Artículo y ensayo

La deuda del otro

Entre la inflación y la polarización, la clase media argentina descubre que la deuda más pesada no es la del banco sino la que se arrastra en la mesa familiar, en los vínculos y en la moral de cada día.

La deuda del otro

La deuda del otro

En la Argentina de la inflación y las pantallas, la deuda dejó de ser solo un número en el home banking. Se metió en la casa, en la charla de sobremesa, en el silencio que queda cuando alguien pregunta cuánto falta para fin de mes. La clase media, esa categoría que ya nadie sabe bien qué significa, arrastra un pasivo que no figura en ningún veraz: la deuda del otro.

Uno debe plata. Pero también debe explicaciones, tiempo, paciencia. Debe el relato de por qué las cosas salieron mal, por qué el hijo no consigue trabajo, por qué la cuota del colegio subió otra vez. La deuda moral es la que no se perdona. Y en este país, donde el mérito se predica pero no se practica, la culpa circula como un moneda de cambio.

En las redes, la polarización se volvió un negocio. Cada posteo es una pequeña declaración de guerra contra el que piensa distinto. La verdad, esa palabra que antes pesaba, ahora se mide en clicks. Pero afuera del celular, en la cola del supermercado o en la puerta del jardín de infantes, la grieta se parece más a un espejo roto: cada uno mira su propio pedazo y cree que el otro está mal entero.

La inteligencia artificial promete orden, eficiencia, un futuro sin errores humanos. Pero en la Argentina del día a día, lo que sobra son humanos con errores. La máquina no entiende de inflación, de deuda en dólares, de la angustia de un pibe que estudia cuatro años y termina repartiendo pedidos en bicicleta. La tecnología avanza, pero la soledad también. Tal vez sean lo mismo.

La familia, esa trinchera donde uno guarda lo último que le queda, se convirtió en un campo de negociación. Se negocia el dinero, sí, pero también el tiempo, la moral, la identidad. Los hijos miran a los padres y ven un modelo que no funciona. Los padres miran a los hijos y ven un futuro que no entienden. La educación, que antes era un ascensor social, ahora parece una escalera mecánica que sube para abajo.

El consumo, mientras tanto, funciona como un sedante. Comprar algo, aunque sea chico, aunque sea con tarjeta y a cuotas, devuelve por un rato la sensación de que uno todavía existe. De que la dignidad no se perdió del todo. Pero la dignidad, en la Argentina de la inflación, es un bien escaso que se defiende con pequeños gestos: pagar el alquiler a tiempo, no pedir prestado, no tener que explicar por qué no se puede.

La memoria, en cambio, es un lujo. Recordar quién se fue, qué prometió, cómo era antes. La memoria no entra en un tuit ni en un reel. La memoria necesita tiempo, silencio, un lugar donde la verdad no compita con la urgencia. Y en este país, la urgencia siempre gana.

El Estado, ese gran ausente o ese gran presente según el día, aparece cuando sobra burocracia y falta solución. La política, ese oficio que ya nadie respeta pero todos votan, se volvió un ring de acusaciones cruzadas. El poder se ejerce desde la desconfianza. Y el relato, esa palabra mágica que todo lo explica, se come a los hechos.

Buscar trabajo hoy es un oficio solitario. Los algoritmos filtran, los bots descartan, las entrevistas son por Zoom y el silencio después del envío del CV es la respuesta más común. El mérito no alcanza. La conexión, el contacto, el apellido o la casualidad pesan más. Y la juventud, que debería ser promesa, se convierte en espera.

La inseguridad no es solo el miedo a salir a la calle. Es también la incertidumbre de no saber si el mes que viene se puede pagar el alquiler, si el peso va a valer algo, si el país va a seguir siendo el mismo. La inseguridad es existencial. Y la clase media, que siempre se sostuvo en la idea de que el esfuerzo daba resultado, ahora mira el horizonte y no ve nada firme.

En esa falta de piso, la deuda del otro se vuelve más pesada. Porque uno no solo debe plata. Debe respuestas, debe un futuro que no llega, debe la imagen de un país que prometió ser distinto. Y mientras tanto, en la mesa de la cocina, se sigue discutiendo si conviene comprar en el súper o en la verdulería, si el dólar sube o baja, si la inflación va a ceder. La vida cotidiana, esa que no aparece en los discursos, sigue su curso. Con deudas, con silencios, con la esperanza gastada pero todavía viva. Como siempre.

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