El silencio después del grito: notas sobre la fatiga argentina
En el bar de la esquina, el televisor está encendido pero el volumen está bajo. Dos tipos discuten de fútbol junto a la máquina de café. En la pantalla, un panelista levanta la voz, gesticula, marca un punto con el dedo. Nadie le presta atención. Es un detalle menor, pero habla de un cambio de clima. La polarización, ese monstruo que durante años devoró almuerzos familiares y partidos de truco, parece haber entrado en una fase distinta. No se resolvió. Solo se cansó.
La clase media argentina, esa entidad siempre en definición, aprendió a convivir con la crisis como quien convive con un ruido de cañerías. La inflación ya no sorprende, se mide. El salario que no alcanza es un dato de la realidad, como el frío en julio. Lo que cambió es la energía para discutir sobre las causas. El relato oficial y el relato opositor chocan en el aire, en las pantallas de los celulares, pero rebotan en una capa de escepticismo tan densa que amortigua el golpe. La gente ya no pelea por tener razón. Pelea por llegar a fin de mes, y el resto es ruido.
El mérito en la góndola vacía
La promesa del progreso por el trabajo y el estudio fue el motor de generaciones. Hoy suena a una broma en mal gusto. Los padres que ahorraron para la universidad de sus hijos ven cómo esos títulos se cotizan en un mercado que valora otras cosas, o que directamente no valora nada. El mérito se topa con la pared de la deuda, la informalidad, el empleo en negro que paga en efectivo y no deja huella. La dignidad del trabajo se mancha con la humillación de tener que pedir un préstamo para cambiar las cubiertas del auto, o para pagar el arreglo de la cocina.
El Estado, ese actor omnipresente y a la vez inalcanzable, es percibido como una máquina de crear obstáculos o de repartir migajas. No es una idea abstracta. Es la cola interminable en la ANSES, es el trámite que requiere un gestor, es el subsidio que llega tarde y mal. La desconfianza no es ideológica, es visceral. Se cocina en la experiencia concreta de cada día.
Las redes y la soledad con conexión a wifi
Las redes sociales prometieron comunidad y terminaron vendiendo espejos. La gente publica una vida de consumo que ya no puede permitirse, o discute con furia algorítmica con desconocidos sobre temas que, en el fondo, le importan poco. La inteligencia artificial, ese nuevo invitado misterioso, amenaza con copiar hasta nuestras quejas, con generar relatos tan convincentes y vacíos como un discurso político de medianoche. ¿Dónde queda la verdad en ese barullo? Se diluye. Se convierte en otra moneda que pierde valor.
La familia, el refugio tradicional, también sufre la presión. Los jóvenes ven el futuro no como un horizonte a conquistar, sino como un problema a resolver. La idea de independizarse es una epopeya económica. La soledad no es solo la de quien vive solo, es la de quien está rodeado de gente pero comparte un silencio incómodo sobre la plata, sobre el miedo, sobre la inseguridad que se volvió tema de conversación y luego, por repetición, se volvió silencio otra vez.
La cultura, en medio de esto, hace malabares. El consumo cultural se reduce a lo que el algoritmo de una plataforma sugiere, o a lo que la billetera permite. La memoria, ese músculo fundamental para un país, se atrofia con el presente perpetuo de la crisis. ¿Para qué recordar lo que pasó hace diez años si no podemos planificar lo que pasará en diez días?
La manipulación del desgaste
Los medios de comunicación, muchos de ellos, entendieron que el negocio ya no está en ganar la batalla ideológica, sino en administrar la fatiga. Dan por sentado que el público está cansado, y le ofrecen entretenimiento, indignación de bajo costo, espectáculo. La política hace algo similar: apela a los instintos básicos, porque sabe que la capacidad de análisis está agotada. Es una manipulación más sutil. No te convence de que su verdad es la única. Te convence de que buscar la verdad es un esfuerzo inútil.
En este paisaje, la identidad argentina se fragmenta. Ya no es el crisol de razas, ni siquiera la patria de los duelos futbolísticos. Es un archipiélago de experiencias privadas, de pequeñas sobrevivencias, de códigos que solo se entienden en el círculo íntimo. La polarización que queda no es la de peronismo versus antiperonismo. Es más básica: la de los que todavía creen que las palabras tienen peso, y los que han decidido que solo el gesto, el hecho concreto e inmediato, vale algo.
Queda, sin embargo, un rescoldo. Una tozudez. Se ve en el tipo que arregla su propio auto porque el mecánico es caro. En la piba que estudia de noche después de ocho horas de trabajo. En la vecina que organiza una olla popular sin preguntar el signo político del que viene a comer. No es heroísmo. Es pragmatismo con un fondo de dignidad. Una forma de decir, sin decirlo, que por más que el relato se haya quebrado y el futuro sea una neblina, hay una línea que no se cruza. La línea que separa la resignación de la renuncia. Ahí, en ese territorio incómodo y silencioso, es donde vive hoy gran parte del país. No pide un aplauso. Solo un respiro.
