La fatiga del mérito
La primera vez que escuché a un padre decirle a su hijo que estudie para ser alguien en la vida fue en un cumpleaños de quince, en un salón de Villa del Parque. El padre era contador, el hijo iba a arrancar el secundario. Había una certeza en esa frase, una fe en que el esfuerzo tenía un retorno medible. Eso fue hace veinte años. Hoy, ese mismo padre probablemente le diría algo distinto. Quizás le diría que se fije bien lo que estudia, que no se endeude, que mire qué dice Elon Musk o que aprenda a programar. Pero ya no hablaría de mérito. El mérito, como la moneda, se devaluó.
El mito del esfuerzo
Argentina tiene una relación extraña con el mérito. Por un lado, está el discurso de la cultura del trabajo, ese que repiten los políticos en campaña y los padres en las cenas familiares. Por el otro, está la realidad de un país donde la inflación se come los sueldos, donde un laburante que cumple horario y no falta nunca termina el mes igual de ajustado que el que hace changas. La clase media, ese sujeto histórico que alguna vez fue el motor del país, hoy se debate entre la culpa y el cinismo. Se pregunta si vale la pena esforzarse cuando el resultado es siempre el mismo: llegar justo, ahorrar en dólares, esperar que no explote nada.
En las redes sociales, el mérito se convirtió en un producto más. Hay influencers que venden cursos sobre cómo ganar dinero sin trabajar, gurús que prometen libertad financiera en tres pasos, y una legión de jóvenes que miran esos videos mientras pagan un alquiler que les come la mitad del sueldo. La paradoja es que, en ese ecosistema, el mérito se ha vuelto invisible. No importa cuánto estudies o cuánto te esfuerces. Importa cuánto likes tenés, cuánta atención generás, cuánto ruido hacés.
La maquinaria de la deuda
El Estado, mientras tanto, oscila entre el discurso de la contención y la promesa del ajuste. La deuda es el telón de fondo de cualquier conversación sobre el futuro. Los pibes que terminan el secundario saben que el título no les garantiza nada. Los que se reciben de la universidad pública descubren que el mercado laboral no premia el conocimiento sino la adaptación. Y los que apuestan al emprendedurismo se topan con un sistema impositivo que castiga más al que produce que al que especula.
En ese contexto, la educación dejó de ser un ascensor social. Es, como mucho, un refugio. Un lugar donde los chicos pasan ocho horas al día mientras los padres trabajan, donde se discute si la inteligencia artificial va a reemplazar a los docentes y donde la memoria histórica se reduce a un par de frases en TikTok. La escuela sigue siendo el último espacio público donde se cruzan la moral, la cultura y la identidad. Pero ya no promete nada. Solo sostiene.
La soledad del que se esfuerza
Conocí a una piba de treinta años que labura en un call center. Estudió dos carreras, habla inglés, hace cursos online. Gana lo mismo que una cajera de supermercado. Vive con su vieja, no ahorra, no viaja. Cuando le pregunto si cree en el mérito, se ríe. Dice que el mérito es una trampa que te hace sentir culpable por no llegar. Que lo único real es la capacidad de aguantar. Aguantar la inflación, aguantar el subte lleno, aguantar las promesas vacías de los políticos, aguantar la soledad de un departamento alquilado donde no entra el sol.
Esa piba es la cara de una generación que creció con internet, que sabe de inteligencia artificial, que consume series en streaming y que se informa por memes. Pero también es la cara de una generación que descubrió que la polarización política no resuelve nada, que la verdad es un bien escaso y que la manipulación es el deporte nacional. No es que no confíen. Es que confiar les parece una ridiculez.
El último recurso
Quizás por eso, en los márgenes de la crisis, aparecen gestos mínimos de dignidad. Una familia que se junta a comer ravioles un domingo. Un pibe que le enseña a su abuelo a usar WhatsApp. Una madre que lleva a su hija al club de barrio aunque no llegue con la cuota. Son rituales que no resuelven la deuda, no frenan la inflación, no cambian el relato. Pero sostienen algo que el mérito ya no puede sostener: la confianza en que, a pesar de todo, vale la pena seguir insistiendo.
La clase media argentina está cansada. No es una fatiga física. Es una fatiga moral. La fatiga de escuchar que el esfuerzo es la clave cuando el esfuerzo no alcanza. La fatiga de ver cómo el consumo se convierte en identidad, cómo las redes sociales fabrican próceres de cartón, cómo la política se reduce a un ring de gallos. Y sin embargo, sigue. No por mérito. Por costumbre. Porque en algún momento, alguien le dijo que la dignidad no se negocia. Y aunque el país se empeñe en demostrar lo contrario, ese alguien tenía razón.
