El refugio de los que pagan
La última vez que vi a Martín fue en un bar de Palermo, de esos que venden hamburguesas a precio de electrodoméstico. Había pedido un préstamo para arreglar el baño, me dijo, y ahora no sabía cómo iba a pagar la cuota del mes que viene. No era la primera vez que lo escuchaba hablar así. La clase media argentina tiene una relación particular con la deuda: la vive como un fracaso personal, pero también como la única manera de seguir siendo lo que es.
Martín es periodista, trabaja freelance, tiene dos hijos y una hipoteca que lo persigue como un perro rabioso. No es un caso aislado. En las conversaciones de los últimos meses, la palabra que más aparece no es inflación ni política, sino cuota. La cuota del colegio, la cuota del auto, la cuota del crédito. Todo se paga en cuotas. La vida se volvió un plan de financiación.
Hay algo de tragicómico en esto. La clase media que durante décadas construyó su identidad sobre la base del mérito y el esfuerzo ahora descubre que el mérito no alcanza. Que la dignidad no se negocia, pero tampoco se defiende sola. Que la verdad, esa que antes se buscaba en los diarios o en la escuela, ahora se consume como un producto más en las redes sociales.
La casa propia
Mi viejo compró su departamento en los años ochenta con un crédito del Banco Hipotecario. Pagó cuotas fijas durante quince años y después fue dueño. Parece un cuento de hadas. Hoy, un joven de treinta años con un sueldo promedio no puede comprar ni un monoambiente en el conurbano. La propiedad privada, ese pilar de la moral burguesa, se volvió un lujo para pocos. El resto alquila, y el que alquila vive con la angustia de que el dueño le pida el departamento de un día para el otro.
La familia, ese núcleo sagrado de la cultura argentina, también se resiente. Los hijos se van de casa más tarde, o no se van nunca. Los padres jubilados mantienen a los hijos treintañeros. La solidaridad familiar, que antes era un valor, ahora es una necesidad económica. Y la soledad, esa enfermedad silenciosa, crece en los hogares donde ya no hay lugar para todos.
La polarización política no ayuda. En las redes sociales, la discusión es un ring de boxeo. Nadie escucha, todos gritan. La identidad se construye en contra de algo, no a favor. Ser peronista, ser macrista, ser libertario: todo es una posición, una trinchera. Lo que se pierde es la posibilidad de pensar juntos, de construir un relato común. La memoria, que debería ser un puente, se convierte en un campo de batalla.
El trabajo y el mérito
El trabajo ya no es lo que era. Antes, laburar era una garantía de progreso. Hoy, laburar es apenas una manera de no caerse del todo. Los sueldos no alcanzan, los derechos se erosionan, la precarización es la norma. El mérito, esa palabra que tanto se usa en los discursos políticos, se revela como una ficción. ¿Cuánto mérito tiene el que nació en una familia que pudo mandarlo a la universidad? ¿Cuánto mérito tiene el que heredó un departamento? El mérito es un lujo de los que ya tienen.
La educación, ese motor de la movilidad social, también está en crisis. Los docentes ganan sueldos de miseria, las escuelas se caen a pedazos, los alumnos aprenden cada vez menos. Y sin embargo, la educación sigue siendo el único camino que muchos ven para escapar de la pobreza. Esa contradicción es la que define a la clase media argentina: sabe que el sistema está roto, pero no tiene otra opción que seguir apostando a él.
La inteligencia artificial, ese nuevo fetiche tecnológico, promete resolver todo. Pero lo que resuelve, en realidad, es el problema de los que ya tienen. Automatiza trabajos, concentra riqueza, profundiza la desigualdad. Para la clase media, la IA no es una oportunidad: es una amenaza. Un robot que te saca el laburo, un algoritmo que decide si te dan el crédito, una máquina que te reemplaza.
El consumo como identidad
Consumir es la manera que tiene la clase media de sentirse parte de algo. El último celular, la zapatilla de marca, el viaje a Brasil. No es frivolidad: es una forma de dignidad. Mostrar que se puede, que no se está tan mal, que la crisis no te quebró del todo. Pero el consumo también es una trampa. Endeuda, esclaviza, vacía. Y cuando la tarjeta no da más, la identidad se derrumba.
Los medios de comunicación, que antes moldeaban el relato, ahora son parte del caos. Las redes sociales amplifican la polarización, el odio, la desinformación. La verdad se vuelve un concepto escurridizo. Cada uno tiene la suya, y la defiende con uñas y dientes. El Estado, que debería ordenar el desorden, es visto como un enemigo o un salvador, según el día. No hay término medio.
La inseguridad, ese tema que no aparece en las encuestas de felicidad, es la sombra que acompaña a la clase media. Miedo a salir de noche, miedo a que te roben el celular, miedo a que entren a tu casa. El miedo moldea las decisiones: dónde vivir, cómo moverse, a quién votar. El miedo divide, separa, encierra.
Y sin embargo, la clase media sigue. Sigue pagando cuotas, sigue mandando a los hijos al colegio, sigue soñando con un futuro mejor. A veces parece una necedad, una obstinación absurda. Pero también es una forma de resistencia. La dignidad no se negocia, decía Martín. Y tenía razón. La dignidad no se negocia, pero tampoco se regala. Se defiende cada día, en cada cuota, en cada decisión. Esa es la verdad de la clase media argentina: no se rinde, aunque no sepa muy bien hacia dónde va.
