La deuda de la atención
En la fila del supermercado, una mujer revisa el celular mientras el cajero le pasa los productos. No levanta la cabeza ni para pagar. El plástico de la tarjeta apenas roza el posnet y ya está mirando otra pantalla. Es una escena cotidiana, tan repetida que casi no se ve. Pero dice algo sobre este país de boletas que se actualizan cada mes y noticias que cambian de sentido antes del mediodía.
La clase media argentina aprendió a vivir en estado de alerta permanente. La inflación te obliga a calcular dos veces cada compra. La inseguridad te pide que mires por encima del hombro. La política te bombardea con relatos que duran lo que un tuit. El cuerpo se acostumbra al cortisol, pero la cabeza no. La cabeza va más lento, tropieza, pide pista.
Hay una deuda que no aparece en los balances del Banco Central. Es la deuda de la atención. La que se paga cuando un padre escucha a su hijo con un oído mientras con el otro sigue el hilo de un video que ya no recuerda. La que se acumula cuando uno se sienta a leer un libro y a los diez minutos está scrolleando sin saber bien qué busca.
Las redes sociales no son el enemigo. Son apenas el síntoma de algo más viejo: la dificultad de sostener la mirada en algo que no prometa una recompensa inmediata. En un país donde el mérito se mide en likes y el éxito en dólares que se esfuman, la paciencia dejó de ser una virtud para convertirse en un lujo. Y la verdad, esa palabra que todos invocan, se volvió un producto más: se consume rápido, se desecha sin culpa.
El ruido como moneda
La polarización no es solo política. Es también una forma de ganar atención. Los discursos extremos venden más que los matices. La indignación rinde mejor que la reflexión. Los medios lo saben y alimentan el ciclo. La clase media, atrapada entre el ajuste y el esparcimiento barato, compra el combo completo. La memoria se debilita porque no hay espacio para archivar lo que no se repite en loop.
La inteligencia artificial llegó para profundizar esto. No es que las máquinas piensen mejor. Es que nosotros delegamos cada vez más la tarea de pensar. Elegir una serie, armar un texto, recordar un cumpleaños. Todo se terceriza. La identidad se arma con fragmentos de lo que otros vieron, leyeron, opinaron. Ser uno mismo requiere un esfuerzo que parece estar fuera de presupuesto.
En las escuelas, los chicos crecen con la idea de que la respuesta está a un clic. El conocimiento se confunde con la información. La educación se mide en resultados estandarizados. No se enseña a dudar, a demorarse, a volver atrás. Se enseña a rendir. Y rendir es lo que pide un mercado que no perdona la lentitud.
El refugio de lo concreto
Sin embargo, la gente busca algo más. Lo veo en los talleres de oficios que se llenan de jóvenes que quieren hacer cosas con las manos. En las huertas urbanas que crecen en terrazas y balcones. En las cenas donde alguien apaga el celular para escuchar de verdad. No es nostalgia. Es resistencia. Una forma de decir que todavía hay espacio para lo que no se mide en métricas.
La familia sigue siendo el último refugio. No porque sea perfecta, sino porque en ella la atención todavía se puede dar sin precio. Un abrazo no necesita algoritmo. Una charla de sobremesa no se optimiza. Allí, la moral no se impone desde un púlpito digital sino desde el gesto cotidiano. La dignidad se juega en la mesa, en el modo de mirar al otro mientras habla.
El trabajo, ese viejo organizador de la vida, también cambió. El home office mezcló las fronteras. La productividad se volvió un fantasma que nunca descansa. Pero también hay quienes redescubrieron que trabajar no es sinónimo de estar disponible siempre. Que la soledad elegida puede ser un lujo. Que el consumo no llena el vacío que deja no saber quién se es cuando nadie mira.
El mérito sin coartada
Se habla mucho del mérito en estos días. Como si el esfuerzo individual pudiera borrar las diferencias de origen. Como si el pobre no se esforzara. Como si la crisis fuera un examen personal. La clase media sabe que el mérito existe, pero también que no alcanza. Que hay techos que no se rompen con voluntad. Que la inflación no es un castigo moral sino una realidad que se lleva puesto todo plan.
El Estado aparece entonces como una ficción necesaria. Alguien tiene que poner orden, garantizar que el juego no sea tan desigual. Pero la confianza en las instituciones está rota. Cada promesa incumplida suma un eslabón a la cadena de desencanto. Y sin confianza, la política se vuelve un espectáculo más. Se mira, se critica, pero no se cree.
Queda la pregunta de si todavía es posible construir un relato común. Algo que no sea un eslogan de campaña ni un trending topic. Algo que se sostenga en el tiempo, como las buenas mesas de madera, las que soportan el peso de los platos y las conversaciones. La respuesta no está en una app ni en un discurso. Está en la decisión de prestar atención a lo que realmente duele, a lo que realmente importa. Y ahí, cada uno sabe si está dispuesto a pagar esa deuda.
