El trabajo que ya no alcanza para la dignidad
El jueves a la tarde, cuando el sueldo cae en la cuenta, el primer movimiento no es de alivio. Es un cálculo rápido, mental, casi un tic. Se abre la aplicación del banco, se mira la cifra, y luego, con el dedo, se desliza la pantalla hacia abajo para ver los débitos automáticos que ya están en cola. La luz, el gas, la tarjeta, el colegio. Lo que queda, si queda algo, es el territorio de la semana. Ese gesto, repetido en millones de teléfonos, es el ritual secreto de una clase media a la que el trabajo ya no le alcanza para la dignidad.
La dignidad era otra cosa. Implicaba, por lo menos, poder planificar. Sentarse un domingo y pensar: el mes que viene arreglamos el baño, o nos vamos tres días a la costa, o cambiamos el auto que ya hace ruido. Hoy, la planificación es de corto alcance, como la vista en un día de neblina. Llega hasta el próximo aumento del transporte, hasta la próxima factura que llega con un cero más. El mérito, esa palabra que sonaba a verdad de hierro, se desvanece en el aire cada vez que un profesional con título universitario tiene que pedir un préstamo para pagar las cuotas del colegio de los hijos. El relato del esfuerzo personal, el que nos vendieron como un camino seguro, choca contra la pared de goma de la inflación y no rebota.
La mesa familiar y la cuenta que no cierra
En las casas ya no se habla de política como antes, con esa pasión de estadio. Se habla de números. Los números son concretos, no mienten, o al menos su mentira es más fácil de desarmar. El hijo adolescente pide zapatillas nuevas, las que usan todos en su curso. La madre mira el precio en línea y hace una resta mental con lo que tiene en la billetera digital. El padre comenta, sin levantar la vista del plato, que en la oficina hubo otro recorte de personal. Hay una negociación silenciosa, una moral que se ajusta en tiempo real. ¿Qué es más importante, la pertenencia del pibe o el seguro del auto? La familia se ha convertido en una pequeña unidad de crisis, un gabinete económico que delibera entre la leche y los fideos.
El Estado, ese ente abstracto que aparece en los discursos, se siente en estas cosas chicas. En la fila interminable para un trámite, en el hospital donde faltan insumos, en la escuela pública donde los padres juntan plata para comprar papel higiénico. Hay una desconexión brutal entre la épica de los medios, esa pelea perpetua por el poder, y la experiencia cotidiana de desamparo. La polarización que llena pantallas y titulares es un lujo. En la vereda de lo concreto, la gente está demasiado cansada para odiar con eficacia. La emoción dominante no es la ira, es el agotamiento.
Las pantallas y la soledad con conexión a wifi
Mientras la economía se achica, el mundo en las redes se expande. Es una paradoja amarga. La juventud navega en aguas globales, con acceso a una cultura que parece infinita, pero se siente encerrada en un país que no da respuestas. La identidad se construye en capas contradictorias: se es ciudadano de internet y, al mismo tiempo, rehén de una economía local que no termina de explotar. La inteligencia artificial promete revolucionarlo todo, menos lo esencial. No hay algoritmo que prediga cuándo se podrá alquilar un departamento sin que el garante gane en dólares.
Las redes sociales, ese espacio que prometía comunidad, a menudo profundizan la soledad. Se comparte la indignación por un hecho de inseguridad, se firma una petición virtual, se discute con un desconocido. Hay una sensación de acción, de participación. Pero al apagar el teléfono, la realidad de la puerta con doble cerrojo sigue ahí. La manipulación ya no viene solo de un poder central. Es difusa, está en el diseño mismo de las plataformas, que nos muestran lo que confirma nuestros prejuicios y nos venden la ilusión de que opinar es lo mismo que actuar.
La memoria, en este contexto, es un bien frágil. Se guarda en la nube, pero se borra de la experiencia colectiva. Los abuelos hablaban de la hiperinflación con un tono de catástrofe mitológica. Los padres repiten, cansados, "esto ya lo vivimos". Los hijos escuchan, pero no entienden del todo. Para ellos, la crisis no es un paréntesis, es el paisaje permanente. El consumo ya no es un acto de goce, es una sucesión de renuncias calculadas. Se consume lo que se puede, no lo que se quiere. Y en esa diferencia se escurre un poco de la autoestima.
La verdad se ha vuelto esquiva. No la verdad grandilocuente de los filósofos, sino la verdad práctica, la que responde a la pregunta simple: ¿cómo hacemos para llegar a fin de mes? Los medios dan versiones, los políticos ofrecen relatos, los economistas disparan cifras contradictorias. En medio del ruido, la gente agarra lo que puede. Arma su propio relato, una mezcla de experiencia, desconfianza y esperanza a cuentagotas. Es un relato precario, que se revisa cada vez que el dólar salta o el supermercado aumenta los precios de un día para el otro.
Al final, queda el trabajo. El acto de levantarse, viajar, cumplir un horario, hacer algo que se supone útil. Pero ese acto ha perdido su poder redentor. Ya no define quién sos, ni te garantiza un lugar estable en el mundo. Te da, apenas, para seguir jugando. Para no caer del todo. La dignidad, esa que antes venía en el mismo paquete que el recibo de sueldo, ahora hay que buscarla en otra parte. En un gesto de solidaridad con el vecino, en no perder los modales en la cola del banco, en seguir enseñándole a los hijos que hay valores que no cotizan en el mercado. Es una lucha chica, silenciosa, y quizás la única que de verdad importa.
