Artículo y ensayo

El ruido de lo que ya no importa

Entre la inflación que todo lo aplana y las redes que todo lo gritan, la clase media argentina descubre que el verdadero lujo ya no es un plato de comida sino un rato de silencio, una conversación sin pantallas, un fin de semana sin culpa.

El ruido de lo que ya no importa

El ruido de lo que ya no importa

En la fila del supermercado, una mujer revisa el celular mientras el precio del aceite sube en la góndola y en su cabeza. El carrito tiene menos cosas que el mes pasado pero la tarjeta está igual de caliente. A su lado, un tipo mira el teléfono y sonríe: alguien le mandó un meme sobre la inflación. Se ríe solo. Después vuelve a mirar el precio del tomate y la sonrisa se le congela.

La clase media argentina aprendió a convivir con la contradicción. Sabe que el sueldo no alcanza pero igual compra el café de especialidad. Sabe que la política es un circo pero igual mira los debates. Sabe que las redes sociales mienten pero igual las consume como si fueran verdad. No es cinismo. Es supervivencia.

La deuda que no se ve

Hay una deuda que no aparece en los papeles del banco. Es la que se contrae con uno mismo cuando se deja de hacer lo que importa para hacer lo que urge. Cuando el tiempo libre se llena de pantallas porque el cuerpo ya no da para más. Cuando la conversación con los hijos se reduce a un mensaje de WhatsApp. Esa deuda no tiene interés fijo. Pero se cobra.

El otro día un amigo contó que su hija de quince años le pidió que no le mandara más videos graciosos por Instagram. Que prefería que la escuchara. El tipo se quedó callado. Después dijo: "Me pidió presencia. Y yo no sabía qué responder". No es un caso aislado. Es la clase media descubriendo que el mérito individual no alcanza para comprar atención genuina.

La verdad como mercancía

En las redes, la verdad se negocia como un producto más. Cada posteo es un relato que compite por la atención. Los medios tradicionales ya no tienen el monopolio de la información pero nadie sabe bien quién tiene la credibilidad. La polarización no es una grieta: es un negocio. La indignación se vende por clics. La memoria se recicla en formato de video de treinta segundos.

Y la clase media, que siempre creyó en la educación como ascensor social, descubre que el ascensor no funciona. O funciona para pocos. O funciona pero hay que pagar peaje. La escuela pública sigue siendo el refugio de los que no tienen otro, pero la calidad se resiente, los docentes se cansan, los alumnos miran el techo. La tecnología prometió democratizar el conocimiento y terminó fragmentando la atención.

El trabajo que ya no es lo que era

El trabajo también cambió. Ya no es el lugar donde uno pasa ocho horas y después se va a casa. Es algo que se mete en la cama, en la mesa, en el fin de semana. El celular es la oficina. La familia es el ruido de fondo. La soledad es el lujo que algunos se pueden permitir y otros padecen.

Un psicólogo conocido dice que cada vez ve más pacientes que no saben qué quieren. Que confunden el deseo con la necesidad, la ambición con la ansiedad. Que tienen todo para ser felices según el catálogo de consumo pero se sienten vacíos. No es depresión. Es algo más sutil. Es la sensación de que la vida se vive en piloto automático, de que uno corre pero no avanza, de que el mérito no alcanza si no hay un relato que lo sostenga.

La moral de la clase media

La moral de la clase media argentina es un tejido de contradicciones. Se indigna con la corrupción pero negocia el cambio de moneda en la cueva. Reclama seguridad pero justifica al que se salta la fila. Defiende la educación pública pero manda a los hijos a la privada si puede. No es hipocresía. Es la forma que encontró para sobrevivir en un país donde las reglas cambian todos los días.

Y en el medio están los jóvenes. Los que crecieron con internet y creen que la inteligencia artificial les va a resolver la vida. Los que estudian carreras que tal vez no existan cuando se reciban. Los que militan causas justas desde el teléfono pero no saben cambiar una lamparita. Son hijos de esta contradicción. No los podemos juzgar sin juzgarnos a nosotros mismos.

El ruido de fondo

El ruido no es solo el de la calle o el de la tele. Es el ruido mental. El que hace que uno no pueda estar cinco minutos sin mirar el celular. El que convierte una cena familiar en una sucesión de pantallas. El que hace que la política sea un espectáculo y la realidad un meme.

La clase media argentina está cansada. Pero no sabe de qué. O sabe pero no quiere decirlo. Porque si lo dice, tendría que hacer algo. Y hacer algo implica dejar de consumir, dejar de quejarse, dejar de esperar que alguien venga a resolverle la vida. Implica hacerse cargo de la deuda que no se paga con plata.

Tal vez el verdadero mérito no sea llegar a fin de mes. Tal vez sea llegar a fin de día con la cabeza limpia y el corazón entero. Tal vez la verdadera identidad no esté en el DNI ni en el perfil de Instagram sino en lo que uno hace cuando nadie lo mira. Tal vez la memoria no sea un archivo digital sino la forma en que contamos nuestra historia a los que vienen después.

Pero eso no se vende. No se tuitea. No se etiqueta. Y en un país donde todo es relato, lo que no se puede contar parece que no existe.

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