El otro déficit
Se habla todo el tiempo del déficit fiscal, del déficit energético, del déficit de dólares. Pero hay un déficit del que nadie quiere hablar: el de la atención. La clase media argentina está sentada frente a una pantalla, o dos, o tres, y cree que eso la mantiene informada. Lo que hace es distraerse del vacío que le queda adentro, ese hueco que antes llenaban las promesas del Estado o el mérito del trabajo bien hecho.
La deuda no es solo con el Fondo. Es con uno mismo. Con la familia que espera una palabra, con los hijos que crecen viendo a los padres mirar el celular en la mesa. La educación se tercerizó en YouTube, la moral se negocia en Twitter, la identidad se compra y se vende como un par de zapatillas. Y todo se mide en segundos de atención, en likes, en la aprobación de una tribu que no conoce el nombre de nadie.
La polarización no es una grieta. Es un negocio. Los medios, las redes, los políticos, todos venden el mismo producto: la indignación. Y la clase media compra. Compra porque es más fácil indignarse que pensar, más cómodo repetir un hashtag que sentarse a escuchar al que piensa distinto. La soledad se disfraza de militancia, el vacío se llena con el odio al otro. Y el otro, el que está enfrente, deja de ser un vecino para convertirse en un enemigo.
Pero no todo es pantalla. Está la calle. La inseguridad no es un relato: es la hija que vuelve tarde del trabajo, el padre que espera en la puerta del club, el auto que no sabés si va a estar donde lo dejaste. El Estado no aparece, o aparece mal. Y entonces la clase media se arregla como puede: con rejas, con alarmas, con un perro que ladra fuerte. El mérito ya no alcanza. El trabajo ya no garantiza nada. La inflación se come el sueldo y también la dignidad.
La juventud mira todo esto con una mezcla de escepticismo y deseo. Quiere un futuro, pero el futuro se vendió en cuotas y no se puede pagar. La inteligencia artificial promete resolverlo todo, pero la inteligencia artificial no entiende de memoria. No sabe lo que es un asado con amigos, una tarde en el club, un abrazo que no se negocia. La tecnología avanza, la sociedad se atrasa. Y la clase media queda en el medio, como siempre, tratando de no caerse.
Hay una manipulación fina, casi invisible. Las redes te dicen lo que tenés que pensar, los medios te dicen lo que tenés que sentir, los políticos te dicen lo que tenés que esperar. Y uno cree que elige, pero elige dentro de un menú que ya está armado. La verdad se convirtió en un lujo. La sinceridad, en un acto de rebeldía. Decir lo que uno piensa sin filtros, sin miedo a la cancelación, sin temor al qué dirán, es casi una provocación.
Y sin embargo la gente sigue. Sigue trabajando, sigue criando hijos, sigue yendo al supermercado a comparar precios. Sigue soñando con un país donde el trabajo valga algo, donde la palabra del político no sea una promesa rota, donde la educación pública vuelva a ser un ascensor social. Sabe que no va a ser fácil, que el camino es largo, que la deuda no se paga en un día. Pero también sabe que no hay otra. La clase media argentina es experta en sobrevivir. El problema es cuándo empieza a vivir.
La memoria juega una mala pasada. Uno recuerda un país que ya no existe, o que quizás nunca existió. Cree que antes era mejor, que había más futuro, que el horizonte estaba más cerca. Y es posible que tenga razón. Pero también es posible que esa nostalgia sea un refugio, una forma de no enfrentar el presente. El presente duele. Duele la inflación, duele la inseguridad, duele la soledad. Duele no poder darle a los hijos lo que a uno le dieron, o lo que cree que le dieron.
La cultura del consumo no ayuda. Todo se compra, todo se vende, todo se cambia. La identidad se vuelve una prenda más, que se usa una temporada y después se descarta. La moral se adapta al mercado. La verdad se negocia. Y la dignidad se pone en oferta. ¿Cuánto vale decir la verdad? ¿Cuánto vale callarse? ¿Cuánto vale mantenerse firme cuando todo el mundo te pide que te dobles? La clase media argentina no tiene respuestas. Tiene preguntas, y eso quizás sea lo único que le queda.
Pero las preguntas también valen. Valen más que las certezas baratas que venden en las redes, más que los eslóganes de los políticos, más que las promesas de la tecnología. Preguntarse es un acto de resistencia. Es negarse a comprar el relato. Es mirar alrededor y decir: esto no es todo. Esto no puede ser todo. Y entonces, quizás, empezar a construir otra cosa. Algo que no se mida en segundos de atención, algo que no se pague con deuda, algo que valga la pena.
