La herencia que no se ve
Mi viejo tenía un taller de carpintería en el fondo de la casa. Cuando yo era chico, el olor a aserrín y barniz era el olor del sábado a la mañana. Él no decía mucho, pero dejaba todo listo para que yo pudiera aprender si quería. Nunca aprendí. Me fui a estudiar periodismo, a escribir en diarios que ya no existen. Ahora el taller está cerrado, las herramientas las vendió mi hermana por internet a un tipo de Lanús. Y yo, que heredé su biblioteca de libros de historia y sus ganas de discutir política, me pregunto qué carajo se hereda en la Argentina de hoy.
El mérito y la ruleta
Se habla mucho del mérito. En las redes, en los programas de televisión, en los asados del domingo. Que si trabajás duro, llegás. Que si estudiás, te va bien. Pero en la Argentina de la inflación y la deuda perpetua, el mérito es una ruleta rusa. Conozco a un pibe de treinta años que labura doce horas por día en un delivery. Tiene un título de técnico en programación, pero la billetera no le da para arrancar con los cursos que piden. Vive en la casa de su vieja, come fideos y se la pasa mirando tutoriales en YouTube. Él cree que si se esfuerza un poco más, algo va a cambiar. Yo no sé si es mérito o fe ciega.
Mi viejo, en cambio, no hablaba de mérito. Decía: "Hay que aguantar". Y aguantaba. Cuando vino la hiper de Alfonsín, no cerró el taller. Cuando llegó el uno a uno, se la bancó. Cuando los muebles de plástico se comieron el mercado, siguió haciendo sillas de madera para los pocos que las querían. No se quejaba. O sí, pero entre mates, sin hacer mucho ruido. Hoy el ruido lo ocupa todo. Las redes sociales son un ring donde cada uno defiende su verdad. La polarización no es solo política, es existencial. No podés decir que el pan está caro sin que te caiga un ejército de trolls a explicarte que es culpa del gobierno, o del Fondo, o de los especuladores. Y al final, el pan sigue caro y vos seguís pagando.
La soledad del que mira la pantalla
Uno de los efectos raros de esta época es la soledad. No la soledad del que vive solo, sino la del que está siempre conectado y nunca habla con nadie. En el subte, en el colectivo, en la fila del supermercado, la gente mira el teléfono. Se ríen solos con un meme, se indignan con un tuit, se emocionan con un video de un perro. Pero no miran a los ojos. La intimidad se volvió un dato que se sube a la nube. La identidad se construye en la pantalla, entre likes y comentarios. Y la moral, esa cosa vieja que antes se discutía en la mesa familiar, ahora se decide en un trending topic.
El otro día vi a una madre en un plaza. El nene de cuatro años le mostraba una piedra. Ella, en vez de mirarlo, le dijo: "Esperá, que le saco una foto". La piedra quedó en la galería del celular. Después la subió a Instagram con un filtro. El nene ya no tenía la piedra, solo la foto. Me acordé de mi viejo, que me enseñó a clavar un clavo sin lastimarme el dedo. Esa memoria no cabe en un teléfono. Tiene que ver con el cuerpo, con el olor a barniz, con el peso del martillo. Pero el mundo se mueve rápido y no hay tiempo para eso.
La cultura del consumo y la dignidad
La clase media argentina vive en un equilibrio inestable. La inflación le come el sueldo, la deuda le come el futuro. Pero consume. Compra zapatillas de marca, cambia el celular cada dos años, paga Netflix y Spotify. Es una forma de dignidad, tal vez. Mostrar que a pesar de todo, se puede. Pero también es una trampa. Porque cuando la economía se contrae, el que primero cae es el que vive al día. Y la clase media vive al día, aunque tenga un crédito hipotecario y un auto 2018.
En las escuelas, los pibes ya no estudian para ser ingenieros o médicos. Quieren ser streamers, influencers, youtubers. No es que esté mal, pero hay algo de renuncia ahí. La educación pública, que fue el ascensor social de mis abuelos, ya no garantiza nada. El mérito académico choca contra un mercado laboral que paga dos mangos y exige tres títulos. La juventud mira el horizonte y ve una nube de incertidumbre. Algunos se van del país. Otros se quedan y hacen como que todo está bien.
Mi viejo nunca entendió bien qué es un influencer. Una vez le mostré un video de un pibe que bailaba y ganaba plata. Él se rió y dijo: "¿Y eso sirve para algo?". No, no sirve para hacer una silla. Pero sirve para vender, para entretener, para llenar un vacío. Y en la Argentina del relato, donde la verdad se negocia y la política es un ring de catch, tal vez lo único que importa es quién cuenta la historia mejor. Mi viejo contaba historias con la madera. Yo las cuento con palabras. Los pibes las cuentan con TikTok. Al final, todos buscamos lo mismo: dejar una marca, heredar algo.
Pero la herencia que no se ve, esa que no se vende ni se subasta, es la más difícil de transmitir. La dignidad de laburar en un oficio que se va a pique. La paciencia de esperar a que pase la tormenta. La memoria de un país que siempre promete y nunca cumple. Todo eso se va borrando, como una foto vieja que se pone amarilla. Y mientras tanto, en el taller cerrado de mi viejo, las hormigas hacen su propio país, ajenas a la inflación, a la polarización, a los algoritmos. Tal vez ellas heredaron la tierra sin saberlo.
