La memoria que se borra en el apuro de sobrevivir
En un aula de un colegio de zona norte, una profesora de historia pregunta por los años noventa. Los chicos, de quinto año, miran las pantallas de sus celulares con una indiferencia que no es rebeldía, sino distancia. Para ellos, la convertibilidad, el uno a uno, es un capítulo de un libro que no leyeron, un dato que suena a ciencia ficción económica. La memoria, esa materia prima de la identidad, se licúa más rápido que el salario. No es que no quieran recordar. Es que el presente, con su inflación voraz y su laberinto de deudas, ocupa todo el espacio mental. Sobrevivir es un trabajo de tiempo completo que no deja horas extras para la nostalgia.
El relato y el ticket de compra
Los medios, por supuesto, ofrecen su versión de los hechos. Un canal habla de recuperación, otro de catástrofe. En el living, el televisor murmura mientras una familia revisa los precios online del supermercado. Ahí, en la tensión silenciosa entre el discurso y el ticket, se quiebra cualquier intento de manipulación burda. La verdad ya no es algo que se busca, es algo que se siente en el cuerpo cuando se paga la tarjeta. La polarización, ese deporte nacional que se practica en redes sociales, se desvanece frente a la cuenta de la luz. No hay grieta que resista al termostato en invierno.
La tecnología prometía conexión, pero afianzó una soledad particular. Los jóvenes hablan por stories, comparten memes sobre la crisis, pero la conversación de verdad, esa que duele y explica, queda relegada a un mensaje de voz que nunca se envía. La inteligencia artificial genera textos impecables, pero no puede replicar el gesto de un padre que no sabe cómo explicarle a su hijo por qué el esfuerzo de toda una vida ya no compra lo mismo. El mérito, esa columna vertebral de la clase media, cruje. Se estudió, se trabajó, se ahorró. Y sin embargo, aquí se está, recalculando la vida cada quince días.
Lo que se calla en la mesa
La familia argentina se ha convertido en una unidad de gestión de crisis. Las reuniones ya no giran en torno a proyectos, sino a tácticas. Qué se paga primero, a quién se le debe, qué trabajo extra se puede agarrar. La moral se ajusta por pragmatismo. Lo que antes era impensable, hoy es una opción más en la lista. La dignidad ya no es un concepto filosófico, es un cálculo: hasta qué punto se puede ceder antes de dejar de reconocerse en el espejo. El Estado aparece como un eco lejano, una entidad que a veces castiga con impuestos y a veces ausenta cuando el pozo se hunde.
En este paisaje, la cultura del consumo muta. No se compra por placer, se adquiere por necesidad o por un impulso fugaz de normalidad. Un par de zapatos nuevos ya no son un capricho, son un acto de fe en que las cosas pueden durar. Pero la fe se gasta rápido, más rápido que la suela. Y queda la sensación de haber participado en un ritual vacío. La inseguridad no es solo la que viene de la calle, es la que anida en la incertidumbre de no saber si el mes que viene se podrá mantener este ritmo.
El poder real se ha desplazado. Ya no está solo en los despachos, sino en los algoritmos que deciden el precio de la carne, en las tasas de interés que dictan un país lejano, en los rumores de deuda que circulan por WhatsApp. La política local discute, pelea, da espectáculo. Pero su capacidad para alterar el curso de estas vidas parece cada vez más un teatro. Un teatro caro, eso sí.
El futuro es un lujo
La educación, ese faro tradicional de la clase media, titubea. ¿Para qué estudiar una carrera de cinco años si el mundo cambia cada seis meses? ¿Qué valor tiene el conocimiento acumulado cuando las reglas del juego se reescriben con cada dato del INDEC? Los pibes lo intuyen. No son apáticos, son realistas. Han visto el sudor de sus padres convertirse en vapor. La promesa del estudio y el trabajo duro como escalera social suena, en el mejor de los casos, a una historia de otro tiempo.
Al final del día, cuando el barrio se quieta y las luces de las casas se encienden, lo que queda es un cansancio profundo. No es físico solamente, es del alma. Es el cansancio de tener que reinventar la identidad a cada rato, de tener que elegir entre recordar quién se era y concentrarse en quién se necesita ser para pasar la semana. La memoria es el primer lujo que se recorta. Se olvida el sabor de cierta estabilidad, el peso de un proyecto a largo plazo, la textura de un país que, quizás solo en el recuerdo, parecía más predecible.
Quedan los gestos. La mano en el hombro, el mate compartido en silencio, la mirada de complicidad cuando suena una noticia mala en la radio. Ahí, en esos intersticios de la vida diaria, se guarda una verdad que ningún relato puede manipular y que ninguna deuda puede embargar. Es poca cosa, tal vez. Pero es lo único que, por ahora, la inflación no se ha llevado.
