La lengua prestada
En una librería de la avenida Corrientes, un sábado a la tarde, un tipo de unos cuarenta años hojea un libro sobre inteligencia artificial. Lo mira como quien mira un plato que no sabe si pedir. Lo deja, agarra otro, una novela de un argentino que ya no vive acá. Lo sopesa, lo abre al azar, lee una línea, lo cierra. Al final no compra nada. Sale a la calle y el smog del microcentro le pega en la cara. Camina dos cuadras, mete la cabeza en un local de ropa, mira precios, sale. Después cruza la 9 de Julio y llega a un café de esos con mesas chicas y sillas de madera. Pide un cortado y revisa el celular. En la pantalla, una discusión política. Alguien dice que el problema es la deuda, otro que es la falta de mérito, un tercero que la culpa la tiene el Estado. El tipo no escribe nada. Mira, desliza, apaga el teléfono. Cuando el mozo le acerca el café, le pregunta cuánto sale. El mozo dice el número. El tipo pone cara de que le doliera una muela, paga y se va sin terminar el cortado.
Ese tipo, que podría ser cualquiera, es la clase media argentina. No la que muestran los noticieros, la que llora en las marchas o la que hace cola para comprar un electrodoméstico. Es la que ya no entiende bien qué es lo que quiere ni cómo pedirlo. La que sospecha que las palabras que usa para explicarse no son exactamente suyas. Que el relato de la crisis, la inflación, la inseguridad, la polarización, la moral, la soledad, se lo armaron otros. Que ella solo asiente o niega, pero no construye la frase.
Hay una escena que se repite en las casas de familia, después de comer. Alguien pone un video de un político. Otro dice que es mentira. Un tercero dice que la verdad no existe, que todo es manipulación. Y entonces el que habla menos, el que lava los platos, dice algo como: "No sé, yo lo único que sé es que antes se podía vivir". Y ahí se termina la discusión. Porque nadie sabe bien qué significa "antes" ni "vivir". La memoria se vuelve un territorio difuso, una especie de archivo de fotos viejas donde todos salen sonriendo aunque sepan que el año de la foto fue un desastre.
En las redes sociales, la cosa no es más clara. La juventud que creció con la inteligencia artificial como una extensión del cuerpo habla un idioma que los adultos escuchan sin entender del todo. No es solo el slang, es la lógica. Todo se resuelve en segundos, se consume, se descarta. Un video, una opinión, una persona. La identidad se vuelve un collage de fragmentos que se pegan y se despegan según la audiencia. Y mientras tanto, la educación formal sigue enseñando con manuales que hablan de un país que ya no existe. O que quizá nunca existió.
La deuda, ese concepto que los economistas explican con números y los políticos con promesas, se vive en la casa como una sensación física. Un apriete en el pecho cuando se abre el extracto bancario. Una opresión que no es solo falta de dinero, es falta de horizonte. El mérito, esa palabra que algunos esgrimen como un escudo, se desmorona cuando el que estudió toda la vida termina manejando un Uber y el que no terminó el secundario la pega con un emprendimiento digital. No hay justicia en el reparto, o al menos no la que prometieron.
Y sin embargo, la gente no se calla. En los cumpleaños, en las filas del supermercado, en la salida del colegio, se habla. Se habla de todo, pero sobre todo del costo de vida, de la inseguridad, de la política. Se habla con una mezcla de bronca y resignación que ya es casi una forma de identidad. Ser argentino es quejarse, pero también es reírse de la queja. Es tener un chiste para cada catástrofe. Es, como escribió un poeta de la esquina, saber que el país es un asado al que siempre le falta el fuego, pero al que nadie se anima a levantar la mesa.
La cultura, ese concepto grande, se vive en pequeño. En la serie que se mira en familia. En el libro que se presta. En el debate sobre si el cine argentino está muerto o si siempre estuvo en terapia intensiva. En la música que suena en los auriculares del pibe que viaja en el subte y que nadie más escucha. La cultura no es un ministerio ni un discurso. Es lo que queda cuando la política y la economía se van a dormir. Es el gesto de un padre que le explica a su hijo por qué no se puede comprar la zapatilla que quiso. Es la dignidad de no pedir perdón por no tenerla.
Hay un cansancio que no es físico. Es el de cargar con un país que siempre está en crisis, que siempre está a punto de explotar o de arreglarse, y que nunca termina de hacer ni lo uno ni lo otro. Es el cansancio de escuchar a los mismos tipos diciendo las mismas cosas en los mismos programas. De ver cómo la polarización convierte cualquier discusión en una trinchera. De descubrir que la soledad no es estar solo, es estar rodeado de gente que habla un idioma que uno ya no entiende del todo.
Y entonces, el tipo del café, el de la librería de Corrientes, el que no terminó el cortado, vuelve a su casa. En el camino, pasa por un puesto de diarios. Mira las tapas. Ve la palabra crisis en letras grandes. Ve la palabra futuro en letras más chicas. Sigue caminando. No compra nada. No comenta nada. Llega, abre la puerta, saluda a los suyos. Se sienta en el sillón y prende la tele. Pero no mira. Se queda mirando la nada, o el techo. Y entonces, sin que nadie le pregunte, dice: "No sé, yo lo único que sé es que antes se podía vivir". Y ahí se termina todo.
La lengua es lo único que nos queda, pero está prestada. La usamos para pedir, para quejarnos, para votar. Pero no es nuestra del todo. Es una lengua que nos dieron, que nos vendieron, que nos impusieron. Y en esa lengua intentamos decir quiénes somos, pero las palabras se nos caen antes de llegar al otro. Como el cortado que se enfrió en la mesa de un bar de Corrientes mientras un tipo miraba un libro de inteligencia artificial sin entender bien si él estaba leyendo o siendo leído.
