El trabajo que ya no promete
El primer jueves de cada mes, Martín repite el mismo ritual. Llega temprano al kiosco de la esquina, compra un diario, busca la sección de ofertas laborales. Después se sienta en un banco de la plaza y subraya con birome roja los avisos que piden experiencia comprobable, idioma inglés, disponibilidad full time. Martín tiene 47 años, dos hijos en el secundario, una hipoteca que no termina de pagar y un posgrado en marketing digital que hizo en pandemia, cuando todo parecía a punto de cambiar. Hace seis meses que busca trabajo y nadie lo llama. No es que esté desactualizado, dice. Es que el mercado laboral se movió a otro lado y él se quedó en el andén.
No es solo Martín. En las conversaciones de la clase media argentina, el trabajo dejó de ser ese pilar firme que organizaba la vida. Antes uno sabía: estudiaba, se recibía, entraba a una empresa o al Estado, y ahí se quedaba hasta el retiro. La dignidad venía con el sueldo fijo, la obra social, el aguinaldo. Hoy ese pacto se rompió. La inflación se encargó de mostrar que ningún salario es seguro, que el mérito no alcanza cuando los precios se mueven más rápido que los ajustes. Y las redes sociales, mientras tanto, venden otra cosa: la independencia del emprendedor, el éxito del que labura desde una playa con la notebook, la promesa de que cualquiera puede vivir de su talento.
Pero la mayoría no vive en una playa. La mayoría hace malabares con changas, cuentas de Instagram que no venden nada, cursos online que nunca terminan. El trabajo se volvió un problema de identidad: si antes uno era lo que hacía, ahora uno es lo que muestra que hace. Y la brecha entre lo que se ve y lo que se es se agranda con cada like, con cada historia de éxito que alguien posteó desde una realidad que no es la nuestra.
La moral del esfuerzo
El discurso del mérito tiene una pata fuerte en Argentina. Lo repiten políticos, influencers, ejecutivos de tecnología. La idea es simple: si te esforzás lo suficiente, si trabajás duro, si no te quejás, el sistema te va a recompensar. Pero la clase media que apostó a esa promesa está descubriendo que el esfuerzo no garantiza nada. El que labura doble turno igual no llega a fin de mes. El que se endeudó para estudiar un posgrado hoy compite con pibes de 20 años que saben manejar inteligencia artificial y aceptan sueldos más bajos. La moral del esfuerzo choca contra una realidad que no premia la constancia, sino la capacidad de adaptarse a un mercado que cambia todo el tiempo, sin aviso, sin red.
Y ahí aparece la soledad. Porque el trabajo ya no es solo el lugar donde se gana plata. Era también donde se tejían vínculos, donde se compartía un mate, donde uno se sentía parte de algo más grande que uno mismo. El home office, la rotación constante, los contratos por horas, todo eso fragmentó la experiencia de pertenecer. Hoy el trabajador argentino está más solo frente a la pantalla, más expuesto a la evaluación permanente, más cerca del agotamiento que de la satisfacción. La fatiga no es solo física: es moral. Es la sensación de que el esfuerzo no tiene destino.
Los nuevos oficios
Algo curioso está pasando en las ciudades del interior. Mientras en Buenos Aires se multiplican los cursos de programación y los bootcamps de datos, en pueblos de Córdoba, Santa Fe o el sur bonaerense hay oficios que vuelven a tener valor. Electricistas, plomeros, soldadores. Gente que sabe hacer cosas con las manos. En un país donde la inflación licúa cualquier ingreso fijo, el que tiene un oficio concreto negocia de otra manera. No depende de un empleador, no espera un ajuste por decreto. Cobra el trabajo, cobra el viático, y vuelve a su casa con la plata en el bolsillo. No es un modelo ideal, pero tiene una lógica que el empleo formal perdió: la del intercambio directo, sin mediaciones.
Esa vuelta al oficio manual tiene algo de reacción contra la abstracción del mundo digital. Pasamos años escuchando que el futuro era la economía del conocimiento, que había que estudiar tecnología, que el laburo del siglo XXI era virtual. Y sí, todo eso es cierto para algunos. Pero para una mayoría silenciosa, el futuro llegó con menos promesas y más cuentas que pagar. Entonces reaparece la dignidad del que sabe hacer algo concreto: arreglar un caño, instalar un aire acondicionado, soldar una reja. No es una vuelta al pasado, es una lectura cruda del presente.
La política y el Estado
El Estado argentino no sabe bien qué hacer con esta transformación. Sigue pensando el trabajo como lo pensaba en los años 70: empleo registrado, convenios colectivos, aportes jubilatorios. Pero la realidad se movió a otro lado. Hoy hay millones de personas que trabajan y no están registradas, que facturan como monotributistas, que viven de ingresos que no encajan en ninguna categoría. La política discute sobre inflación, sobre deuda, sobre el relato de cada gestión, pero el debate sobre el trabajo sigue atrapado en fórmulas viejas. Mientras tanto, la clase media se las arregla como puede, combinando un sueldo part time con una changa en redes, con un emprendimiento que a veces funciona, con una ayuda de los padres jubilados.
La familia aparece como el verdadero colchón. En los hogares de clase media, los abuelos sostienen a los hijos, los hijos sostienen a los nietos. La solidaridad familiar reemplaza al Estado que no llega, al mercado que no incluye. Pero esa red también tiene un límite. Cuando la inflación no afloja, cuando el trabajo formal sigue encogiendo, cuando la polarización política se mete en la mesa y rompe lo poco que quedaba unido, la pregunta que flota es: ¿qué va a quedar cuando ya no queden familiares a los que recurrir?
Martín sigue yendo al kiosco los jueves. A veces encuentra algo, otras no. Pero lo que más le duele no es la plata que falta, dice. Es la sensación de que el mundo para el que se preparó ya no existe. Y que nadie, ni el Estado, ni los políticos, ni los gurúes de las redes, le ofrece un mapa para orientarse. La clase media argentina, esa que apostó al mérito, al esfuerzo, a la educación, está descubriendo que el trabajo ya no promete nada. Solo queda laburar, esperar y ver qué pasa.
