, aparece en la charla como un culpable difuso, un padre ausente que prometió protección y reparte incertidumbre.
El relato en la pantalla del celular
Mientras la familia debate, los teléfonos no dejan de vibrar. Notificaciones de bancos, ofertas flash, alertas de influencers financieros que explican cómo 'ganarle' a la inflación con dólar bolsa, plazo fijo o cripto. Las redes sociales son el otro campo de batalla. Allí, la política se reduce a un combate de relatos. Un video de un funcionario anunciando un logro, editado para que parezca épico. Un meme que lo destroza en tres segundos. La verdad no es un hecho, es un efecto. Una sensación que se construye con algoritmos, con ira medida, con la manipulación sutil de una anécdota que confirma el prejuicio de cada uno.
Esta polarización no es solo ideológica. Es existencial. Divide a los vecinos, a los compañeros de trabajo, a las propias familias. Se habla de fútbol, del tiempo, de la inseguridad que asoma en cada esquina oscura. Pero se evita nombrar al elefante en la habitación: la sospecha de que el proyecto común se rompió. La soledad no es solo la de quien vive solo. Es la de quien está rodeado de gente pero siente que navega un barco diferente, hacia un puerto que ya no existe.
La educación y el futuro que no llega
Los más jóvenes, los que deberían estar pensando en estudiar una carrera, miran ese panorama con un escepticismo que duele. La educación, ese ascensor social que tantas veces se anunció averiado, ahora parece directamente desmantelado. ¿Para qué esforzarse en una facultad si el título vale menos que la experiencia en una app de delivery? La cultura del consumo inmediato, la de las cuotas sin interés que terminan ahogando, choca con la promesa de un futuro mejor. La identidad se construye con lo que se puede tener hoy, no con lo que se podría ser mañana.
Y en medio de este ruido, aparece la inteligencia artificial. No como un rayo de luz futurista, sino como otra capa de incertidumbre. Los chistes sobre que un bot podría gobernar mejor son solo la punta del iceberg. La pregunta real es más turbia: si un algoritmo puede escribir, pintar, componer, ¿qué queda para el mérito humano? ¿Qué pasa con la dignidad del trabajo si lo que haces puede replicarlo una máquina que no pide aumento, ni aguinaldo, ni se queja? Es una crisis que llega desde el futuro, pero que se instala en el presente más angustiante.
La memoria, entonces, se vuelve un territorio en disputa. No la memoria histórica de los grandes hechos, sino la memoria íntima. Recordar cuánto costaba el kilo de pan hace un año no es un ejercicio de nostalgia. Es un acto de resistencia. Es afirmar que el tiempo no debería medirse en devaluación. Que hubo una época, quizás mítica, en la que el esfuerzo tenía una correlación con la recompensa. En la que planificar no era un acto de fe ciega.
Al final del día, el hombre del supermercado guarda la yerba en la alacena. Su mujer revisa la cuenta, hace números en un cuaderno que ya tiene las hojas gastadas. No hablan. No hace falta. La crisis se ha vuelto un lenguaje en sí mismo, un código de gestos, de suspiros, de miradas hacia la heladera medio vacía. La Argentina se debate en esta encrucijada: cómo preservar la dignidad cuando el piso económico se mueve todos los días. Cómo mantener un relato común cuando la experiencia cotidiana es tan distinta para cada uno. Cómo construir una identidad que no dependa solo de sobrevivir a la semana que viene. Las respuestas no están en los discursos. Están, quizás, en esa memoria frágil y testaruda que todavía recuerda el precio de las cosas, y el valor de otra cosa que no tiene etiqueta.
