La identidad que se busca entre el algoritmo y la deuda
El padre de Juan, un hombre que pasó treinta años en la misma fábrica de muebles, guarda en un cajón la credencial del sindicato, amarillenta, con los bordes gastados. Su hijo, que trabaja desde un café para una empresa de software de Estonia, tiene sus claves de acceso en una app de autenticación. Dos maneras de decir "yo trabajo", dos formas de entender la palabra "pertenencia". Entre una y otra, se desparramó la clase media argentina, buscando un mapa en un territorio que cambia de nombre cada quince días.
La inflación no es solo un número. Es un ladrón de memoria. Lo que costaba X el mes pasado ya no sirve como referencia, y sin referencias no hay relato posible. La política lo sabe, por eso habla en futuro condicional, en un idioma hecho de promesas que suenan a eco. Los medios, atrapados entre el rating y la grieta, amplifican el ruido hasta que la verdad parece un lujo, algo que solo se puede permitir quien ya pagó las cuentas.
El mérito en la era del algoritmo
En la mesa del domingo, la discusión ya no es sobre si el esfuerzo garantiza el ascenso. Ese cuento se lo llevó la deuda. Ahora se habla de suertes raras, de cryptos que suben, de influencers que facturan en dólares por mostrar un día común. El mérito se volvió un concepto abstracto, como esas monedas digitales que no se pueden tocar. Los jóvenes, los que deberían creer en el porvenir, manejan un escepticismo de viejo general. Estudian para un mundo que, sospechan, ya no existirá cuando se reciban. La educación formal huele a naftalina, mientras las redes sociales prometen atajos hacia una riqueza que siempre está en el próximo post, en el siguiente tutorial.
La familia, ese refugio mítico, se transformó en un grupo de WhatsApp donde se viraliza el pánico. Se comparten noticias de inseguridad, memes políticos ácidos, y el precio de la lechuga en tres supermercados distintos. Es un espacio de contención, sí, pero también de polarización doméstica. La soledad, esa que antes se disimulaba tras la rutina, ahora es evidente en la luz azul de la pantalla que ilumina las caras a la hora de la cena.
La dignidad como ecuación diaria
La dignidad tenía un precio, y la clase media lo sabía: un trabajo estable, la universidad de los hijos, el viaje a la costa en enero. Hoy la dignidad se mide en gramos. Es poder llenar el changuito sin tener que devolver algo en la caja. Es pagar la cuota de la escuela sin pedir un descuento. Es un cálculo minuto a minuto, una resta constante. El Estado, ese ente lejano que a veces manda un subsidio y otras manda una intimación, es percibido como un actor caprichoso, que no protege pero sí exige.
Y en medio de este paisaje, la inteligencia artificial. No es ciencia ficción, es la herramienta que usa el pibe para hacer la tarea del colegio y el dueño de la pyme para redactar un mail a un cliente. Una tecnología que promete eficiencia en un país donde lo ineficiente es, a veces, lo único que funciona. Genera textos, imágenes, respuestas. Pero no genera confianza. No puede decirnos quiénes somos ahora, en este lugar, con esta memoria hecha pedazos.
La cultura del consumo, antes un signo de status, hoy es un acto de fe. Comprar algo que no sea estrictamente necesario parece una declaración política, un acto de rebeldía contra la curva de inflación. Se consume experiencia, se consume contenido, se consume una identidad prestada de alguna serie de streaming. La identidad nacional, esa que se forjó con el crisol de razas y el orgullo del diploma, se diluye. Quedan gestos, un modo de hablar, una manera de quejarse que es casi un arte.
La manipulación ya no necesita de grandes conspiraciones. Basta con un algoritmo que te muestre solo una mitad de la realidad, con un plazo fijo que no alcanza, con el miedo a salir después de las diez. La verdad se volvió relativa, no por filosofía, sino por cansancio. ¿Qué versión creer? La que duele menos, la que permite seguir hasta mañana.
Al final, en el silencio de la noche, cuando las notificaciones callan, queda la pregunta incómoda. La que no se hace en el grupo familiar. ¿En qué se convirtió la promesa? ¿Dónde quedó ese futuro que nos debían? La respuesta, si es que hay una, no está en los medios, ni en la boca de los políticos, ni en el feed de Instagram. Está en ese cajón, junto a la credencial vieja del sindicato, y en la app del celular, guardando claves para un trabajo que no tiene oficina. Dos mundos que no se tocan, separados por un abismo que se llama presente.
