Artículo y ensayo

El que no corre, vuela

La clase media argentina descubre que la educación ya no es un ascensor social sino un trámite costoso, mientras la inteligencia artificial redefine el trabajo y la familia se aferra a lo que queda.

El que no corre, vuela

El que no corre, vuela

En la Argentina de la inflación y las redes sociales, la clase media aprendió a moverse rápido. No por convicción, sino por necesidad. Cuando el mango no alcanza y la realidad cambia de hora en hora, lo único que queda es correr. Pero correr hacia dónde, esa es la cuestión.

La educación, ese viejo ascensor social, se convirtió en un trámite costoso. Las escuelas privadas suben sus cuotas todos los meses, las públicas se caen a pedazos y los padres hacen malabares para pagar un profesor particular de inglés o un curso de programación. Porque todos saben que el mérito no alcanza, que el mérito es un lujo que se paga en cuotas. La juventud lo entiende mejor que nadie: estudian una carrera y al mismo tiempo sacan un curso de inteligencia artificial, por las dudas. La tecnología no espera, y la máquina ya está reemplazando oficios que antes parecían seguros.

El trabajo se volvió un deporte de riesgo. El empleado de comercio, el administrativo, el contador, todos saben que en cualquier momento puede llegar un algoritmo y dejar su tarea obsoleta. La identidad laboral, ese orgullo de ser oficinista o tornero, se diluye. Ahora lo que importa es ser flexible, adaptable, como un gimnasta del mercado. Y mientras tanto, las familias se aferran a lo que queda: la cena de los domingos, el préstamo del auto, la ayuda de los abuelos. La soledad de los que no tienen red se vuelve más pesada que la inflación.

Porque la inflación no solo come el sueldo, también come la memoria. Lo que costaba cien pesos el mes pasado hoy vale ciento veinte, y al otro día ciento cuarenta. Nadie recuerda los precios, nadie confía en los números. La verdad se vuelve difusa, manipulable. Los medios venden relatos, los políticos prometen soluciones mágicas y la polarización convierte cada discusión en una trinchera. La moral se adapta: lo que ayer era digno, hoy es un lujo. La dignidad de pagar las cuentas a tiempo, de tener un mango ahorrado, de no deberle nada a nadie, todo eso quedó en el pasado.

El Estado, ese gran elefante, se mueve lento. Las leyes cambian, los planes se crean y se extinguen, la deuda crece. Pero la clase media ya no espera soluciones del gobierno, espera que no la jodan. La política se convirtió en un espectáculo de chicanas en Twitter, una pelea de gallos que nadie sabe dónde termina. El poder real está en las grandes corporaciones, en los bancos, en los dueños de la tierra. Y en la inteligencia artificial, que sin pedir permiso decide quién accede a un crédito y quién no.

El consumo, ese viejo consuelo, también se resiente. Ya no se compra por placer, se compra por urgencia. La ropa de liquidación, el súper con lista, el delivery cuando no hay tiempo. La identidad se construye en las redes sociales, donde todos muestran una vida mejor de la que tienen. La manipulación es constante: un algoritmo te dice qué pensar, qué comprar, a quién odiar. La verdad se atomiza, cada uno tiene la suya. Y en medio de todo, la juventud crece con la sensación de que el futuro es un país extranjero, lejano y hostil.

Pero no todo es derrota. Hay gestos pequeños que resisten. El padre que enseña a su hijo a cambiar una cubierta, porque el oficio manual todavía vale. La madre que cocina desde cero, porque alimentar a la familia es un acto de soberanía. El grupo de amigos que se junta a escuchar música y hablar de la vida, sin pantallas de por medio. La memoria, esa trinchera, se defiende con relatos. Se cuenta la historia del abuelo que llegó en barco, del tío que se fue a España, de la abuela que cosía vestidos de novia. Esa memoria es lo único que no se puede devaluar.

El problema es que la inteligencia artificial no tiene memoria de barrio. No sabe lo que es el olor del asado del domingo ni la bronca de un partido de fútbol. La tecnología promete eficiencia, pero la eficiencia no abraza. Y en un país donde todo se desarma, el abrazo sigue siendo el bien más escaso. La clase media argentina, esa criatura mitológica que siempre encuentra la manera, descubre que la verdadera crisis no es económica sino existencial. Se trata de seguir siendo humano cuando todo te empuja a ser un número, un dato, un perfil de consumidor.

Así que la gente corre. Corre para pagar el alquiler, para llegar al colegio, para no quedar afuera del mercado laboral. Corre porque el tiempo es el único recurso que no se puede reponer. Y mientras corre, mira el cielo, esperando quizás un milagro. O al menos un respiro. Porque en la Argentina de hoy, el que no corre, vuela. Pero volar también cansa.

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