Artículo y ensayo

La dignidad de no deber

Entre la inflación que todo lo encarece y las cuotas que se vuelven eternas, la clase media argentina redescubre que la deuda no es solo un número: es una forma de vivir con el miedo a no poder pagar.

La dignidad de no deber

La dignidad de no deber

Hay una escena que se repite en las mesas de los argentinos de clase media. No es un gesto grandioso, sino un chiste corto, una risa nerviosa después de decir "llegamos justo este mes". La frase ya no tiene la liviandad de antes. Ahora suena a confesión.

La inflación no solo licúa el salario. Licúa también las promesas que uno se hace a sí mismo. "El mes que viene pago la tarjeta". "Con el aguinaldo saldo la deuda". Pero el mes que viene la cuota subió, el aguinaldo ya está comprometido y la deuda, como una sombra, se alarga. La clase media argentina aprendió a convivir con el debe. Lo que no aprendió es a no sentir vergüenza.

El relato de la cuota

El crédito fue durante años un símbolo de progreso. La casa propia, el auto, el electrodoméstico. Pero el crédito se convirtió en una trampa de la que es difícil salir. Las tasas, los plazos, los intereses. Todo parece diseñado para que uno nunca termine de pagar. Y mientras tanto, el consumo se volvió una obligación moral: hay que tener, hay que mostrar, hay que estar al día con lo que las redes sociales imponen como normal.

Pero la normalidad de la clase media argentina es otra. Es la del que pide prestado para cubrir el mes. La del que usa la tarjeta para comprar comida. La del que mira el extracto bancario con los ojos entrecerrados, como si eso ayudara a que los números cambien. No cambian. Nunca cambian.

El orgullo herido

Hay un viejo dicho argentino que dice: "más vale morir de pie que vivir de rodillas". Pero nadie dijo nada sobre morir de cuotas. La deuda erosiona algo que la inflación no toca directamente: la dignidad. Porque deber no es solo no tener. Es tener que explicar, tener que justificar, tener que esquivar llamadas de cobradores. Es sentirse expuesto. Es sentir que el mérito no alcanza.

Y el mérito, en la Argentina de hoy, es un consuelo cada vez más caro. Se dice que el que no progresa es porque no se esfuerza. Pero el esfuerzo no paga la cuota del colegio, no frena el aumento del alquiler, no detiene la inflación. Entonces uno empieza a preguntarse: ¿de qué sirve esforzarse si igual no alcanza? Esa pregunta, cuando se instala, no tiene respuesta fácil.

La familia y la deuda silenciosa

En las familias argentinas, la deuda es un tema de conversación que se evita. Se habla del precio del tomate, de la ropa de los chicos, de la cuota del club. Pero no se habla del miedo a no poder pagar. Ese miedo se calla. Se disimula. Se esconde detrás de un "no pasa nada" que todos saben que es mentira.

Los jóvenes lo ven. Crecen viendo a sus padres hacer malabares con los números. Crecen escuchando que "no se puede". Crecen aprendiendo que el futuro es un lujo que no todos pueden pagar. Y entonces muchos eligen no endeudarse, no comprometerse, no soñar. Es una forma de protegerse. Pero también es una forma de renunciar.

La trampa del consumo

Las redes sociales y la publicidad venden una vida en colores. Viajes, ropa, cenas, experiencias. Todo parece al alcance de un clic. Pero el clic es una cuota. Y la cuota es un mes. Y el mes es un año. Y el año es una vida entera pagando algo que ya no se disfruta. El consumo se convirtió en una forma de endeudamiento perpetuo. Y la clase media, atrapada entre la necesidad de pertenecer y la imposibilidad de pagar, elige la deuda como si fuera un destino.

Pero no tiene por qué ser así. La salida no está en un crédito blando ni en una tasa subsidiada. La salida está en algo más simple y más difícil: aprender a decir que no. No a la compra, no a la cuota, no al consumo que no se puede sostener. Pero decir que no en una sociedad que mide el valor de las personas por lo que tienen es casi una herejía.

La política y la deuda

El Estado también juega su partido. Las promesas de campaña, los planes, los subsidios. Todo parece diseñado para calmar la urgencia, pero no para resolver el problema. La deuda pública y la deuda privada se parecen más de lo que parece. Ambas generan dependencia. Ambas alimentan un relato que dice que el futuro será mejor, aunque el presente sea insostenible.

La clase media argentina ya no cree en ese relato. O cree a medias, con la esperanza de que algo cambie. Pero la inflación no da tregua. Y la deuda, como una marea, sube.

El último gesto

Quizás la única dignidad que le queda a la clase media argentina sea la de no deber. O la de deber poco. O la de deber con la cabeza en alto, sabiendo que no es un fracaso personal, sino el resultado de un sistema que empuja a todos al mismo pozo. Pero el orgullo duele. Y duele más cuando uno mira el extracto bancario y ve que el saldo es lo único que crece.

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