Artículo y ensayo

La grieta que no se ve

Entre la inflación y el ruido digital, la clase media argentina enfrenta una crisis que no aparece en los diarios: la de la identidad, el trabajo y la familia.

La grieta que no se ve

La grieta que no se ve

La crisis argentina tiene muchas caras. La inflación, la inseguridad, la deuda. Pero hay una que no se ve en los titulares ni en los discursos de campaña. Es la crisis de la clase media que ya no sabe cómo llamarse a sí misma. Que se despierta cada mañana con la sensación de que el suelo se movió un poco más y que el mapa que tenía en la cabeza ya no sirve.

En los barrios de siempre, en los departamentos de siempre, la gente sigue haciendo lo que puede. Se levantan temprano, mandan a los chicos al colegio, pagan cuentas, discuten con el banco, miran el celular y se preguntan si todo esto tiene algún sentido. El mérito ya no es lo que era. Antes servía para justificar la diferencia entre el que llegaba y el que no. Ahora es un concepto gastado, un comodín que se usa en las redes para discutir con desconocidos.

El trabajo y la sombra

El trabajo cambió. No solo por la tecnología o la inteligencia artificial que promete reemplazar lo que queda de oficio. Cambió porque ya no es lo que daba identidad. Antes uno era lo que hacía. Ahora es lo que muestra. El laburo se volvió un dato más en un perfil de LinkedIn, una línea en un currículum que nadie lee con atención. La familia también cambió. La familia era el refugio, el lugar donde uno podía ser sin tener que rendir examen. Ahora es otro escenario de la polarización. Se discute en la mesa como se discute en Twitter, con la misma furia y la misma falta de escucha.

La moral se volvió un campo minado. Hay una moral de la resistencia, que dice que hay que aguantar, que no hay que venderse, que el Estado tiene que estar. Y hay una moral del mérito, que dice que el que no llega es porque no quiere, que la culpa es de cada uno. Las dos conviven en la misma persona. Uno puede pensar las dos cosas en el mismo día, en el mismo rato, mientras espera el colectivo o hace la fila en el supermercado.

La verdad que no existe

Los medios intentan ordenar el caos, pero el caos es más rápido. Cada noticia genera su propio relato, y cada relato genera su propia verdad. La verdad ya no es un dato verificable. Es un posicionamiento. Uno elige en qué cree según el grupo al que pertenece, según el algoritmo que lo alimenta, según la bronca que tiene acumulada. La manipulación es tan fina que a veces ni se nota. Un video, un tuit, un meme, y ya está. La memoria se borra y se reescribe sola.

Los jóvenes miran todo esto con una mezcla de cansancio y cinismo. Crecieron en la crisis, saben que el futuro es un lujo que sus padres todavía pueden imaginar pero ellos no. La juventud ya no es sinónimo de esperanza. Es sinónimo de supervivencia. Estudian, se capacitan, aprenden sobre inteligencia artificial, sobre programación, sobre cómo vender lo que sea. Y aun así saben que el esfuerzo no garantiza nada. El mérito es un juego trucho. La dignidad es lo único que queda, pero cada vez cuesta más mantenerla.

La soledad del consumidor

El consumo es la religión que reemplazó a todas las demás. Se consume para llenar el vacío, para demostrar algo, para sentirse parte de algo. Pero el consumo también aísla. Uno compra solo, mira series solo, opina solo desde una pantalla. La soledad es el precio que se paga por la libertad de no tener que negociar con nadie. La polarización es el ruido de fondo que justifica esa soledad. Si el otro es el enemigo, no hace falta escucharlo. Basta con etiquetarlo.

La identidad se volvió un problema. Antes era más simple. Uno era argentino, de clase media, de tal barrio, de tal familia. Ahora hay que elegir constantemente. Ser de acá o de allá, estar con estos o con aquellos, creer en esto o en lo otro. La identidad se volvió un trabajo de tiempo completo. Y como todo trabajo en Argentina, no paga bien.

La deuda no es solo económica. Es una deuda con uno mismo. Las promesas que no se cumplieron, los proyectos que quedaron a medio hacer, las ganas de irse que se mezclan con la certeza de que no hay lugar mejor. La inflación no solo sube los precios. Sube el costo de la esperanza. Cada vez es más caro creer que algo puede mejorar.

Y sin embargo la gente sigue. No porque sea heroica. Sigue porque no sabe hacer otra cosa. Porque la rutina es más fuerte que la crisis. Porque el mate, el café, el saludo al vecino, el partido del domingo, todo eso sigue estando. La clase media argentina no se rinde porque no sabe cómo rendirse. No es una decisión. Es un instinto.

La pregunta que queda flotando es si ese instinto alcanza. O si, como todo lo demás, también se va a desinflar con el tiempo.

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