Artículo del cuaderno

El ruido que ya no deja escuchar el arroyo

En un país donde todos hablan a la vez, la escucha se volvió un bien escaso. Una reflexión sobre cómo el exceso de opiniones nos está dejando sordos, y por qué el silencio es un acto de rebeldía.

Artículo del autor12.10.2026

El ruido que ya no deja escuchar el arroyo

Imaginemos una situación hipotética: un grupo de amigos se junta a comer un asado. Al principio hablan de todo un poco: el trabajo, el fútbol, los aumentos. En un momento, alguien saca el tema de la inseguridad. Otro responde con una estadística que escuchó en la radio. Un tercero desmiente esa estadística y cita otra fuente. En menos de cinco minutos, ya no están discutiendo sobre el tema, sino sobre quién tiene razón. Nadie escucha a nadie. Cada uno espera su turno para disparar su opinión, como si estuvieran en un programa de panelistas. El asado se enfría y la conversación se convierte en una sucesión de monólogos superpuestos.

Esa escena, tan común en la Argentina de hoy, no es casual. Vivimos en una sociedad que confunde el ruido con la verdad. Cuanto más fuerte se grita, pareciera que más razón se tiene. Los medios, las redes sociales y la política alimentan esa lógica: todo el tiempo hay alguien hablando, opinando, desmintiendo, acusando. El resultado es un zumbido constante que nos impide escuchar lo que realmente importa. Y lo que importa, muchas veces, no es una opinión más, sino un dato, un hecho, una experiencia concreta.

La escucha como bien escaso

En un país donde la crisis es permanente, la escucha se volvió un lujo. La clase media, agobiada por la inflación y la deuda, no tiene tiempo para detenerse a escuchar. El trabajo, la familia, la educación de los chicos, todo exige una atención que se fragmenta. En ese contexto, el otro se vuelve una molestia, una interrupción. Y así, sin darnos cuenta, vamos perdiendo la capacidad de registrar lo que sucede a nuestro alrededor.

La tecnología, que prometía conectarnos, terminó por aislarnos. Las redes sociales son un ejemplo perfecto: cada uno publica lo que piensa, pero pocos leen lo que publican los demás. El like reemplazó al diálogo. La indignación instantánea reemplazó a la reflexión. Y mientras tanto, el país sigue discutiendo sobre lo mismo, sin avances, sin acuerdos, sin memoria.

Hay una anécdota que se repite en las escuelas: un chico levanta la mano para contar algo que le pasó en su casa. La maestra, agotada, le pide que espere. El chico espera. Pero cuando le toca el turno, ya no se acuerda de lo que iba a decir. Esa pequeña interrupción, multiplicada por millones, es el retrato de una sociedad que dejó de escuchar a sus propios chicos.

El silencio como rebeldía

Frente a este panorama, el silencio se vuelve un acto de rebeldía. No me refiero al silencio cómplice, sino al silencio atento, al que se toma un momento para procesar lo que se escucha. En un mundo que exige respuestas inmediatas, callar puede ser una forma de resistencia. Es lo que hacen algunos docentes cuando, en lugar de gritar para imponer orden, bajan la voz y esperan. Es lo que hacen algunos vecinos cuando, en vez de sumarse al rumor, preguntan directamente. Es lo que hacen algunos jóvenes cuando apagan el celular para leer un libro.

Claro que el silencio también puede ser peligroso. En la Argentina, el silencio fue durante años la marca del miedo. Durante la dictadura, callar era sobrevivir. Por eso, cuando se habla de escuchar, hay que tener cuidado: no se trata de volver a ese silencio forzado, sino de recuperar la escucha como práctica social. Escuchar no es obedecer, es entender. Y entender es el primer paso para transformar.

La verdad en tiempos de manipulación

La manipulación, hoy, no se ejerce solo con mentiras evidentes. Se ejerce con la sobreabundancia de información, con la saturación de opiniones, con la creación de enemigos imaginarios. Cuando todo es urgente, nada es importante. Cuando todos hablan, nadie escucha. Y en ese vacío, los poderosos avanzan. La deuda, la inflación, la inseguridad, la educación en crisis: todos esos problemas requieren soluciones complejas, que no se pueden resolver con un tuit ni con un editorial. Requieren paciencia, estudio, debate. Requieren, en definitiva, escuchar.

Hay una imagen que me vuelve cada tanto: la de un arroyo que corre al lado de una ruta. El ruido de los autos tapa el sonido del agua. Para escucharlo, hay que detenerse, bajarse del auto, caminar unos metros. Entonces, el murmullo aparece, claro y distinto. La Argentina, hoy, es esa ruta ruidosa. Y el arroyo, esa verdad que sigue corriendo por debajo, esperando que alguien se detenga a escucharla.

No se trata de apagar el motor de la historia, ni de quedarse callado para siempre. Se trata de aprender a distinguir el ruido del sonido. De saber cuándo hablar y cuándo callar. De recuperar la escucha como un ejercicio de dignidad. Porque una sociedad que no escucha está condenada a repetir sus errores. Y la Argentina ya repitió demasiados.

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