La soledad de los que saben
El otro día, en un café de Palermo, un tipo de unos cincuenta años le contaba a otro que había dejado de leer los diarios. No por falta de tiempo, dijo. Sino porque ya no sabía cuál era la verdad. El otro asintió, pidió otra cerveza y dijo: "Yo veo las noticias y siento que me están vendiendo un producto, no contando algo que pasó". Ninguno de los dos se sorprendió. En la Argentina de 2025, esa conversación se repite en cada esquina.
La clase media, ese animal mitológico que los políticos invocan en campaña y olvidan en el gobierno, está atravesando una crisis que no se mide solo en pesos. La inflación carcome el bolsillo, claro. Pero hay algo más profundo, algo que tiene que ver con la identidad. Con la sensación de que el país ya no funciona como antes, y que las reglas del juego cambiaron sin aviso.
En las redes sociales, la cosa no es mejor. Cada uno construye su propio relato, su propia burbuja, y se refugia ahí. La polarización no es solo política: es existencial. Uno elige a quién creerle, qué consumir, cómo educar a los hijos. Y esa elección, que antes se resolvía con un poco de sentido común, ahora requiere un máster en desinformación. La inteligencia artificial, lejos de ayudar, profundiza el desorden. Los bots, los algoritmos, las noticias falseadas: todo converge en un mismo punto de confusión.
Pero no todo es tecnología. La familia, ese viejo bastión de la clase media, también se resquebraja. No por falta de amor, sino por falta de tiempo. El trabajo se come las horas, el consumo exige más, y el mérito, ese valor que se suponía premiaba el esfuerzo, parece haberse mudado a otro país. Acá, lo que vale es la astucia. O la suerte. O tener un contacto.
La educación, mientras tanto, intenta ponerse al día. Pero los chicos llegan a clase con el celular en la mano y una idea distinta de lo que es importante. La memoria, ese músculo que se ejercitaba con la lectura y la repetición, se atrofia. Ahora todo se busca en Google. Y lo que no está en Google, no existe. La moral, entonces, se vuelve líquida: depende del contexto, del like, de la conveniencia.
En ese escenario, el Estado aparece como una figura difusa. A veces protector, a veces ausente. A veces cómplice. La deuda, esa palabra que pesa como una losa, no es solo económica: es moral. El país debe explicaciones. Y las explicaciones no llegan. O llegan en forma de relato oficial, que nadie termina de comprar.
La inseguridad, mientras tanto, se instaló en la vida cotidiana. No solo la inseguridad física, esa que te hace mirar dos veces antes de sacar el celular en la calle. También la inseguridad laboral, la emocional, la de no saber si el mes que viene vas a llegar a fin de mes. Esa inseguridad crónica, que te come la cabeza y te impide planificar. Que te obliga a vivir el día a día, como un animal de presa.
Y sin embargo, la gente sigue. Se adapta. Inventa. La dignidad, a veces, se parece a la terquedad. No rendirse, aunque todo esté en contra. Aunque la inflación se lleve los ahorros, aunque las pantallas nos separen, aunque la verdad sea un artículo de lujo que pocos pueden pagar.
La juventud, en todo esto, tiene la peor parte. Crecen en un mundo donde la felicidad se mide en seguidores y el éxito en productos. Donde la soledad se disfraza de conexión permanente. Donde la identidad se construye con fragmentos de Instagram y TikTok. No es que estén perdidos: es que los dejamos solos. Con un mapa que nadie les explicó y una brújula que no apunta a ningún lado.
En el fondo, la crisis de la clase media argentina es una crisis de relato. Ya no sabemos contarnos a nosotros mismos quiénes somos. Antes, la identidad venía dada por el trabajo, la familia, el barrio. Ahora, todo eso se desdibuja. Y en su lugar, queda el ruido. Las opiniones. Las versiones. Pero no una historia que nos contenga.
Quizás por eso, en ese café de Palermo, los dos hombres seguían hablando. No buscaban respuestas. Buscaban, tal vez, confirmar que no estaban solos. Que la confusión era compartida. Que la soledad de los que saben, al final, no es tan solitaria.
