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El país que ya no discute con el árbitro

Mientras el VAR se naturaliza en el fútbol argentino, la discusión sobre la verdad y la autoridad se traslada a otros terrenos. Una crónica sobre lo que delegamos cuando preferimos que decida la máquina.

Artículo del autor12.10.2026

El país que ya no discute con el árbitro

Imaginemos una situación hipotética: un domingo a la tarde, en una cancha de barrio, el árbitro cobra un penal que nadie vio. Los jugadores protestan, el técnico se agarra la cabeza, la hinchada insulta. Hasta que alguien recuerda que hay una cámara. Todos miran la pantalla del celular de un ayudante. La imagen es borrosa, el ángulo dudoso, pero el árbitro cambia la decisión. Nadie discute el fallo. La discusión se traslada al algoritmo, a la calidad de la imagen, a si la cámara estaba bien ubicada. El árbitro humano ya no es el problema. El problema es la máquina que lo corrige.

Algo de eso está pasando en la Argentina, y no solo en el fútbol. La inteligencia artificial se metió en los pliegos de licitaciones, en los diagnósticos médicos, en los sistemas de seguridad, en la selección de personal. Promete objetividad, eficiencia, neutralidad. Y en un país donde la palabra empeñada perdió valor, donde la justicia tarda y la política se sospecha, la promesa suena tentadora. ¿Para qué discutir con un árbitro humano si podemos tener un árbitro que no se equivoca? ¿Para qué confiar en un funcionario si podemos confiar en un algoritmo?

El problema es que la máquina no es neutral. La máquina aprende de datos que ya vienen cargados de historia, de prejuicios, de desigualdades. Un sistema que decide quién recibe un crédito, quién accede a un plan social, quién es sospechoso de un delito, no hace más que repetir patrones que ya existían. Pero con una diferencia: ahora esos patrones tienen la apariencia de la matemática. Y contra la matemática no se protesta. La matemática no se equivoca. La matemática no es corrupta. La matemática no tiene intereses.

La tentación de la objetividad

En un país donde la clase media hace malabares para llegar a fin de mes, donde la inflación licúa los salarios y la deuda se paga con ajuste, la idea de un árbitro imparcial es casi un alivio. No importa que sea una máquina. Importa que no sea un político, un sindicalista, un empresario, un juez. Importa que no sea alguien como nosotros, con nuestras mismas miserias. La máquina, en cambio, es limpia. No pide coima, no tiene familia, no responde a un partido. Es el sueño de una sociedad que perdió la fe en sus instituciones y ahora deposita esa fe en el código binario.

Pero hay una trampa. Cuando delegamos la verdad en la máquina, dejamos de discutir sobre la verdad. Ya no importa si el penal fue o no fue. Importa lo que dice el VAR. Ya no importa si el despido fue justo o injusto. Importa lo que dice el sistema. Ya no importa si el relato de los medios es cierto o manipulado. Importa lo que dice el algoritmo que mide el engagement. La discusión se vuelve técnica, y la técnica no admite opiniones. La política, la moral, la dignidad, quedan fuera de la cancha.

Los argentinos sabemos de árbitros. Sabemos de decisiones que se cobran y se cobran mal. Sabemos de la sospecha permanente, de la grieta que se mete en la mesa familiar, del vecino que ya no saluda. La polarización nos enseñó a desconfiar de todo y de todos. La máquina aparece como una salida elegante a ese cansancio. Pero no resuelve el problema de fondo: seguimos sin saber cómo convivir con el que piensa distinto. Solo que ahora, en vez de discutir con el otro, discutimos con la pantalla.

El árbitro que no se puede insultar

Hay algo profundamente humano en discutir con un árbitro. Es una forma de resistencia, de afirmar que la verdad no es una sola, que el poder no es infalible. Cuando el árbitro es una máquina, esa resistencia se vuelve absurda. ¿A quién le gritás? ¿A quién le tirás el banderín? La máquina no se inmuta, no se equivoca, no se disculpa. Solo aplica la regla. Y la regla, como sabemos, nunca es neutral. Detrás de cada regla hay una decisión política, una relación de fuerzas, una historia de exclusiones.

La juventud, que creció con pantallas y algoritmos, parece más cómoda con esta nueva autoridad. Para muchos pibes, el árbitro humano es sospechoso por definición. El VAR, en cambio, es confiable. No porque sea justo, sino porque es automático. Es la misma lógica que los lleva a confiar más en un diagnóstico de una app que en el médico de guardia. La tecnología no los defraudó como los defraudaron los adultos, los políticos, los maestros, los padres. La tecnología es la única promesa que todavía no se rompió.

Pero la tecnología también falla. También tiene sesgos. También puede ser manipulada. La diferencia es que cuando falla, no hay a quién reclamarle. El responsable se diluye en la cadena de datos, en el diseño del algoritmo, en la empresa que lo vendió, en el Estado que lo compró. La responsabilidad se vuelve un problema técnico, y la técnica no tiene culpa. Es el sueño perfecto para un poder que no quiere rendir cuentas.

Mientras tanto, la Argentina sigue discutiendo sobre la inflación, la deuda, la inseguridad, el trabajo, la educación. Sigue buscando culpables en los medios, en las redes, en la política. Sigue creyendo que hay un relato verdadero y otro falso. Pero cada vez que delegamos una decisión en una máquina, renunciamos a una parte de esa discusión. Renunciamos a la posibilidad de equivocarnos y de corregirnos. Renunciamos a la política, que no es otra cosa que el arte de discutir con el otro sin matarlo.

Tal vez el problema no sea la máquina. Tal vez el problema sea que ya no sabemos discutir. Que la polarización nos volvió sordos. Que la crisis nos volvió desconfiados. Que la memoria nos pesa y el futuro nos asusta. Entonces preferimos que decida otro. Un algoritmo, un juez, un árbitro. Cualquiera que no se parezca a nosotros. Cualquiera que no nos recuerde que la verdad, si existe, es siempre una construcción colectiva, frágil, discutible, humana.

El penal fue o no fue. La máquina dice que no. Y nosotros, cansados, le creemos. O hacemos como que le creemos. Porque discutir con la máquina es inútil, y discutir con el otro es peligroso. Entonces miramos la pantalla, esperamos el veredicto, y volvemos a casa. En el camino, nadie habla del partido. Todos hablan del VAR.

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