El mérito que se desinfla con cada billete
El cajero automático escupe billetes nuevos, crujientes, que ya valen menos que el papel en el que están impresos. Los toma un hombre de unos cincuenta años, contador o tal vez profesor universitario, que los cuenta con un movimiento rápido del pulgar. No los guarda enseguida. Los mira, como si esperara que la cifra escrita en la esquina se transformara por arte de magia. Es un ritual que se repite en cada barrio, frente a cada máquina, dos veces por mes. La clase media argentina mide su dignidad en billetes que se desinflan antes de llegar al bolsillo.
Hubo un tiempo en que el mérito tenía un correlato tangible. Estudiar, trabajar, ahorrar, comprar. La secuencia era clara como un manual de instrucciones. Hoy ese manual está escrito en un idioma que nadie entiende. La inflación no es solo un número que anuncian los noticieros, es la sensación física de que el esfuerzo se escurre entre los dedos. Un arquitecto que dibuja planos hasta la madrugada sabe que su sueldo no alcanzará para las cuotas del colegio de sus hijos. Una enfermera que hace guardias dobles calcula cuántas veces podrá llenar el tanque de nafta. El trabajo ya no es un camino, es una carrera en una cinta que gira hacia atrás.
La política como ruido de fondo
Mientras tanto, la política discute en pantallas de televisión que pocos miran con atención. El relato oficial choca contra el relato opositor, pero ambos suenan igualmente lejanos, como ecos de una pelea que ocurre en otro planeta. En la mesa familiar, la conversación ya no gira en torno a candidatos o partidos. Se habla del precio de la carne, de la factura de la luz, de la escuela que aumentó otra vez la cuota. La polarización que llena los medios es un espectáculo ajeno. La verdadera grieta pasa por la cuenta bancaria.
El Estado, esa entidad abstracta que alguna vez prometió protección, se siente ahora como un acreedor implacable. Llega a través de impuestos que aparecen en cada factura, en cada transacción, en cada respiro económico. La deuda no es solo con el Fondo Monetario, es con el carnicero, con la farmacia, con el servicio de internet que amenaza con cortar. La dignidad se negocia en cuotas, se pospone, se empeña.
Las redes y la soledad conectada
En este paisaje, las redes sociales ofrecen un consuelo envenenado. Scroll infinito de vidas perfectas, de viajes que nadie puede costear, de logros profesionales que parecen ficción. La juventud navega entre tutoriales para ganar dólares online y memes que ironizan sobre la crisis. La inteligencia artificial, ese concepto futurista, se materializa en chatbots de atención al cliente que nunca resuelven nada, en algoritmos que sugieren qué comprar cuando no hay dinero. La tecnología prometió conexión, pero multiplicó la soledad. Familias enteras sentadas en el mismo living, cada uno absorto en su pantalla, compartiendo un wifi y un silencio.
La educación, ese pilar que antes aseguraba movilidad, ahora parece una estación de trenes abandonada. Los títulos cuelgan de paredes en oficinas que ya no existen. Los conocimientos se vuelven obsoletos antes de terminar la carrera. Los padres que ahorraron durante años para la universidad de sus hijos miran con perplejidad un mercado laboral que pide influencers, community managers, expertos en criptomonedas. Lenguajes nuevos para un mundo que dejó atrás las certezas.
La memoria en la góndola vacía
La memoria ya no se guarda en álbumes de fotos, sino en celulares con memoria llena. Pero hay otra memoria, más dolorosa, que se escribe en los supermercados. La de los productos que desaparecen de las góndolas, la de las marcas que se reemplazan por otras más baratas, la de los gustos que se sacrifican. El consumo dejó de ser un placer para convertirse en un examen de matemáticas. La moral se ajusta en cada elección: ¿compro la leche de marca o la blanca? ¿Llevo fruta o galletitas para la merienda? La dignidad tiene precio, y cambia cada jueves.
La inseguridad ya no es solo la sombra que cruza la vereda de noche. Es la inseguridad económica, la que te hace dudar si podrás pagar el alquiler el próximo mes. Es la inseguridad laboral, la que convierte cada reunión con el jefe en un interrogatorio. Es la inseguridad identitaria, esa sensación de que el país que creías entender se transformó en un rompecabezas con piezas que no encajan. La clase media argentina camina sobre un piso que cruje, escuchando discursos sobre patria y futuro mientras cuenta monedas para el colectivo.
En los medios, los expertos analizan índices, porcentajes, proyecciones. En las casas, la crisis se mide en gestos concretos: la luz que se apaga para ahorrar, el viaje de vacaciones cancelado, el mate amargo porque el azúcar está cara. La manipulación no siempre viene de un gobierno o un canal de noticias. A veces es más sutil: la publicidad que te vende lo que no podés comprar, el crédito que te ofrece pagar mañana lo que hoy no podés, la cultura del emprendedurismo que te hace sentir culpable por no generar ingresos extras.
Al final del día, cuando el hombre que sacó los billetes del cajero llega a su casa, guarda el dinero en un cajón. No tiene sentido depositarlo, perdería más en comisiones. Su mujer le pregunta si alcanzó. Él asiente, pero no la mira a los ojos. Afuera, en la calle, un pibe reparte pedidos de comida en bicicleta. Pasa rápido, esquivando pozos. Lleva una mochila térmica con la cena de alguien que puede pagar para que le lleven lo que él no puede comprar. Las dos Argentinas, la que se mueve y la que se queda quieta, se cruzan sin mirarse. El mérito, esa palabra que alguna vez sonó a promesa, ahora suena a pregunta sin respuesta. Y la noche cae sobre la ciudad, iluminada por pantallas que muestran un mundo que existe solo en bytes, mientras en las cocinas se revisan cuentas en papeles gastados, buscando una verdad que los números ya no dicen.
