La grieta que no cierra
En la mesa de un bar de Caballito, dos amigos discuten sobre el precio del kilo de pan. No se gritan. Se miran con esa mezcla de cansancio y resignación que solo da la crisis cuando ya lleva demasiado tiempo. Uno dice que el problema es el gasto público. El otro, que los salarios no alcanzan. Los dos tienen razón. Y los dos saben que esa conversación no lleva a ningún lado.
La clase media argentina aprendió a convivir con la inflación como se convive con un pariente insoportable. Lo sabés, lo sufrís, pero no podés echarlo de casa. El dato de que los precios subieron 4,2% en el último mes ya no provoca sorpresa. Lo que provoca es un cálculo automático: cuánto menos vas a comprar esta semana, a qué vas a renunciar, qué parte del presupuesto se va a reacomodar como se pueda.
Pero hay algo peor que la inflación. Esa sensación de que el país se rompió en dos mitades que no hablan el mismo idioma. La polarización política no es nueva. Lo que cambió es que ahora cada hecho, cada noticia, cada gesto se interpreta desde un manual previo. Si el gobierno dice que la economía mejora, la oposición dice que es mentira. Si la oposición dice que todo empeora, el gobierno responde que es pesimismo interesado. Y la gente, en el medio, trata de llegar a fin de mes.
Las redes sociales agrandaron esa grieta. No la crearon, pero la hicieron más profunda. Un tuit mal escrito, una declaración fuera de contexto, un video editado a la mitad: todo sirve para alimentar la maquinaria del escándalo. La verdad ya no importa tanto como el relato. Lo que importa es quién cuenta mejor la historia, quién la repite más veces, quién la hace viral.
En las escuelas, los chicos discuten política como si fueran adultos. Repiten frases que escucharon en casa o en TikTok, sin entender del todo lo que dicen. La educación dejó de ser ese espacio donde se aprendía a pensar. Ahora es un campo de batalla donde cada contenido se mide por su rentabilidad emocional. Los docentes están agotados. No saben cómo explicar la historia cuando la historia se reescribe todos los días.
La familia también cambió. Ya no es ese refugio donde se dejaban las diferencias afuera. Ahora se discute en la cena, en el grupo de WhatsApp, en el cumpleaños de la abuela. La polarización llegó a la mesa y se quedó a vivir. Hay quienes dejaron de hablar con hermanos, con padres, con hijos. La política se volvió una prueba de lealtad. Y la lealtad se mide por la capacidad de no ceder.
La deuda que no se ve
Hay una deuda que no aparece en los balances del Banco Central. Es la deuda de la clase media con su propia historia. Durante años, muchos creyeron que el mérito individual bastaba para salir adelante. Que estudiar, trabajar, ahorrar, era suficiente. Pero la crisis mostró que no. Que el mérito sin contexto no es más que una consigna de manual de autoayuda. Que la dignidad no se construye solo con esfuerzo. Que el Estado, con todos sus defectos, sigue siendo el único que puede garantizar que nadie se quede completamente solo.
La soledad no es un tema menor. En las ciudades grandes, la gente vive cada vez más aislada. El trabajo remoto, las compras online, el delivery, todo contribuye a que los vínculos se vuelvan funcionales. Se habla con el cajero automático, con el chatbot, con la app del banco. La intimidad se tercerizó. Y cuando algo duele, no hay algoritmo que lo abrace.
La inteligencia artificial promete solucionarlo todo. Pero ya se empieza a ver que también puede complicarlo todo. Los deepfakes, las noticias falsas generadas por máquinas, la manipulación de la opinión pública a escala industrial. La tecnología no es neutral. Responde a quienes la diseñan, a quienes la financian, a quienes la usan para influir en los demás. Y en un país donde la confianza es un bien escaso, cualquier herramienta que permita engañar mejor se vuelve peligrosa.
Los jóvenes lo saben. Crecieron con la sospecha de que todo lo que ven en pantalla puede ser falso. Pero también crecieron sin modelos claros. La generación anterior prometió un futuro que no llegó. Les vendieron la idea de que estudiando y esforzándose tendrían un buen trabajo, una casa propia, una vida estable. Y ahora se encuentran con trabajos precarios, alquileres imposibles y una estabilidad que depende del próximo dato de inflación.
La moral de la crisis
La crisis no solo empobrece. También redefine lo que está bien y lo que está mal. Cuando la plata no alcanza, la moral se vuelve flexible. Algunos hacen changas en negro, otros venden dólares en el mercado informal, otros aceptan trabajos en condiciones indignas. No es cinismo. Es supervivencia. Pero esa supervivencia tiene un costo. Se pierde la confianza en las instituciones, en los acuerdos, en la palabra empeñada. Se pierde la certeza de que el esfuerzo vale la pena.
El consumo también cambió. Ya no se compra por deseo sino por necesidad. El placer de comprar un libro, de salir a cenar, de regalar algo sin motivo, se convirtió en un lujo. La clase media aprendió a medir cada gasto. A comparar precios en tres supermercados. A esperar las ofertas. A preguntarse si realmente necesita lo que quiere comprar.
Y sin embargo, hay algo que resiste. En los barrios, en las ferias, en las plazas, la gente se encuentra. Hay una sociabilidad que no se rinde. El mate compartido en la vereda, la charla con el almacenero, la ayuda mutua cuando alguien se queda sin trabajo. Eso no se mide en cifras. No aparece en los informes económicos. Pero existe.
La pregunta es hasta cuándo. Hasta cuándo la clase media va a seguir creyendo que la próxima medida, el próximo gobierno, el próximo ajuste, va a resolver lo que no se resolvió en décadas. La historia argentina está llena de promesas rotas. Pero también está llena de gente que se levanta todos los días y sigue. No por optimismo. Porque no hay otra cosa que hacer.
La grieta no cierra. No va a cerrar con un tuit ni con un discurso. Tal vez nunca cierre del todo. Pero en el medio, entre una inflación que no da tregua y una política que no convence, hay una clase media que busca no perder lo único que le queda: la posibilidad de imaginar que otro país es posible. Y eso, aunque suene a utopía, es lo único que la mantiene viva.
