Artículo del cuaderno

La ciudad que dejó de orientarse por el ruido

En los barrios argentinos, el sonido de las bocinas, los vendedores y las campanas fue durante décadas un mapa invisible. Hoy, cuando el ruido se vuelve notificación o se apaga, extrañamos una forma de saber dónde estamos.

Artículo del autor11.10.2026

La ciudad que dejó de orientarse por el ruido

Imaginemos una situación hipotética: un hombre camina por una calle de un barrio porteño y ya no escucha el silbato del panadero ni la campanita del carrito de helados. Tampoco el pregón del verdulero que anunciaba la mercadería del día. Lo que suena es el motor de un delivery que frena de golpe, la alerta de un celular ajeno y, cada tanto, el zumbido de un dron que reparte algo. Ese hombre, si es mayor, siente que le falta un sentido. No es nostalgia de un pasado ideal: es la constatación de que el oído también construye pertenencia.

Durante mucho tiempo, en la Argentina, el paisaje sonoro de la vida cotidiana funcionó como un sistema de orientación. No hacía falta mirar el reloj para saber que eran las once: pasaba el afilador. No hacía falta preguntar si el pan estaba caliente: el aroma y el silbato lo anunciaban. En los barrios, el ruido no era solo contaminación acústica: era información. Sabíamos quién vivía en la esquina por el perro que ladraba, quién estaba enfermo por el silencio de la radio, quién festejaba por los cohetes. Esa trama sonora se fue desarmando sin que nadie firmara un decreto.

El ruido que se volvió notificación

Hoy, buena parte de esos sonidos fueron reemplazados por notificaciones. El timbre de una casa se convirtió en un mensaje de WhatsApp: «Estoy en la puerta». El saludo del vecino se transformó en un like. La voz que anunciaba el paso del recolector de residuos ahora es una app que avisa cuando el camión está cerca. La información sigue estando, pero ya no vibra en el aire: vibra en el bolsillo. Y eso cambia la relación con el espacio. Ya no hace falta estar atento al afuera para saber qué pasa. Basta con mirar la pantalla.

El problema no es la tecnología en sí. Es que al reemplazar el sonido compartido por la alerta privada, perdimos un código común. Antes, el ruido de la calle era de todos y para todos. Ahora, cada uno lleva su propia banda sonora. En un mismo colectivo conviven decenas de notificaciones distintas, cada una con su urgencia. El espacio público se vuelve una suma de burbujas. Y en esa suma, la orientación colectiva se debilita.

No se trata de romantizar el ruido. El estruendo del tránsito, los taladros y las alarmas también eran (y son) una forma de violencia cotidiana. Pero había un ruido que no agredía: era un lenguaje. La campana de la iglesia, el silbato del tren, el pregón del pescadero. Sonidos que decían algo sobre el tiempo, el trabajo y la comunidad. Hoy, cuando el ruido se apaga, no queda silencio: queda la sensación de que algo falta, aunque no sepamos qué.

La memoria del oído

La memoria también es sonora. Los que crecimos en ciudades argentinas recordamos el ruido de las persianas metálicas al abrir, el chirrido de la calesita, el eco del potrero. Esos sonidos no vuelven. Y con ellos se va una manera de estar en el mundo: la de saber que uno pertenece a un lugar porque lo reconoce de oído. La identidad, ese concepto que a veces se vuelve abstracto, también se juega en el timbre de una voz, en el acento, en la música que sale de un kiosco.

Hoy, la juventud crece con auriculares. El mundo les llega filtrado, elegido por un algoritmo. La calle, mientras tanto, suena cada vez menos. Los autos eléctricos no hacen ruido. Las motos, a veces, son silenciosas. Los vendedores ambulantes usan grabaciones en lugar de gritos. La ciudad se vuelve más silenciosa, pero no más tranquila. El silencio, cuando no es elegido, puede ser una forma de soledad.

En la Argentina de la crisis, la deuda, la inflación y la polarización, el ruido de la calle fue durante décadas una forma de resistencia. El ruido de la olla, el ruido del cacerolazo, el ruido de la cancha. Ese ruido era político. Hoy, parte de esa energía se mudó a las redes sociales. El grito se volvió texto. La marcha se volvió trending topic. Y aunque la potencia sigue, el cuerpo ya no vibra igual.

Tal vez el desafío sea recuperar un ruido que no sea agresión ni notificación, sino presencia. Un sonido que nos recuerde que estamos rodeados de otros. No hace falta inventar campanas: alcanza con prestar atención a lo que todavía suena. El saludo del vecino, la radio del taxi, el partido de fútbol que se escucha desde un balcón. Son restos de un mapa sonoro que se resiste a desaparecer.

Imaginemos, otra vez, al hombre que camina. Si agudiza el oído, quizás escuche algo que no es notificación ni algoritmo. Quizás escuche, todavía, el pulso de una ciudad que no termina de callarse. Y en ese resto de ruido, acaso encuentre una forma de saber dónde está.

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