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El grupo de WhatsApp que ya no discute de política

En la Argentina de la grieta, algunos grupos de amigos y familiares empezaron a evitar ciertos temas para no pelear. Lo que parece una tregua puede ser también una forma de silencio.

Artículo del autor09.10.2026

El grupo de WhatsApp que ya no discute de política

Imaginemos una situación hipotética: un grupo de WhatsApp llamado “Los pibes del barrio”, creado hace años para coordinar asados y partidos de fútbol. Con el tiempo, las conversaciones fueron derivando hacia la política. Primero fueron chistes, luego memes, después opiniones más serias. Hasta que un día, después de una discusión particularmente áspera, alguien escribió: “Muchachos, mejor no hablemos más de política acá”. El grupo quedó en silencio unos minutos. Después, alguien mandó un sticker de un perro y la charla siguió por otro lado. Desde entonces, hay temas que se evitan. No hay una regla escrita, pero todos la conocen.

Esa escena, que puede sonar a anécdota menor, se repite en miles de grupos de argentinos. La polarización política, que durante años pareció una marca registrada de la conversación pública, empezó a encontrar un límite en los espacios privados. No se trata de que la grieta haya desaparecido, sino de que muchos decidieron no alimentarla en los ámbitos donde el costo emocional es alto. La pregunta es qué se gana y qué se pierde cuando la política se vuelve un tema tabú entre familiares y amigos.

La clase media argentina, esa categoría esquiva que todos invocan pero nadie define con precisión, parece haber adoptado una estrategia de autopreservación: evitar el conflicto directo. En un contexto de crisis económica, inflación y desencanto con la política, discutir de política ya no es un deporte de sobremesa. Es una fuente de tensión que muchos prefieren esquivar. El relato de la polarización total, que los medios y las redes sociales amplifican, choca con la vida cotidiana, donde la convivencia exige ciertos silencios.

Hay algo de sensato en esa decisión. Después de años de discusiones que no convencen a nadie y que terminan en enojos, poner el tema en pausa puede ser un acto de cuidado. Pero también hay un riesgo: cuando la política se vuelve un tema prohibido, se pierde la posibilidad de contrastar ideas, de entender por qué el otro piensa distinto. La conversación pública se vuelve un monólogo de redes sociales, donde cada uno habla para los suyos. El espacio íntimo, que era el lugar de la negociación cara a cara, se vacía.

La tecnología tuvo mucho que ver en esto. Las redes sociales y los grupos de mensajería prometieron conectarnos, pero también crearon cámaras de eco. En lugar de discutir con quien piensa distinto, uno se rodea de quienes refuerzan sus propias opiniones. El algoritmo premia la confrontación, porque genera más interacción. Pero en los grupos de WhatsApp, donde hay afectos de por medio, la confrontación tiene un costo. Entonces se opta por el silencio. No es pacificación: es evitación.

La generación más joven parece haber aprendido la lección. Muchos jóvenes, que crecieron viendo a sus padres pelear por política, decidieron no repetir ese patrón. Prefieren hablar de otras cosas: trabajo, estudio, proyectos, salidas. La política queda para activistas o para quienes tienen una vocación militante. El resto la mira de lejos, con desconfianza. No es apatía, es una forma de proteger los vínculos. Pero también es una manera de dejar que otros decidan por ellos.

El problema es que la política no es solo una opinión: es la gestión de lo común. La educación, la seguridad, la salud, el trabajo, la deuda, todo eso es política. Evitar el tema no hace que los problemas desaparezcan. Solo los deja en manos de unos pocos. La familia, que debería ser un ámbito de formación ciudadana, se convierte en un espacio donde se aprende a no preguntar. La moral de la convivencia se impone sobre la necesidad de entender.

Hay una contradicción en todo esto. Por un lado, se reclama más participación, más transparencia, más debate. Por otro, se evita el debate donde más duele: en la mesa familiar. La verdad es que la política es incómoda. Requiere escuchar, ceder, argumentar. No es lo mismo que opinar en Twitter. En el grupo de WhatsApp, uno puede silenciar a quien molesta. En la vida real, no.

Tal vez la solución no sea volver a discutir como antes, a los gritos y sin escuchar. Tal vez se trate de recuperar un arte más difícil: el de conversar sobre lo que nos divide sin romper el vínculo. Eso implica tolerancia, paciencia y, sobre todo, humildad. No es fácil. Pero renunciar a la política es renunciar a una parte de nuestra identidad como sociedad. Y eso, a la larga, se paga.

Mientras tanto, los grupos siguen ahí, con sus stickers de perros y sus memes de fútbol. La política espera, como un tema pendiente. Hasta que alguien, en una cena, después de un par de copas, se anime a preguntar: “¿Y vos qué pensás de todo esto?”. Ahí veremos si el silencio fue una tregua o una rendición.

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