El repuesto que ya no se fabrica
Hay una escena que se repite en talleres de barrio, en cocinas con mesada de mármol frío, en garages donde alguien guarda una caja de zapatillas llena de cables. Alguien busca un repuesto. Una manija de heladera, un engranaje de lavarropas, una resistencia de pava eléctrica. Lo busca en la ferretería de la esquina, en Mercado Libre, en ese local de la avenida que tiene las vidrieras tapadas con papel madera. No está. Hace años que no se fabrica. El objeto que todavía funciona, que todavía enfría o calienta o gira, queda condenado por una pieza mínima que nadie produce. La pregunta no es si se puede arreglar. La pregunta es quién decide que ya no vale la pena.
En la Argentina, esa escena tiene una densidad particular. No es solo la crisis, ni la inflación, ni la deuda. Es una forma de la moral cotidiana: lo que se rompe, se arregla. O se intenta. El país tiene una larga tradición de talleres, de oficios, de tipos que aprendieron a soldar porque el sueldo no alcanzaba para comprar nuevo. Pero esa tradición se está quedando sin insumos. No es que falten manos. Faltan piezas. Faltan planos. Faltan fábricas que sigan produciendo lo que el mercado considera obsoleto.
El mercado y la obsolescencia como destino
La lógica del consumo actual no premia la reparación. Un electrodoméstico nuevo sale, en cuotas, menos que la suma de repuestos más mano de obra. Y el repuesto, además, hay que encontrarlo. Las empresas globales diseñan productos con ciclos de vida cortos, y cuando el modelo cambia, el stock de partes se agota. No es una conspiración: es una forma de organizar la producción. Pero tiene consecuencias concretas en la vida de la gente. Un trabajador que gana en pesos no puede seguir el ritmo del recambio permanente. Entonces aprende a estirar. A pedir prestado. A buscar en ferias. A preguntar en grupos de WhatsApp donde alguien, en algún lugar del conurbano, tiene la pieza que a otro le sobra.
Ese circuito informal es una red de dignidad. No aparece en las estadísticas. No lo mide el INDEC. Pero sostiene heladeras, motos, bombas de agua, computadoras viejas que todavía sirven para escribir. Es una forma de trabajo que no se declara, que no cotiza, que no tiene obra social. Y sin embargo, funciona. Como funciona el fiado, como funcionan los códigos del barrio, como funciona esa costumbre argentina de arreglar lo que el mundo considera basura.
La inteligencia artificial también se queda sin repuestos
Hay una vuelta de tuerca en todo esto. La tecnología que promete resolverlo todo, la inteligencia artificial que escribe, que recomienda, que filtra llamadas, también depende de piezas. De servidores, de chips, de minerales que se extraen lejos. De una cadena de suministro global que puede cortarse por una guerra, por un arancel, por una decisión política en otro continente. El país que discute sobre la IA y el futuro del trabajo no discute sobre los talleres que reparan las máquinas que hacen funcionar esa IA. No discute sobre los oficios que sostienen la infraestructura. La conversación pública se enamora de lo nuevo y olvida lo que ya está roto.
Mientras tanto, en algún taller de Lanús o de Rosario, alguien mira una placa madre con una lupa. Busca el capacitor inflado. Lo cambia. La máquina arranca. No hay aplausos. No hay anuncio. Solo el ruido del ventilador y una luz que vuelve a encenderse. Eso también es Argentina. Eso también es trabajo. Eso también es una forma de memoria: la de un país que aprendió a no tirar lo que todavía sirve.
La pregunta no es si la reparación es rentable. La pregunta es qué hacemos con lo que ya no tiene repuesto. Si lo dejamos morir en un cajón, si lo vendemos por kilo, si lo convertimos en chatarra. O si inventamos la pieza. Si la fabricamos de nuevo. Si encontramos la forma de que el objeto dure un poco más. No por nostalgia. Por necesidad. Por dignidad. Porque en un país donde todo se mide en cuotas y en dólares, todavía hay gente que mide el valor de las cosas por lo que aguantan.