La dignidad en la cola del banco
La fila del banco empieza antes de que abran las puertas. Son las siete y media de la mañana y ya hay diez personas, algunas con los brazos cruzados, otras revisando el celular por enésima vez. No se habla mucho. Hay una especie de pacto tácito, una dignidad herida que se comparte en silencio. Cada uno viene a defender lo suyo, un plazo fijo que se derrite, un dólar que se escapa, un préstamo que ya no alcanza. La crisis en Argentina dejó de ser un tema de economía para volverse una cuestión de geometría: medir cuánto se achica el espacio personal, cuánto se reduce el futuro posible.
Afuera, la ciudad despierta con el ruido de los colectivos y las bocinas. Adentro del banco, el aire acondicionado zumba con una constancia que parece una burla. En la pantalla, los números suben y bajan, pero siempre en la dirección equivocada. La inflación ya no es un dato, es una sensación física, como un mareo que no se va. La gente calcula con los ojos entrecerrados, convierte pesos en dólares, dólares en artículos de la góndola, la góndola en días que faltan para fin de mes. Es una matemática de la supervivencia, y cada error duele en la billetera.
El mérito y la grieta
En el colectivo de vuelta, un hombre joven discute por teléfono. "No, mirá, a mí no me vengas con el relato de que si trabajás duro te va bien", dice, y su voz se eleva por encima del ruido del motor. "Acá trabajás duro para llegar a fin de mes, punto. El mérito es un chiste." Alguien asiente sin mirarlo, como si esas palabras resonaran en un lugar conocido. La polarización política, esa palabra que usan los medios, en la vida cotidiana se traduce en esto: en la certeza de que el esfuerzo personal ya no tiene correlato con la realidad. El Estado, para algunos, es el que te salva. Para otros, es el que te hunde. Pero en el medio, en esa franja gris donde vive la mayoría, el Estado es simplemente el que no está cuando la cola del banco se hace larga.
Las redes sociales muestran otra cosa. Allí, el éxito es una mercancía que se exhibe: viajes, platos de comida, logros profesionales. Es un espejo deformante donde la propia vida parece más chica, más gris. La juventud navega ese océano de versiones, buscando una identidad entre filtros y discursos prefabricados. La educación formal, la de la escuela y la universidad, compite con ese torrente de información. Ya no se trata de aprender, sino de discernir qué es verdad en un mundo donde la manipulación es el lenguaje natural del poder, tanto el político como el comercial.
La familia como trinchera
En la casa, la crisis se mide en conversaciones truncas. Se habla del precio de la carne, de la factura de la luz, de si conviene cambiar el celular. Pero no se habla del miedo, de esa sensación sorda de que el piso se mueve. La familia se vuelve una trinchera, el último lugar donde la identidad no está en disputa. Allí, la moral no es un concepto abstracto, es el acto de compartir un plato de comida sin decir que fue lo único que se pudo comprar. Es la dignidad de no quejarse frente a los hijos, de inventar un juego para que la espera en la cola del banco parezca una aventura.
El trabajo, ese concepto que antes venía con una promesa de progreso, ahora es simplemente lo que evita el desastre. No se aspira a crecer, se aspira a sostener. La inteligencia artificial, los algoritmos, las pantallas que nos miran y aprenden de nosotros, son una amenaza lejana comparada con la amenaza concreta de que el sueldo no alcance. La tecnología, en este contexto, no es el futuro, es la herramienta con la que se revisa el saldo, se paga la tarjeta, se busca una oferta de empleo que no existirá.
La memoria, aquí, es un bien pesado. Se recuerda cuando la moneda no se evaporaba en las manos, cuando el futuro no era una palabra vacía. Pero esa memoria duele, porque contrasta con el presente. Entonces se la guarda, como se guarda una foto vieja en un cajón. El consumo ya no es placer, es táctica. Se compra lo que dura, lo que sirve, lo que puede revenderse en una emergencia. La cultura, el cine, los libros, pasan a un segundo plano. Son lujos para cuando la cabeza deja de dar vueltas con los números.
La soledad del que espera
La verdad, en medio de todo esto, se vuelve elusiva. Cada medio, cada red social, cada político, ofrece su versión. Y la gente, cansada, elige la que menos duele, la que mejor se adapta a su prejuicio. No hay energía para buscar la verdad objetiva. La energía se gasta en llegar a fin de mes. La manipulación funciona porque encuentra un terreno fértil: el cansancio. La deuda, esa palabra enorme, no es solo con el Fondo Monetario. Es una deuda con uno mismo, con los proyectos postergados, con la vida que se imaginó y no fue.
Al final del día, cuando las calles se vacían y las luces de los departamentos se encienden, queda la soledad. No la soledad física, sino esa otra, más profunda, que es la de sentirse a la deriva en el propio país. La clase media argentina, esa que fue el orgullo y el motor, mira desde la orilla. No sabe si volverá a nadar o si se quedará ahí, observando cómo la corriente se lleva los pedazos de lo que construyó. En la cola del banco, mañana a la mañana, se volverá a medir esa distancia. No con palabras, sino con el silencio de quienes todavía creen, a pesar de todo, que la dignidad es lo último que debería perderse en la góndola.
