El relato que se desarma en la cola del supermercado
La fila en el supermercado los martes a la tarde tiene algo de ritual laico. No es la cola del banco, esa donde se respira urgencia y billetes que se deshacen. Acá el tiempo es otro, más lento, como si cada producto en la cinta transportadora fuera una pequeña confesión. Una mujer de unos cincuenta años mira su carrito con una expresión que no es enojo, sino algo más parecido a la perplejidad. Tiene dos paquetes de fideos, un litro de leche, un queso fresco, detergente. Faltan cosas. Su mirada salta del carrito al ticket que todavía no le dan, como si intentara resolver una ecuación que cambia de variables segundo a segundo. Esa ecuación es la vida de la clase media argentina hoy.
Afuera, los medios discuten el relato. Dicen que la inflación baja, que hay señales verdes, que el mérito pronto dará sus frutos. En el pasillo de los lácteos, el relato es otro. Es el sonido de un producto que se devuelve al estante porque el precio no coincide con el cálculo mental hecho dos minutos antes. Es el silencio incómodo cuando el cajero anuncia el total y hay que decidir qué sacar. No es pobreza extrema, no es drama televisivo. Es el ajuste milimétrico de la dignidad.
La política como ruido de fondo
En la casa de esa mujer, la televisión del living suele estar encendida en algún noticiero. Las voces llegan como un murmullo desde otro planeta. Hablan de poder, de geopolítica, de deuda con el FMI. Su hijo de veinte años, en su habitación, navega un océano de contenido en las redes sociales. Allí la batalla es por la identidad, por encajar en un algoritmo que premia la polarización. Madre e hijo comparten el mismo techo y la misma crisis, pero habitan realidades paralelas. La familia ya no es el lugar donde se construye un consenso, sino donde se evitan ciertos temas para no romper lo que queda.
El trabajo, ese pilar, se ha vuelto resbaladizo. No es sólo que el salario no alcance. Es que el esfuerzo perdió su correlato en el mundo tangible. La promesa del estudio, del horario cumplido, de la carrera, se desinfla mes a mes. La cultura del mérito choca contra la pared de los números en el ticket de compra. Y entonces aparece la pregunta incómoda, la que no se formula en voz alta: ¿para qué sirvió tanto? La respuesta flota en el aire, mezclada con el olor a pan del supermercado.
La inteligencia artificial y la soledad con conexión
El hijo de la mujer del supermercado tal vez use alguna aplicación impulsada por inteligencia artificial para organizar sus gastos, o para buscar trabajo. La tecnología promete eficiencia, claridad, soluciones. Pero la pantalla, fría y precisa, no entiende de gestos humanos. No registra la mirada de la madre cuando saca un producto del carrito. No mide el peso de la herencia que esta generación joven carga: un país con la memoria fragmentada, donde el pasado se usa como arma y el futuro es una deuda que otros contrajeron.
La inseguridad ya no es sólo la que denuncia la televisión. Es otra, más sutil. Es la inseguridad de no poder proyectar, de sentir que el piso se mueve con cada dato del INDEC. Es la desconfianza hacia el Estado, que parece una entidad abstracta que sólo aparece para cobrar o para fallar. Y es, también, la inseguridad en los vínculos. La polarización no es sólo política, se filtró a las charlas de café, a los grupos de WhatsApp familiares. Se prefiere la soledad digital, ese estar conectado con miles y hablar con nadie, antes que el riesgo de una discusión que no lleva a ningún lado.
En medio de todo esto, la cultura intenta dar respuestas. Pero la cultura también se ha vuelto un bien de consumo, accesible para algunos, inalcanzable para otros. El cine, los libros, el teatro, son lujos que se postergan. Lo inmediato, lo urgente, gana la partida. La moral, entonces, se negocia día a día. No en grandes discursos, sino en actos pequeños: ¿compro original o pirata? ¿Pago todos los impuestos o busco un atajo? ¿Miro para otro lado cuando algo no cuadra? La dignidad se defiende en esos gestos mínimos, casi invisibles.
El relato que nadie escribe
Mientras, los medios, tradicionales y digitales, siguen emitiendo sus mensajes. Unos hablan de manipulación de los otros. Todos dicen poseer la verdad. Pero la verdad, para la mujer de la fila, tiene el peso de una bolsa de mandados. Es concreta, inapelable. No necesita hashtag. El poder real, el que afecta su vida, no se decide en un estudio de televisión. Se decide en la fluctuación del dólar que no compra, en el precio de la medicina que sí necesita, en la sensación de que el esfuerzo de toda una vida puede esfumarse en un mal mes.
Al final, la mujer paga. Sacó el queso fresco y un paquete de fideos. Los guarda en su bolsa de tela reutilizable. Su rostro ahora muestra algo parecido al alivio, o al cansancio. La operación matemática ha concluido, por hoy. Sabe que mañana comenzará de nuevo. No hay un gran enemigo al que señalar, no hay una sola causa que lo explique todo. Hay un sistema complejo, gris, donde las responsabilidades se diluyen y las soluciones simples son siempre sospechosas.
Camina hacia la salida, pasa junto a un televisor que cuelga en la pared. En la pantalla, un analista discute con vehemencia sobre la realidad del país. Ella no lo mira. Sostiene con firmeza el mango de su bolsa, donde lleva lo conquistado en la batalla del día. Ahí, en ese gesto, está el relato que nadie escribe y todos entienden. El relato que se desarma y se vuelve a armar, cada semana, en la cola de cualquier supermercado de cualquier barrio de esta Argentina que sigue, a pesar de todo, intentando encontrarle la vuelta.
