Artículo y ensayo

El viaje de los que se quedan

Entre la inflación y la promesa de un futuro afuera, la clase media argentina descubre que emigrar ya no es una aventura sino una lógica de supervivencia. Pero quedarse, también.

El viaje de los que se quedan

El viaje de los que se quedan

En la terminal de ómnibus de Retiro, un sábado a la tarde, hay una fila que no para de crecer. Son pibes de veintipico, con mochilas nuevas y la mirada fija en el cartel de la empresa que los va a dejar en algún lado del sur, o del norte, o del mundo. Ninguno habla de volver. Hablan de precios, de alquileres imposibles, de sueldos que no alcanzan. La clase media aprendió a leer el termómetro de la crisis en los gestos de los que se van. Y hace rato que el termómetro marca fiebre.

No es que antes no existiera la emigración. Pero había un componente de aventura, de juventud, de querer conocer. Ahora hay algo más parecido a una lógica de caja. Los padres venden el auto, juntan los dólares del placard, y financian el pasaje de un hijo que se va a España, a Chile, a Australia. Lo hacen sin culpa, casi con alivio. Porque saben que quedarse también es caro, y no solo en plata.

La cuenta que no cierra

La inflación se llevó el mérito. Antes, un pibe de clase media podía estudiar, laburar, ahorrar y comprarse un departamento. Hoy esa ecuación es un chiste que nadie cuenta. El mérito, esa palabra que los discursos oficiales repiten como un mantra, se estrelló contra la realidad de los precios. No importa cuánto te esfuerces: si el sueldo no alcanza para el alquiler, no alcanza para nada. Y entonces la pregunta no es si te vas, sino cuándo.

Pero hay otra clase media, la que se queda. No porque quiera, sino porque no tiene los dólares para irse. Esa clase media mira la televisión y ve a los políticos discutir sobre el relato, sobre la grieta, sobre quién mintió más. Y mientras tanto, el kilo de pan sube, la luz no da abasto, el hijo se va a vivir con tres amigos a un monoambiente porque la plata no estira. La polarización es un lujo que se dan los que tienen tiempo para enojarse. Los que laburan doce horas no tienen energía ni para putear en las redes.

La familia como campo minado

En las mesas de los domingos, la familia ya no es ese refugio de la clase media argentina. Es un campo de batalla donde se cruzan la política, la plata y la moral. El tío que votó a un partido y el primo que votó a otro ya no se hablan. La abuela que junta pesos para llegar a fin de mes y el nieto que se va a probar suerte afuera. La madre que defiende el Estado y el padre que lo detesta. La cena termina en silencio, con el postre frío y la tele de fondo. La verdad, esa que antes se discutía con argumentos, ahora es una posición que se defiende con los dientes. Y la dignidad, ese concepto tan gastado, se reduce a no pedir ayuda. A bancarse la soledad de pagar las cuentas sin quejarse.

El ruido de las pantallas

Las redes sociales no ayudan. Al contrario, son el combustible de la indignación. En Instagram, los que se fueron muestran paisajes y platos de comida. En Twitter, los que se quedan se quejan de los políticos. En TikTok, los pibes bailan y hacen chistes sobre la inflación. Y todos, en algún momento, sienten que están perdiendo el tiempo. La tecnología prometió conectarnos, pero lo que logró es que cada uno mire la vida del otro y se sienta peor. La inteligencia artificial, esa novedad que tanto se nombra, no resuelve la soledad de un sábado a la noche. No paga el alquiler. No te devuelve la certeza de que el esfuerzo vale la pena.

Hay una fatiga que no es solo económica. Es la fatiga de tener que elegir constantemente entre lo malo y lo peor. Entre pagar la tarjeta o comprar comida. Entre mandar al pibe al colegio privado o bancar la pública que se cae a pedazos. Entre creer en el mérito o rendirse. La clase media argentina ya no tiene el lujo de pensar en proyectos. Vive en el corto plazo, en la urgencia de llegar. Y en esa urgencia, la memoria se vuelve un lujo. Recordar cómo era la vida antes de la crisis duele demasiado. Entonces se prefiere no recordar. Se prefiere consumir, aunque sea barato, aunque sea endeudarse. Porque el consumo es el único anestésico que queda.

El Estado y la deuda

El Estado, ese monstruo de mil cabezas, es al mismo tiempo el que salva y el que asfixia. La clase media lo necesita para la salud, para la educación, para los subsidios. Pero lo odia porque es ineficiente, porque es caro, porque nunca llega. La deuda, esa palabra que los economistas repiten como un mantra, no es un número abstracto. Es la cuota del crédito que no se puede pagar. Es el plazo que se vence. Es la llamada del banco que no se atiende. Y la verdad, esa verdad que tanto se invoca en los discursos, es que nadie quiere hacerse cargo. Los políticos echan la culpa al gobierno anterior. Los empresarios, al contexto. Los ciudadanos, a todos. Y la crisis sigue, sin que nadie ponga el cuerpo.

En el medio, la clase media hace equilibrio. Sabe que no es pobre, pero tampoco es rica. Sabe que su identidad, esa mezcla de orgullo y vergüenza, está atada a la capacidad de pagar. De pagar la cuota del club, el seguro del auto, la facultad del hijo. Cuando eso se rompe, se rompe algo más que un presupuesto. Se rompe la idea de que uno es lo que tiene. La moral, esa brújula que antes marcaba el norte, ahora gira sin rumbo. La juventud se va, los viejos se quedan, y los que están en el medio intentan no caerse.

En la terminal de Retiro, los pibes suben al micro. No miran atrás. Los padres, desde la vereda, hacen un gesto que es un saludo y una despedida. Saben que el viaje no es solo el de sus hijos. Es el de todos. Y que quedarse, en esta Argentina, también es una forma de viajar. Aunque el destino no esté claro y el equipaje pese más de la cuenta.

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